lunes

El abrazo y Reclamo: Cuentos Breves.


("Abrazo", cuadro de Koldo Gojenola)

I
El Abrazo

Te miré y me pregunté: "¿estoy seguro de lo que haré?" No había nada que impidiera el poder decirte lo que tenía atragantado. Me acerqué a tu oido, tratando de que el ruido del local no ahogara el sonido de mi voz. Alcé la voz, tratando de que no se te rompiera el tímpano, para decirte con la mayor claridad: "me gustas".
Silencio.
Silencio como un golpe en el mentón. Duro, cosquilleante y expansivo. Pero hubo algo que no preví antes y que se hizo potencia al momento en que abriste la boca: "¿y, desde cuando?".
"Desde que te ", te respondí. "No dije nada, porque no eres libre para que yo pueda hacer de , una parte de mí".
Te abracé. Y quise que la muerte me llevara en ese momento; que el tiempo se detuviera como una fotografía eterna de ese momento.



(Detalle de "Los Caprichos" de Francisco de Goya)


II
Reclamo

Decepción. Es la única palabra que en mi mente rebota y se hace ruido ensordecedor. ¡Por qué mierda no me salen las cosas como quisiera!
¿Será que pesa sobre mí una condena?
¿Serás tú, Dios?
¿Quieres darme alguna lección?
Por lo que veo, creo que has sido bastante claro con tus designios. ¿Qué más quieres? Si ni yo mismo entiendo el por qué de tus acciones, ¿es malo que te reclame? No. No lo creo.
Ya ha habido gente que lo ha hecho -mucho mejor y antes que yo- y que ha tenido su respuesta. Yo, en cambio, sigo tratando de entender lo inentendible.
¿Hasta cuando?



Santiago, 2005

Ensayo contra la mujer


("The fauve woman", cuadro de Camelia Toma)

Tengo rabia contra la mujer en general. Pero, mi ira no tiene por qué recaer en aquellas que son parte del círculo exclusivo y posesivo que detento. Más rabia tengo de las mujeres que son frías como un témpano; aquellas que piensan que, lo único en su vida, es el estereotipo de la hermosura, el dinero y aquellos a quienes se entregan por unos cuantos pesos. Esa clase de féminas me asquean. Las desprecio desde lo más profundo del corazón y las trato como las cosas que son; independientemente si ellas son personas al igual que uno.
Estoy completamente furioso con la mujer etérea, que vive del sueño "rosa" las 24 horas del día. Y no habla de qué tan cursi y empalagozamente puede llegar a ser la vida. Para ellas, el momento "especial" es como el Grial para los templarios: las lleva a una clase de plenitud de certezas; una clase de cuento de hadas y una exsudación del romanticismo que hace que lo dulce y simple se vea como lo más insoportable. Pero, siendo honesto, no puedo odiarlas tanto como a las primeras. Mal que mal, viven en un mundo que las trastorna, y que las vuelve, en el lenguaje del derecho, unas incapaces absolutas.
También me quiero quejar de aquella mujer que cree que todos somos iguales. Que vive estigmatizando al resto por la herida del pasado y que, por la cual, cae irreversiblemente en un círculo vicioso que tuve la -mala- oportunidad de conocer. Eso las carcome por dentro. Ellas, en parte, me dan pena. Siento que su vida ha quedado anclada a una parte del pasado que aún no superan, que, quien tenga la desdicha de tener la oportunidad de caer en ese jueguito de desclaficaciones y comparaciones idiotas que no llevan a nada, no sabrá lidiar ni tampoco buscar alternativas de solución de esas controversias, que, hasta cierto punto, te pueden llevar a explotar.
A ellas no las aborrezco, ni las odio: las compadezco. ¡Superen sus traumas y luego, vivan su vida como corresponde!
En este escrito, no quisiera dejar de lado a aquellas mujeres que pretenden o en verdad se las saben todas. Y que, con ello, nos miran por encima del hombre y se sienten con un grado de superioridad respecto del resto de los mortales (en este caso, los hombres); que piensan que somos unos inútiles y que hay que enseñarnos todo de nuevo como si fueramos retrasados mentales o simplemente idiotas. A ellas, quisiera decirles que son tan mortales y mundanas como todos nosotros. Los romanos tenían un dicho que les decían a sus generales al entrar a Roma triunfantes: "Recuerda que eres un mortal". El día en que se equivoquen, caerán innegablemente en el abismo del cual será dificil salir. Además, siempre hay uno más listo que uno, y les puede pasar la cuenta todo lo mal que obraron aún pensando que le hacían "un bien a la Humanidad".
Pienso que, después de todo lo que he expuesto, sobretodo las mujeres que lleguen a leer ésto, pensarán que soy alguna clase de resentido; un remedo de perdedor y un don nadie; que no tengo derecho a ser llamado derechamente un "hombre", sino, mas bién, un completo y perfecto "maricón".
La verdad, es que no es asi.
No lo soy.
Yo soy testigo tangencial y presencial de todo lo que hablo. ¿Han visto a algún hombre decirlo con todas sus letras, en su cara, y no haberse arrepentido luego? Me imagino que no. Todos ellos han buscado el consenso, la mesura.
Yo sólo digo esto para que, se den cuenta, que a veces, un hombre percibe cosas mucho más alla de lo que realmente ve. Que la perfección no está en los hombres, sino en la mujer. Y tengo la esperanza de encontrarlo.
Ha sido cierto que a medida que he ido avanzando en el texto he sido bastante duro, incluso cruel e insensible y falto de tino. Pero, decirlo es un paso al cambio de toda esta puesta en escena de máscaras, ilusiones y maqu¡llaje que hoy por hoy, existe.
Si digo todo esto, es poque sólo busco una mujer; una, que sea un tanto altruista, letrada, con un dejo de sabiduría y de inocencia; con mano suave para ordenar pero firme para conquistar. No una materialista, resentida con el género masculino y que no trate a la pareja como un idiota o niño.
Bueno, somos niños, aunque no en la forma que creen.
La serenidad, sensibilidad y seguridad, sumado a la oportunidad de que esté abierta a la posiblidad del crecimiento mutuo sin necesidad de lo banal, es lo que yo espero en una mujer. Que pueda ver que puedo poseer cosas que pocos tienen y que me enorgullecen.
¿Saben algo? Estoy siendo demasiado exigente y sobretodo, un ilusionado. No creo que mi texto llegue a grandes lugares o sitios donde muchos puedan leerlo; pero, siento en parte, que he dado un gran paso en conseguir la transmisión de un mensaje que muchas mujeres de pronto esperan oir de un hombre y desean una real demostración de lo que sentimos.
Por eso, ahora ve y juzga. Yo sólo alego en mi defensa, una frase: "No es malo lo que entra por boca del hombre, sino lo que sale de ella, pues viene de su corazón".


*Nota: Este texto no tiene nada de sexista ni tampoco de algo que a algunos les gusta llamar "falta de criterio". Simplemente es un descargo a una situación que comunmente se da en mi persona y que, de hecho, me ha llevado a pensar seriamente en qué espero yo de las mujeres.


(Detalle del cuadro "Tea cup", de Jackson Pollock)


Te amo.

Ridículo suena al nombrarlo de boca
de quien no tiene ni dientes

para masticar el dolor de tanto pensar
en dónde estás.

Te extraño.

Absurdo es el querer recordarte
con el beso que no fue

que se quema en la comisura
de mi boca
y que no se quita con nada.

Te deseo.

Yo ni eso puedo hacer
porque tu cuerpo dibujado sobre mí

se lo lleva la marea de a poco
enviada por la duda

a desteñirme el corazón.

¿Me queda algo?

Solo te.

En una taza me lo bebo
para pasar el nudo de la soga.

jueves

Sabiduría




Sé, por las estrellas del cielo,
que su luz no es tal.

Sé, por el color del sol,
que su fuerza no es esa.

Sé, por la vida del hombre,
que vida no es vida sin amor.

Por eso sé que, por la ciencia,
que el amor no es
una simple cuestión de hormonas

y tampoco que el amor sea una competencia
porque justo ahí
nadie le gana a nadie.

Si algo he de saber
en este momento
es esto:

sé que tú me amas;
sé que tú eres mi mujer;
sé que tienes un corazón
y sé que tú besas.
Lo que ahora no sé
-y juro no saberlo-
es lo siguiente:

si tú me amas;
si serás mi mujer;
si ese corazón es mío
y si quisiste besarme.

Me enorgullezco
de no ser sabio.

De serlo
serías mi mujer,
mi amor;
sería mío tu beso
y mío tu corazón

miércoles

Ideas mías


("Sueño del Bosque", cuadro de Lucia Palacios)


Caminaba por la universidad y alguien me habló. Vuelvo la cabeza y no hay nadie.
Ideas mías.
Sigo caminando y alguien vuelve a llamarme. No pesco; pero el sonido de mi nombre se hace cada vez más fuerte en intensidad.
Giro mi cabeza hacia todos lados y veo en lo lejos, una silueta.
"¿Quién es?", me pregunto.
Pienso que la pregunta estaba demás. Lo sabía. Me llamaba. Quería ir, pero me resistía. Le tengo tanto odio que, por mí, dos balazos serían pocos.
Ella está allí, al otro lado del camino.
La miro y la veo lejana.
Ella me mira y mis ojos arden de rabia.
La vida empieza a caminar por en medio de nosotros; y nosotros también. El tiempo se echa a andar.
La dejo.
No me importa.
La quise, pero el recuerdo de sus palabras dejó una herida dificil de cerrar.
Miré hacia atrás y la ví caminando cerca de mí. No me acerco; sólo camino.
El futuro me esperaba con los brazos abiertos.
La dejo.
A ella la abandono. En cierta forma no quiero ni me gusta hacerlo.
Me veo al espejo. No soy yo.

(...)

Son las seis treinta de la mañana y tengo que irme a duchar. No tengo ánimos de levantarme. Se que ella estará por allí y yo, No quiero mirarla ni hablarle otra vez.
Vuelvo a dormir.

jueves

Luz roja, luz verde




(original de 2004)

Cuando caminaba por la calle, sentía que lo que había hecho no era propiamente lo que tenía propuesto hacer. Fue por un error de cálculo. Tal vez no debí oprimir el botón en el momento de hacerlo. Pero lo hice.
Luz roja.
Aprovecho para mirar atrás y ver cómo esa avenida se me hacía un molesto suceso.
Busco con avidez mi encendedor para prender mi cigarro presto a ser incinerado. Aspiro la primera bocanada y su voz me entra junto con el tóxico humo:

- ¡Yo te juro que no lo hice!
- ¿Por qué me mentiste?
- ¡Yo no te mentí! ¡Yo te quiero!
- ¡Basta! Eres una mentirosa...

Luz verde.
Cruzo la calle y la imagen de la voz rondando mi ya malogrado cerebro me turba. Camino intranquilo, sintiendo que no voy a ningun lugar. El cigarro no resiste los embates de mi ansiedad y, lentamente, no queda más gente. Sólo el dolor abrumante de todo el suceso.

viernes

Odios fríos




Sólo el frío me despierta. Enciendo un cigarrillo con el último fósforo. Me limito a pensar en que mañana tengo que hacer. Pero, en frío me lo impide. Doy una aspirada al cilindro de tabaco y exhalo lentamente el humo. Se dispersa, forma figuras retorcidas y yo, sólo tengo frío.
No sólo tengo frío el cuerpo. Este frío se mete más profundo que de costumbre. Es una helada que recorre mi sangre y las conexiones de mi cerebro. Esas palabras me entumen el cráneo: “Te usé…”
Sigo fumando. Miro por la ventana y nadie camina por la vereda, sólo autos que van en direcciones que yo no conozco y a destinos que me son ocultos. Vuelvo a fumar.
Miro al cielo y veo que las nubes van poblando el cielo iluminado por la luna y desierto de estrellas. Imagino que su luz se irá posando sobre ella como el resentimiento que me carcome por dentro. Aspiro con ansias el cigarrillo que está en mis manos.
Bajo la cortina.
Se acabó el juego.
El cigarrillo también.
Es cierto que mañana es otro día.
Pero hoy es otra noche fría. Y no dejo de odiarla.
No me explico el odio, si yo te quise.
Buenas noches, mi buen enemigo.

martes

Mar de cemento




Recorro el mar de cemento hacia ti
Y he venido hoy a adorarte

A postrarme a tus pies
pidiendo paz.
Paz para el alma cansada y sin voz.

Te ofrezco:

La larga espera de hoy
los pasos que mi cuerpo ha recorrido,
mis manos para crear nuevas obras,
mis ojos para verte a ti misma,
mi cuerpo para que sientas lo que deseas.

Excavo en lo profundo
y del monte vacío
extraigo sólo fuentes de agua

Agua para apagar la sed;
esa sed rabiosa de tu cuerpo

Salgo a la luz
y me quema la piel.

Ni tu sombra apaga mi calor.

Tus palabras alientan el incendio en mí,
tu espera me lleva al siquiátrico,
me envía al exilio del destierro
a morir de hambre
y de sed bajo tierra

La tierra arenosa me sepulta.
El mar de cemento
me acoge en su lecho.

Muero sin haber saciado nuestra sed.

Tu sed incontrolable.

Mi sed insaciable.

viernes

Invasión




¿Quieres que te diga algo?

Bueno,
aquí te lo digo:
eres una invasora.

Si,
tal cual.

Una intrusa.

¿Quién te dijo que podías entrar a este lugar?

No te he dado permiso
para que me digas algo.

Cállate y escúchame.

Todavía tengo mucho que decirte,
y todavía no he empezado.

Estás aquí,
y pareces extraña,
perdida,
sola,
abandonada.
confundida en ti misma.

Te atreviste a ver
la profundidad de mi ser
y no me di cuenta.

Me has visto como luz
a tu negra tiniebla.
Y lo único que has hecho
es arrastrarme a ella
y hacerme sentir extraviado.

No me quiero perder
en pensamientos vanos,
ni en reflexiones
sobre lo que debo hacer.
No quiero tener un motivo
para demostrarme
que esto es una locura.

Me has vuelto loco.

Yo no te permití entrar.

No quise sentir esto
que me arde por dentro,
y que me vale madre
si llego a decírtelo.

Llegaste justo cuando mi cuerpo
no esperaba eso que,
si quieres,
puedes llamarle amor.
Eso es lo que no te permito.

Porque no te esperé.

¿Qué hago con todo lo que me haces sentir?

Yo no sé si te amo.

Pero sé que no te odio.

No sé si quiero que te alejes.

Sólo sé que me invades.

jueves

Naranja




Naranja al amanecer llegó
y al atardecer naranja se puso

Traté de no ver cómo te ibas
y me dejabas solo sin ti

Naranja al amanecer llegó
y llegó con mucha luz

Al contacto con tu piel en jugo
yo me hice agua
y me desparramé
sobre tu boca de gajo
masticando su sabor.

Y así llegó el atardecer,

y naranja se puso sin ti

miércoles

Sicario (2ª Parte)



Por Yilux

Bajo la bóveda de la alameda, en una de las intersecciones, se encontraba un viejo bar que pareciera que pretendía estar escondido, lejos de la gente normal.
Freak.
El piso de pequeñas piedras blancas y negras estaba prolijamente tallado con figuras de ajedrez; cada cuadrado tenía dibujada una figura diferente aunque todas estaban inspiradas en el antiguo ejército chino.
El dueño era un viejo que lucía un parche estilo pirata que cubría el espectáculo en su cara. El ojo se salía de su cuenca cada vez que se reía de buena gana. Por supuesto que era comprensible que nunca lo hiciera.
Vitto solía ir al lugar y don Saúl conocía su oficio.
La luz era escasa y el olor a vinagre se impregnaba en la nariz por un buen rato en cuanto se entraba.
Vitto saluda al dueño como si se ventilara la papada mojada de sudor en un día de verano.

- Don Saúl, buenas noches
- Tanto tiempo Vittorio. ¿Qué te trae por acá?
- Negocios Don Saúl, necesito el privado para poder conversar con el hombre
- Está ocupado pero te lo desocupo al tiro. Está la Sonia chupándole la diuca a un huevón.
- ¿De verdad?
- Si, de vez en cuando la dejo ocupar la salita y nos vamos 80 y 20. Además que la chiquilla no tiene en dónde trabajar con sus clientes. Ahora no le gusta ir a la casa de sus pololos porque la última vez le sacaron la chucha, la violaron cuarto huevones y no le pagaron ni uno, ni pa' la micro.

Era mejor en mis tiempos, de eso no hay duda.
Don Saúl desaparece en el fondo de un pasillo oscuro.
Vitto no mira a Ricardo, pero lo mantiene vigilado.
El viejo conocía el trabajo de Vitto y más de alguna vez le había ayudado a desaparecer algún cadaver en las quemas de mora en otoño en la parcela de don Saúl. Vitto se sentía seguro ahí.
Desde el fondo se escucha a alguien gritando.

- ¿Qué te crei’, conchas de tu madre, ah? ¡Lárgate degenerado de mierda y no vuelvas más, degenerado hijo de puta! ¡Por qué no te vas a afilar a un motel saco de huevas!

Don Saúl toma al hombre de la solapa y lo empuja. Mientras mira a la Sonia que pareciera que iba a explotar de risa. Don Saúl le cierra el ojo.

- Y usted mijita, ¿cómo se le ocurre andar con esta mierda que la trata así?

El tipo corre hasta la salida hasta que desaparece entre la noche y la neblina.

- Gracias don Saúl. Ya me tenía chata ese huevón. Aquí tiene.
- Muchas gracias, Soniecita, Cuando quiera no más.

El hombre mira a Vitto.

- Vittorio estamos listos, ya te desocupe la sala.
- Demórate lo que quieras no más, Vitti.

Don Saúl cada vez que podía le recordaba a Vittorio que le gustaba "Analízame".

- Camina huevas.

Ricardo avanza sin decir palabra, estaba consternado, sabía que no podía escaparse de esta.
La sala era un cuarto negro con las murallas ansiosas de pintura. Llena de cajas y javas de cervezas y bebidas. En una esquina una mesa con tres sillas bajo la luz de una campana estilo ring de box que sólo iluminaba la mesa.
Era así porque hacía tiempo ese era el lugar en donde don Saúl y sus amigos jugaban poker. Fue en una de esas noches cuando por querer pasarse de listo a don Saúl le clavaron en el ojo un sacacorchos.

- Ya señor, tiene dos minutos para decirme lo que yo ignoro.

Ricardo tomó asiento y comenzó a hablar.

- Primero quiero que me diga lo que mi esposa le dijo de mi.

Vitto saltó de su asiento encima de su blanco.

-Mira, huevón, no te maté porque dijiste que tenías algo que decirme. Si no es así, en minuto y medio te meto una bala por la boca. Así es que comienza hablar rápido.

(continuará)

lunes

Sicario


Escrito por Yilux

La calle empapada no importaba a esas alturas del encargo. El único farol de la esquina entregaba mucha luz al ambiente como para seguir esperando ahí. Faltaba poco para que el encargo llegara. El asunto era claro “envarar con notificación”. Eso le molestaba mucho, porque antes de hacerlo, había que mirar a los ojos, quizás conversar unas cuantas palabras. Hacer un poco más amable el trato. Después de todo, el no era como todos los otros sicarios. Él se sabía el mejor de todos. Era callado, y todos pensaban que era mudo; lo que nadie sabía era que lo era por voluntad propia.
Sólo se sabía que era un hombre de temer.
Su voz era la muerte y sólo la conocían quienes debían partir a voluntad del contratista.
Tenía su lado amable, un sentido de justicia un poco más amplio que la concepción occidental; era de trato justo y preocupado por el bienestar de los más desposeídos.
No mataba por matar: era un juez. Escogía muy bien a sus víctimas y era normal que rechazara algún “encarguito”. No le importaba el dinero, sólo el problema.
Ya eran las ocho con treinta, la hora en que el encargo pasaba por donde él esperaba.
Vittorio estaba esperando, y a él no le gustaba esperar, ese era el momento más crítico de todo, el tiempo lo hacía pensar y eso lo desesperaba, convencerse de que podría haber sido alguien mucho mejor de no ser por su padre. Siempre pensaba en lo mismo, liberar a su familia de aquel monstruo siempre ebrio, había sido la primera decisión que le había costado más tomar.
Ocho treinta y tres.
Bajo el brazo, estaba el reloj que le había regalado el mismo fantasma en el que estaba pensando la última vez que su familia se reunió.
¡El tipo aparece! En la oscuridad, por última vez, revisa la foto para que no exista equívoco.
Saca un cigarrillo.

- Amigo ¿tiene fuego?
- Si creo que está…

Se revisa toda la ropa hasta que encuentra una deformada caja de fósforos. - Aquí está.
Las hojas del árbol anoréxico no resisten el viento y ceden a la gravedad. El Yiyo demora un siglo en encender el pitrén, el muerto vivo lo espera, entre tanto, de su parca saca algo que ya nadie usa: una petaca.
Mientras estira el brazo para recibir los fósforos, Vittorio hace un gesto de repudio, su padre usaba un aparato idéntico para mantenerse borracho.
- Muy amable.
- De na´.

El tipo hace ademán de seguir su camino, cuando Vitto lo detiene.
- Lo siento, pero fuiste un maricón.

El asesino era rápido, sabía lo que hacía, le estaba mirando los ojos mientras jalaba el gatillo suavemente.
- ¡No!
- ¡¿Cómo que no?! Decidió conversar.
- Tengo hijos, por favor llévese lo que quiera.
- No quiero nada, tu esposa es quien quiere que mueras, sólo eso me llevaré, todo.

El sujeto comprendió todo, y era preciso encontrar rápido una solución.
- ¿Tú le crees? ¿Sólo te quedarás con lo que ella te dijo de mí? ¿Qué hay de ella, sabes lo que hace?
El asesino vaciló por un momento, la pistola se alejó de la sien de su víctima que a esas alturas era una magdalena.
- Créeme, dame un momento para que te explique, por favor baja eso.
Cada vez tenía menos voz, el hombre se deshacía en llanto y al parecer tenía algo que decir. El escenario experimentaba un cambio y era necesario estar seguro.

Continuará…

Deliberación





No hay otro camino a seguir.
Es el ahora o el jamás.

Debo cometer el delito
y hacer de ti mi víctima:
prenderte fuego
y verte arder en la hoguera
y luego apagarte con mi agua.

Para llevarte bajo tierra
y sepultarte debajo de mi brazo
que sujeta con furia
tu rostro que brilla
y que no apaga el fuego

No hay más que decir.

Es el matar o morir.

Y por mí, escojo matar.

Matar el deseo rojo,
clavar mis uñas en ti,
beber de la fuente de tu vientre,
comer de tu boca luminosa,
dormir bajo el alero de tu espalda,
y despertar
bajo el canto de tu respirar.

No hay otro camino a seguir.

Sólo el que me lleva a ti.

Marea




Al calor de las sábanas
dentro de tu boca brillante,
fuera del mundo que me vive,
hacemos juntos un daño ambiental

Creamos nuevas formas de sentir.

Deseamos el gozo y el éxtasis.

Estallamos en fuegos violentos y furiosos,
devorándonos parte a parte,
recorriendo con mi lengua
lugares y pliegues de tu cuerpo
que vibra con cada descarga

Tus ojos cerrados experimentan
las sensaciones de la marea
que avanza rauda por tu playa.

Esa misma marea que recibe a mi cuerpo
desfalleciente en tu orilla
inconsciente de tanto luchar
ganado por el deseo de tenerte,
de sujetar tu piel brillante
cubierto de perlas y de temblores.

Que con cada oleaje de la marea
va llevando a que rompa la ola
y se descargue sobre nuestros cuerpos.

miércoles

Cosas Extrañas



Una ventana puede volverse casi como un televisor.
Te muestra un mundo tal cual es.
Dejo de ver la tele por querer ver por mi ventana, que se vuelve a ratos, más interesante que la "caja idiota". Sin ir más lejos, he visto muchas vidas e historias por mi ventana. Unas más interesantes que otras, pero que aún así son más agradables de ver como mueren tantos en algún país fuera del mío.
Un día, me senté cerca de mi ventana y vi como transcurría la gente por la calle. Tenderán a preguntarse: ¿y qué tiene eso de interesante? Esa pregunta es la que me lleva a ver por mi ventana. ¿Qué interés lleva esa gente que camina con (o sin) rumbo por la vereda? A veces me imagino que quien camina por la calle frente a mi ventana lleva en su pensamiento, muchas opiniones que, son más profundas y con más sentido que los de aquellas personas que tienen tribuna para decir lo que piensa.
Creo que haciendo lo que hago, reivindico y busco profundizar en el alma de aquellos que no son notoriamente conocidos, que no hablan delante de una cámara y se dirigen a todos nosotros llamándonos de maneras muy protocolares. "Señoras y señores", "amigos", "conciudadanos" y tantos otros saludos rondan los diarios o canales. La tribuna se ha prostituido a quienes buscan conseguir la notoriedad y -de paso- la consagración.
Pero, ¿se han fijado en aquellos cartoneros? Te muestran que la pobreza aún existe y no necesito ver las noticias para saber que ahí está. ¿La delincuencia? Cada día siento pasos gimientes de aquel lanza que acaba de asaltar a algún boquiabierto transeúnte. A mí, no me vienen con cuentos. ¿Problemas de alcoholismo? Eso lo veo cuando mi ventana me muestra como transitan, a menudo, gente borracha cantando canciones y gritando barbaridades a las tantas de la mañana. Mi ventana me muestra todo. Es mi televisión abierta, sin censura, sin cortes comerciales.
Una noche, aburrido, me di un gusto. Me acomodé frente a mi ventana acompañado de un vino, mis cigarrillos y unos chocolates que alguna persona me había regalado. Y me dediqué a mirar, fumar, beber y comer. Placeres simples para una persona simple. Y simple pensé que sería este momento. Me equivocaría medio a medio.
Ocurrió que al frente, en una casa antigua, en su segundo piso, alguien celebraba. Se sentían las risas, el entrechoque de vasos, la música y la alegría. Mientras miraba, sentía que me estaba entrometiendo mucho. Me sentía un tanto envidioso. "Me encantaría haber estado allí", pensé. Y mientras seguía mirando, alguien de la casa del frente, miraba donde estaba yo. Sus ojos se fijaron en los míos y no resistí el peso de la mirada. Me sentí descubierto. Sentí que mi voyerismo de observar a la gente por mi "canal privado" estaba siendo calificado de censurable, insultante, atrevido e inmoral.
Pero, de hecho, no fue tan así. En mi estupor, desde allá me hacían señas y miraban como si fuera parte de su entretenimiento. Pero, en el fondo, me miraban como a un intruso. Violaba su intimidad. Me empezaba a sentir con ánimos de huir.
Más extraño aún fue que uno de ellos, se las empezó a dar de stripper y bailaba en el balcón. Movía y contorsionaba su cuerpo cual bailarín de topless. Yo no atiné más que a reír. Y a aplaudir. Pero, luego de un rato, cerraron la ventana y el espectáculo llegaba a su fin. Yo no lo creía. Alguien me daba de probar mi propia medicina. Por primera vez sentía que me transformaba en el centro de atención. Por vez única, mi ventana era la puerta de entretención de alguien.
Existía alguien que conocía mi fijación. Era un actor jugando un papel para ellos. Fui sobrepasado. Esta fue la primera interacción que tuve con mi entretención. Algo que el televisor no haría jamás: el interactuar con el receptor. ¡Qué cosas mas extrañas
te muestra la vida!

jueves

Cuando duermes y yo despierto



Cuando duermes
Y yo despierto
Admiro la mañana de rojo
Por mi ventana

Calma mi angustia un cigarro compañero
Y me sacia el deseo
El aroma de tu piel:
Esa piel húmeda y salina
Marcada por las huellas
De mis manos que recorrieron
Sin mirar a donde iban.

Mis manos que tocaron
Un cuerpo que vibraba
con el son del deseo
Con la música sin voz, sin sonido,
Que llenaba vacíos
De noches interminables de hambre

Hambre de devorarnos mutuamente

Hambre de tu cuerpo y el mío.

Cuando duermes
Y yo despierto
Admiro tu cuerpo desnudo,
Frágil,
Plácido,
Sonriente,
Saciado.

Me golpea el sueño
Me dice que yazca a tu lado
Bajo el amparo del brillo de tus labios
Escondido en el ardor de tu vientre
Sostenido en los pilares de tus piernas
Alimentado de tus sueños
Satisfecho de la sed de tu cuerpo

Muero para despertar a la vida contigo

Cuando despiertas
Y yo duermo;
He muerto diez veces para tu alma

He recorrido con mis ojos tu interior
Sin dejar de sentirme satisfecho

Porque al soñarte
Mi piel llama tu nombre,
Mi boca se abre a tu beso,
Mis brazos te arropan para fundirte conmigo
Y mi voz no deja de sonar.

Cuando despierto
Y tú duermes;
El tiempo se detiene
Y tú eres todo
Cuando despiertas
Y yo duermo;
El tiempo avanza
Y yo soy nada

lunes

Oración



Algo me inquieta.
Estoy intranquilo.
No estoy en paz.

Siento angustia.
Tengo miedo de lo incierto.
Quiero rendirme,
entregarme y someter mi voluntad.

No soporto lo que pasa.

Creo que me sobrepasa.

Quiero abandonar todo.
No sé si es lo que quiero.

No tengo más fuerza.

Siento como la soledad
se posa sobre mí
y me abraza.

Me estrecha entre sus brazos.

Me asfixia.

No sé.
Estoy raro.

Creo que me deprimí.
O tal vez es falta de voluntad.

Tengo miedo.

Me da pavor el pensar
que todo está equivocado,
que la vida me derrota
y me aplasta el peso que se acumula
día tras día.

Me siento desvalido.

Tan solo.

Tan lleno de dudas que me agobio.

Quiero huir de aquí.

Quiero evitarles una tragedia.

¡Dios, haz que pare!
¡Ayúdame!

Me siento tan pequeño
en este lugar tan grande.
Me siento extraño
en esta tierra extraña.
Me siento un desamparado
que no tiene amor,
no tiene apoyo,
no tiene respuestas
y no tiene abrazos.

Clamo a Ti.

Si, a Ti.
Al que llaman Todopoderoso.

Porque supongo que todo lo puedes.

Lo que te pido es esto:
no me dejes caer
y que todo lo que sucede
si es Tu Voluntad,
¡que se haga!

Sólo enséñamela.

Hazme comprenderla.

Hazme aceptarla.

Que así sea.

martes

Trébol



Sentía que quería suerte.

Caminé por la calle y quise llegar
Luego a la esquina

A veces, la suerte está ahí.

Típico.

Lugar común. Nada más.

Pero la encontré.

Allí estaba. Tierno. Verde
Brillaba en el pasto

Un trébol.

Lo tomé y pensé en mi suerte

Una hoja, un deseo
Dos hojas, más deseos
Y otra más. Más quería.

¿A ver? Otra vez:
Uno
Dos
Tres

Esto no es una margarita.

Esto no se deshoja.

Y me quedé con un cuarto
Un poco de suerte

Y a mí que se me olvidó
Que no había que deshojarlo

La mala suerte.

viernes

Epitafio



Hoy se fue un hombre al cual admiraba. Al cual quiero tanto como a mis padres. Y se fue sin poder decirle adios.

Se volvió una hoja otoñal. Cayó placidamente en el suelo, inerte. Te fuiste, viejo. Yo te creía un imortal, un bendecido. Dios te hizo alguien brillante, luminoso, altivo, combatiente, leal, generoso, cándido. Un fuego inmesurable que se consumió de repente.

Siempre te ví como un tipo encachado, rebelde, con onda. Un tipo que tenía una pinta hippie y que le encantaba la musica de Victor Jara. Yo siempre quise haberte conocido antes, haberte visto pelear por tus convicciones, tus ideales. Eras un hombre íntegro. Un gran hombre, una gran persona. Un padre para todos, para los de tu estirpe y para los que no lo eran.

Te vi tan pocas veces.

Pero, siempre que te vi, siempre te dije que te quería mucho. Nunca quise que sintieras que no te quería.

Puedo decir que te amaba.

Pero, hay una cosa:
en verdad, creo que deberia quejarme... ¿Pero de qué?

¿De que la vida es injusta?

¿De que Dios es una entidad sarcástica que -como decia mi hermano- es capaz de llevarse a las buenas personas y dejar en este mundo a las malas?

Si, aun no lo entiendo.. Aún no lo creo

Siento que es un chiste de mal gusto,una broma del dia de inocentes.

Pero, como decía en mi flog, sé que no es asi, porque siento frio; porque siento pena
porque todo esto no es un simple chiste de malisimo gusto, sino una realidad. Una realidad que no entiendo.

Creo en Dios, y aun, creyendo en El, a veces no lo entiendo.

No entiendo esto:
no entiendo Su razon para llevarselo asi. Me quisiera quejar, pero no puedo
porque mi corazon cristiano me dice que no... Yo creo que Dios hace las cosas por algo, que por alguna razon misteriosa y que como humano no entiendo, tiene un significado mucho mas profundo.

El tenia algo que decirme antes de morir y no me lo dijo.

Pienso que fue ésto:que se iba y que se iba a ir sin decirme chao.

Sin avisar.

Lo lamento horriblemente por sus hijos, por su esposa, por sus hermanos, por sus padres. Por mí y por mi hermano. Es una perdida enorme. Una luz gigantezca que dio claridad a muchos quienes se atravesaron en su camino.

Nunca negó su palabra ni su oido, ni su voz para cantar. Para decirte con cariño, alguna broma, alguna palabra de aliento, algun consuelo.

Se fue un ángel entre los hombres.

Un bendecido por Dios.
Un guerrillero. Un luchador, un hombre completo.

Te fuiste, Fidel.

¡Y qué correcto tu nombre!

Combativo. Revolucionario. Único. Fiel.

Eso eres para mí.

Eres alguien que ocupará un lugar bien especial en mi interior.



















Adiós, Fidel.

"Que el Señor te bendiga y te proteja;
haga resplandecer Su rostro sobre ti y te conceda Su favor.
Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz"

(Números 6, 24-26)





Adios. Hasta la otra vida.





Descansa en paz...



Dios, dale el descanso que merece...

jueves

Carta abierta a aquella mujer




"Y quizás el amor no es más que eso

una mujer o un hombre que desciende de un
carro
en cualquier estación del Metro

y resplandece unos segundos
y se pierde en la noche sin nombre"


(Óscar Hahn)




(Foto del Metro Lamark, en París)

Aquí comienzo mi carta. Igual como te conocí: escribiendo, solo y con un cigarrillo en mano. Es domingo y el cuarto donde estoy se hace infinitamente grande para llenarse de tu efímero recuerdo. No entiendo la razón de escribirte, pero el deseo de hacerlo es demasiado grande.
Pero, ¿qué decirle a alguien que no está? No quisiera ponerme esquizofrénico y empezar a responderme yo mismo las preguntas. ¿Para qué? Sería bonito oír lo que deseo oír, pero, el rebote del sonido me devolvería de una bofetada a la realidad: estoy solo en este cuarto, escribiendo y fumando, deseando oír cosas que necesito. No me imagino haciendo el mismo ejercicio de tu parte. Sería entretenido mirarte hablarle a un espejo, gesticulando y haciendo uso de tu mejor lenguaje para decirme -mas bien, decirte- lo que quieres oír. Suena loco. Lo sé. Pero, dime algo: ¿sería bueno hablarlo? Decirnos todo aquello que nos está pasando a ambos sería una terapia fenomenal. ¿Ves? Me estoy poniendo algo esquizofrénico. Debería alegar demencia y pedir que el caso sea sobreseído y guardado en las profundidades del tribunal destinado a resolver materias del amor.
El amor no se resuelve por el juicio. El juicio se pierde con el amor. Una frase que leí alguna vez, decía que el amor "es la enfermedad mas grave, porque ataca la mente, el corazón y el cuerpo". Y creo que todos los síntomas los tengo ahora. Me estoy enfermando lentamente.
¿Podré decir que estoy loco? No sé. Si lo estoy, mi percepción de la realidad estaría hecha añicos y éste no es el caso. Gracias que aún no te diviso en las nubes o en alguna sombra que se proyecta por las noches. No dejo, eso sí, de sentirme impregnado de tu nombre. ¡Maldigo el instante en que pude besarte y no lo hice! Pero pienso, de haberlo hecho: ¿no me habría vuelto más loco y mi conducta se hubiese descontrolado hasta el punto de haberme dividido en dos personas? ¿No habría empezado a hablar conmigo mismo y darme las respuestas que quiero? Es una posibilidad. Para allá me dirijo.
Eso sería sencillo si, por alguna razón, yo te conociera aún más. Entonces: ¿de que me he enamorado? ¿De un misterio? ¿De algo incorpóreo? ¿De un sentimiento? ¡No! Uno se enamora de una persona, pero de una que conoce -o deja conocerse-. Y éste no es el caso. Estás tan al alcance de la mano, cual fruto del Árbol de las Ciencias del Bien y del Mal y tan distante como la prohibición de tomar tal fruto. ¿No fue el comer la manzana lo que nos hizo personas? ¿No fue eso lo que nos humaniza?
Mi carta es para que sepas que hay más que simples deseos de concretar un vínculo contigo, sino que existe más de algún factor que nos conduce a estar en esta calidad de perdidos. ¿Lo sabes? No lo creo; pero sé que tu corazón se divide entre lo que quieres y lo que sientes. ¿Lo que uno quiere no debe también sentirse? Y, ¿qué soy yo? ¿Sólo algo querible? ¿Soy sólo un sentimiento?
No soy sólo una meta. No me compongo de ideas. Soy algo corporal, algo que es de sangre y hueso. Soy una persona con una parte que puedes tocar y otra que puedes sentir. No soy algo corporal, tangible, empírico. Soy más de lo que tus sentidos pueden tocar o lo que tus sentimientos te dicten sobre mí. Soy cuerpo y alma. Si Platón habla del alma o "lo incorpóreo" y de lo material y tangible unidos en un "envase" llamado Persona, ¿por qué divides de tal manera a tu corazón?
No busco que me des una esperanza ni trato de ahuyentarte de mi lado. Evito destruir el statu quo entre tú y yo, porque no tengo más que un sentimiento y una directriz para lograr tenerte, porque no sé qué sientes; si sufres por esta situación; si me quieres o no.
No busco que por pena me quieras. Tampoco deseo que te alejes para no volver a saber jamás de mí. Solo quiero entender lo inentendible. Me confirma todo lo anterior lo loco que me he puesto. ¿Cómo quiero saber algo que no me es conocido? ¿Cómo piensas que haré algo si no das señales? "Nada es bueno si es a la fuerza". Lo sé. No tienes por qué repetírmelo. Te lo dije ese día en que nos veíamos tan llenos de afecto el uno por el otro. Y cuando tratamos de despedirnos. Ambos deseábamos llevarnos a la boca al otro, pero –creo que ahí fuiste inteligente y fatal- al pedir paciencia, me quedé ahí: con las ganas de beberme la respuesta y sobrepasado por la muralla de la incertidumbre que ello conllevó.
Ahora, vuelvo a prender un cigarrillo. Mientras veo el humo, me acuerdo de cómo te conocí, de cómo llegue de a poco, a envenenarme por las ganas de decirte que te quería y que mi maldita -¡maldita!- timidez me hacía masticar cada vez que te vi. Bastó el calor del aire, el vaso de cerveza o el poder tenerte tan cerca de mí como nunca antes -¿o fueron los tres?- lo que me llevó a decirte todo lo que prefería callar. Pero me abofeteó tu actitud. Tú también tenías el dilema. Y nunca pensé que, en ese momento, tú y yo nos pareciéramos tanto. Pero ahí no más quedó la convergencia.
Sólo espero que, si algún día llegas a leer esta carta, sepas que la palabra que aquí está es una fotografía del interior de mi alma. Y que he mantenido la cordura y llamado a mí siempre compañera timidez a que acompañe ahora mi sueño, en este cuarto que no se alcanza a llenar con tu figura, pero que no da abasto para todo lo que yo, en este momento, siento hacia tu foránea humanidad.





En algún lugar de Santiago, noviembre de
un año que no quisiera más recordar.




(basado en una historia verídica)

lunes

Baños digitales




Baños digitales me doy de ti
y me enjabono con las imágenes de tu piel
me lavo con las palabras que susurras
y me seco con el ardor de tu deseo
inocente, serio, intranquilo, joven y poderoso
incontrolable como el poder del mar
Refrescos manuales me bebo de ti
palabras que escribo me sacian la sed
sueños que tengo me calman la pasion
insidiosa, tenebrosa, impetuosa, arrolladora
destructora de algo fragil.

Eres todo y eres nada
eres lo que quiero y eres lo que no tengo
deseo lo que aún no te arrebato
lo que nos hemos prometido
y que como infieles no cumplimos
ladrones que roban a ladrones
vocación de impulsivo he retenido
pues robarte no que me debes
no me hará mejor ni a mí ni a tí
pero en cualquier momento
te robo y me doy baños digitales contigo.

jueves

Día (a)normal


Nos íbamos a reunir a las cuatro. Pero no llegaste. ¿Hasta cuándo, Vicente? Me das rabia, porque prometes y no cumples. ¿Qué iba a hacer? Yo no me iba a quedar sin tomarme algo hoy. Te mandé al carajo y me fui a un local a beber solo. "¡Qué patético!", iba pensando, mascullando mi rabia y molestia camino al bar. Entré al local, con un tanto de timidez. Odio estar solo en lugares con mucha gente. Me siento todo un antisocial en el sentido estricto de la palabra. Me acerqué a la barra y de fondo suena unos acordes de Los Fabulosos Cadillac, donde un Vicentico (me acordé de este maricón que me dejó solo) cantaba un clásico: "Matador". Pido un trago, con mucho hielo y bien cargado para anestesiar la rabia y además, inhibir la vergüenza de estar solo, siendo que hay tanta gente.
Pago.
Tomo mi trago y me aperno en una esquina del bar a la cual le falta luz: justo lo que requiero. Nadie nota que yo estoy ahí; pero en mi inconsciente requiero de un poco de atención para dejar de sentir rabia. Puedo ver como todos ríen, se toman algo, algunos se besan o cantan con tono desafinado un "feliz cumpleaños" entrechocando sus vasos. Le doy el primer sorbo al trago y siento como cae por mi garganta ese líquido como una brisa fría. "¡Ah!" exclamo para mis adentros.
No se si de aburrido o de completo estúpido se me ocurrió hacerle una llamada perdida en el teléfono a una amiga. Creo que más tarde me daría cuenta de que fue de idiota. También puedo culpar al segundo vaso que me estaba tomando. Pero creo que fue de idiota. Con un rápido gesto le marqué y le colgué. No estaba de ánimo para hablarle: sólo quería molestar. Y, para sorpresa mía, al minuto, recibí un llamado:

- ¿Alo?
- Miguel, ¿dónde estás?, me preguntaba con la voz un poco quebrada.
- Aquí, en un local, tomándome algo... ¿Qué pasó?
- ¿Puedes esperarme?, me decía con nudos en la garganta.
- Sí, ésta es la dirección..., y le di las indicaciones.
- Espérame afuera, para verte..., me dijo casi llorando.
- Está bien, adiós. Y me despedí.

¿Qué le había pasado? Ni idea. Hacía unos meses que no sabía nada de ella, y por un par de llamados antes de éste, me dijo que estaba bien y que era feliz con su trabajo y su "nueva vida". Yo, en ese intertanto, me batía entre todo el papeleo que tenía en mi oficina y el alto de carpetas por examinar. Estaba sumido en trabajo. Hoy era uno de esos pocos días en que me escapaba de mis responsabilidades y me podía descargar con Vicente (maricón, ni me llamaste...)
Pensaba en un millón de posibilidades para descifrar lo que ella me quiso decir (o lo que querría ocultarme). Podía ser su pareja (si es que tenía alguna), su trabajo (aunque no sabía en qué trabajaba) o su supuesta "nueva vida". La verdad es que, al levantarme de la mesa para pedir el tercer vaso, suena mi celular. Era Soledad.
Salí afuera a divisarla y a lo lejos me movía la mano para saludarme. Al acercarse, la noté algo pálida. La abracé y le pregunté qué era lo que le había pasado. Me dio una respuesta evasiva -más que evasiva, sorprendente-: "No pasa nada, sólo quería hacer algo distinto". Yo, extrañado, la miré y la invité a tomarse algo conmigo. Y nos dirigimos a una mesa con más luz a conversar.

- Bueno, Miguel, ¿cómo has estado?
- Enojadísimo. Y solo.
- ¿Por qué?- me miró extrañada.
- Un amigo me plantó y no me quise quedar con las ganas de descansar un rato del trabajo. Me vine a tomar algo, sólo.
- ¿Sólo? ¡Ja, ja, ja!, se reía con tono sarcástico.
- No te rías - le dije avergonzado por el bochorno.
- No lo haré más. Discúlpame.
- Disculpa aceptada.

Y así avanzó la hora, entre trago y trago, cigarro a cigarro. Conversamos de su vida, de la mía, de lo que estábamos haciendo (ahí me enteré de que ella salía con un tipo que conoció en sus días de universidad y que tenía muchos problemas por lo posesivo que resultó ser).

- ¿Por qué sigues con un tipo así?
- Tal vez por costumbre... creo yo. Lo decía con cierto grado de culpa.
- Eso no es saludable. Veme a mí: soltero, con una vida que muchos envidian, decía yo con aires de querer agrandarme.
- ¡Ja! ¿Tú, envidiable? Quién lo diría. Lo largó con algo de desprecio.
- No te creas, me defendí.
- Pero, aún así, lo amo. Después de todo lo que sufrí cuando te fuiste, él me devolvió las ganas de sentir algo.

"Puede ser que tenga razón", pensé. La historia de Soledad y yo comienza hace unos años atrás. Salimos por un tiempo y la relación fue bastante intensa. Vivimos juntos un tiempo en un departamento en el centro mientras éramos practicantes de nuestras carreras e incluso pensamos en casarnos. Pero, se me ocurrió la genial idea de irme al extranjero a estudiar para lograr el postrado. Y allí empezó lo peor: peleas, insultos, gritos y demás. Yo la amé. Pero después de que todo eso me sumió en una crisis emocional, corté por lo sano y desde allí no supe de ella. Algunas cartas llegaron a mi casa -la de mis viejos, claro- que me dieron algunas pistas suyas, pero que nunca quise seguirlas. Al final, me fui y volví dos años después con mi cartón bajo el brazo.

- ¿Sabes? -le dije- Es tarde.
- Si, tienes razón. Miro su reloj y me dijo: ¿Nos vamos?
- ¿A dónde? ¿A casa?
- Si, puede ser.
- ¿Quieres venir?- le insinué con un dejo de timidez.
- Si, claro. No me vendría mal seguir la conversación- diciéndolo con tono coqueto.

Asi que, nos fuimos en su auto y nos dirigimos a mi departamento (que a esas alturas, debía ser -mas que un departamento- un chiquero).
Mientras nos dirigíamos a mi casa, ella me conversaba diciendo:

- Hoy pensé que sería un día normal. No esperaba que llamaras.
- Ni yo esperé que contestaras. Ha pasado mucho tiempo.
- Es verdad, pero ya no sufro más -me dijo mirando sin cesar el camino.
- Mi intención no fue esa, pero lamento haber dicho todo en mal momento y lugar.
- Si, lo se... pero me rompiste el corazón.
- Y tarde me di cuenta.

Y el auto continuaba su marcha; después de mi alocución, reinó el silencio. ¿Qué podía decirle? ¿Con qué me podía defender? Yo igual me sentía mal al tiempo de terminar. Pero nunca lo notó. Dejé mucho por ella y siempre esperó que fuera más entregado. Creo que no me arrepiento de nada de lo hecho antes, pero siempre recuerdo -no sin sentir cierta nostalgia- todos esos días en que nos amamos con pasión casi animal, desenfrenada, lujuriosa. Eran sesiones de noches (o tardes) de sexo. El mezclar nuestros cuerpos en una danza de desenfreno, de sentir melodías de gemidos y saciarnos con el sudor de nuestros cuerpos, eran algo que hacían cada vez más patente su recuerdo en mi mente. Pensar que la conocí como una mujer tan bien cuidada de su manera de ser. Verla ser una fiera en la intimidad, dejaba huellas indelebles.
Habíamos llegado.
Pasamos y encendí la luz. Vi que no era un desastre. Fui a la cocina y preparé un par de cafés. Nos servimos cada uno, en silenciosa formalidad, nuestro café. Ella me miró y empezó a preguntar:

- ¿Cuánto hace que vives aquí?
- Hace unos dos años ya. Poco después que volví a Chile.
- ¿Y que tal tu estadía allá?
- Alucinante. No creerías todas las cosas que te contara.

Y empecé a contarle sobre mi vida mientras estaba haciendo carrera en el exterior. Las cosas que hice, lo que compré, mostrándole fotos de por allá. Ella, a cada cosa que le contaba, saltaba con la pregunta que evadía a cada momento: "¿Me extrañaste?". Y yo, haciéndome el idiota, elevaba por dentro mi nivel de mentira y le decía que sí, siendo que hice lo que pude para olvidarla y sacarme de encima ese recuerdo forjado de su piel.
En un momento de silencio, ella se acercó a mí y puso su cabeza en mi hombro. Yo, un poco intranquilo, le pregunté que pasaba. "Nada", me decía. Pero había algo. En su mente -y en la mía- todos los recuerdos bloqueados empezaban a desparramarse por la cabeza. Hasta que de tanto insistir en qué le sucedía, ella, en silencio, sollozaba.

- ¿Qué pasó, Soledad?
- Nada, no pasa nada... - Me decía llorando.
- Si no me dices que sucede, no tengo cómo ayudarte.
- No te preocupes.

Asi que, sin resolver el enigma, la abracé y así nos quedamos. Ella, me hacia cariños justo en lugares que -a sabiendas- me producían "algo". Yo, haciéndome el loco, le decía que se detuviera. Y así empezó el juego. Me provocó tanto, que la tomé y sin que me dijera algo, la besé con ganas de adherirme a su cara. No se resistió. Tal vez ella también lo quería, pero quiso que me adelantara.
Entre besos, caricias, tocaciones y manos que se perdían en por la ropa, llegamos a quedar desnudos. Apreciándonos, ella, con pudor me decía:

- No me mires...
- ¿Y para qué me dices eso? No hay nada que yo no haya visto antes - bromeaba.
- ¡Ah, que eres mala onda!
- Pero es cierto... Te conozco demasiado.
- No importa, no me mires- me dijo, con algo de molestia.
- Está bien. Y cerré los ojos.

Ella se acercó a mí y me empezó a besar, despacio por mi rostro, mi boca, orejas y mi cuello. Cada vez que se acercaba y sus labios me tocaban, un espasmo me retorcía de placer y aguantaba el deseo de poseerla súbitamente. Ella lo sabía y continuaba haciéndolo. Luego se fue a perder por mi abdomen y llegó cerca de mi sexo, que manifestaba explícitamente el deseo de poseerla. Y de allí no subió hasta que vio que no resistiría tal actuar. Por fin ella se rindió a que tomara cartas en el asunto y procedí a hacer lo mío. La besé con desenfreno y mi lengua no dejaba de recorrer su cuello: era su debilidad. Me encadené a sus pechos y ella no cesó de gemir y de respirar más y más agitado. Me propuse hacer lo mismo que ella hizo conmigo y no dudé en bajar hacia la zona de su sexo, lentamente, viendo como su rostro se desencajaba con cada movimiento que realizaba. Estaba entregada.
Lo que siguió fue el clímax del juego previo. Su sexo y el mío, bailando al son de un ritmo desesperado, violento, desenfrenado. Los gemidos y las respiraciones entrecortadas de ambos se hicieron cada vez más potentes. Pero ella, en un momento, me dijo:

- No puedo...
- ¿Qué? - La miré con una cara de interrogación.
- La verdad es que... no puedo continuar...
- ¡¿Por qué?! - la encaré.
- Porque me siento sucia, una infiel. Por algo estoy con él. Para no estar contigo.

Me dolió. Me dejó atontado. Yo no pude hacer más que salirme y buscar a tientas mis cigarrillos. Prendiendo uno le dije:

- Entonces, ¿por qué lo hiciste?
- Lo nuestro nunca fue algo simple. Tú fuiste el primero... Y tenía razón.
- También puedo decir lo mismo. Algo nos tira.
- Por eso, para mí, todo queda aquí. Y empezó a sollozar.

La abracé y no nos soltamos hasta que salió el sol. Entre las siete y las ocho, desperté y no estaba, pero encontré en mi cómoda una nota: "Miguel: no me busques, no me llames. Olvídame para que pueda olvidarte...". Se había ido. Yo desnudo y todo, salí al balcón a recibir al sol. Miré y sólo hallé gente pasar y sin más preocupación que hacer lo que tenía que hacer. Yo, sin embargo, pensaba que ayer iba a ser un día normal. Y ya ven, no lo fue...

lunes

Ruta

(Detalle del cuadro "La maja desnuda" de Francisco de Goya)


Dibujo con mis dedos una ruta
que va desde la cima de tu nariz
cayendo por tus ojos profundos
bebiendo de tu boca risueña
lamiendo por tu cuello entregado
saltando por la desolación de tu espalda.

Subo hasta la nieve de tus pechos
y nombro todo lo que veo en su cumbre
lo hago de mi propiedad
y desciendo al ardiente desierto de tu vientre
hundiéndome en tu ombligo
para esconderme de tu sexo
y del calor del deseo que me llena.

Para no caer me amarro de tus caderas
y ruedo por dentro de tus piernas
recordando lo sensible de tu piel
y creciendo para llegar de vuelta
pero tropiezo y caigo entre tus pies
y despierto abrazado a tu regazo
besado por el aroma de tu piel
y ungido por el secreto de tu ser.

domingo

Y te esperé hasta las seis

(Grabado en madera de Lynita Shimizu)

Voy caminando sólo por la vereda. Son las cinco y cuarto y siento que el corazón se me agita. Hace mucho que no la veía y hoy iba a ser algo que esperé hace mucho tiempo. Me recordaba a mí mismo las veces que intenté encontrarme con ella, y que terminaron en sendos fracasos. Hoy sentía que sería especial. Cinco y veinticinco, y llego al lugar de reunión: un café de un barrio donde se combina la modernidad con el aire decimonónico, el lugar más chic del arte contemporáneo con el típico almacén de la esquina, atendido por el “tío” o la “señora” que te hace el descuento o te da la “yapa”. Se acerca el mesero, y me dice qué deseo. “Un café, por favor” digo. Se retira y tomo de mi bolsillo un cigarro, un tanto a mal traer, doblado y arrugado, que prendo con el encendedor de un señor de la mesa de al lado. Y me puse a esperar. Se suponía que llegaba a las cinco con cuarenta y cinco, y como llegué mas temprano, comencé a mirar a la gente que allí se reunía y no sé porqué sentí curiosidad por oír las conversaciones que allí se daban. Cerca de los grandes ventanales había una pareja, muy joven, de no más de treinta años que conversaba y que se notaba que tenían una conversación un tanto fúnebre. En el rostro de él se veía la tristeza y en el de ella, una seria, pero un tanto dubitativa mirada. Como no podía oírlos desde donde estaba, me imaginé que ésta era la conversación:

-Te tengo algo que contar.
-¿Qué pasó? Te noto extraña.
-La verdad es que he tomado una decisión.
-¿De qué se trata?
-Es que... ya no puedo continuar.
-¿Continuar? ¿A qué te refieres?
-Mira, lo que te estoy diciendo es que... se acabó el amor.

En ese momento, llegó el café. “Aquí tiene”, me dijo el mesero. Le di las gracias, y bebí el primer sorbo. Me había devuelto a mi realidad. Ya eran casi las cinco y cuarenta me entretenía imaginando las conversaciones de la gente que allí estaba.
En el otro extremo del café, había un señor, de unos cuarenta y tantos con una joven de no más de 21 años. Ella se notaba algo incómoda, pero coqueta; y él, en su papel de hombre maduro, desplegaba sus dotes de galán. Hice el mismo ejercicio que realicé con la pareja que estaba cerca de los grandes ventanales:

-¿Te gusta el lugar?
-No sé... es que... igual es lindo.
-Bueno, te tengo un regalo
-¿Qué es? Dime, ¿ya?
-Bueno, pero, cierra los ojos.
-Ya...

En eso, él de su bolsillo, saca una caja, de color azul profundo y la abre. Ella la miró y sus ojos brillaron como cristales. Lo primero que hizo fue, dar un pequeño gritito de júbilo, acercar la caja a su cuerpo y tomar al sujeto y darle un beso, con una pasión que a todos quienes estábamos allí nos sorprendió un poco. Cinco y cincuenta y ya me impacientaba. No por el hecho de que existía una presunción de atraso, sino de que me iba a suceder lo mismo de las otras ocasiones. Llamé a su celular, pero no contestaba. Así, mi café se había vuelto tibio y mi cigarro se había acabado. De mi maletín saqué una cajetilla que guardaba y la abrí para obtener un cigarrillo. Volví a molestar al señor de la mesa del lado, para pedirle fuego para encenderlo. El, un señor de unos cincuenta y fracción, mientras me daba fuego, me dijo:

-Lo noto nervioso, señor.
-Si, es que... no debería decirle.
-Vamos, dígame.
-Bueno... tengo... más bien, estoy esperando a alguien.
-¿Su esposa?
-No, no. Para nada. Una vieja amiga.
-Para ser una amiga de tanto tiempo, no debería estar así.
-Es que... no creo que me entienda.
-Ya tengo muchos años encima. Pruébeme.
-Está bien. Hace mucho que nos habíamos puesto de acuerdo para vernos, pero parece que va a ser igual que todas las anteriores.
-¿No me diga que lo ha dejado plantado más de una vez?
-Lamentablemente, sí.
-Bueno, pero no se preocupe más. ¿Ve a esa mujer que está cerca de la barra?

De hecho, había una mujer, que estaba en la barra, desde más tiempo que yo en el café. Era delgada, de piel tostada y ojos cafés. Todo eso acompañado de un traje muy elegante y con un sombrero de ala, color negro. Se notaba ansiosa y preocupada cuando yo llegué. No reparé en ese detalle hasta que el viejo me lo dijo. Mientras la miraba, el viejo se había levantado de la mesa e ido del café sin que me diese cuenta, dejando el pago de su consumo, una propina y un papel que decía “Para el joven de la mesa del lado”. Cinco y cincuenta y cinco. Tomé el papel, lo abrí y lo leí. Lo que decía era: “Amigo: a veces esperamos tanto, que la felicidad que tanto anhelamos, nos espera sin que nosotros nos demos cuenta. Si no, fíjese en la mujer de la barra. Ella, al igual que usted espera a su felicidad, pero, no se da cuenta que su felicidad está esperándola a ella....” Llamé al mesero, y le dije que me trajera la cuenta. En ese tiempo, tome un trozo de papel y escribí algo. Al llegar el mesero, pagué la cuenta y le dije se podía entregarle el mensaje a la mujer de la barra. Y me fui. Y la esperé hasta las seis.
El mesero hizo lo que le pedí y hasta las manos de ella llegó el mensaje. Mientras lo leía, yo caminaba en dirección a mi casa. El papel decía más o menos así: “Nunca dejamos de estar solos. A pesar de esperar, y esperar por quien puede brindarnos ese anhelo de alegría y afecto que nunca llega, hay otros, que sin que uno lo sepa, nos brindan eso que esperamos, pero que hay que tener los ojos muy abiertos para verlos. Ese es el encanto de encontrar a quien nos quiere...” Adjunté con el mensaje mi nombre y un número de teléfono donde podría llamarme. Y me fui. Iba pensando, en silencio, con la cabeza gacha. ¿Realmente había hecho bien? ¿Qué pensará: que soy un atrevido, o un loco delirante? Para ser franco, esta aventura me hace dudar mucho. Pero miraba a todos lados y veía cómo la gente pasa desapercibiendo lo que realmente le hace feliz, lo que realmente está esperando. Pasé a comprar un diario y luego dirigí mis pasos a una casa que me esperaba sola, amable y en silencio. Ya eran las siete y media.
Llegando, fui al contestador y me encontré con dos mensajes. Uno era de quien yo había estado esperando. Decía que la disculpara por no llegar, que si quería nos viéramos en ese mismo lugar y una serie de cosas. Luego, pasé al otro mensaje y era la mujer que estaba en la barra. Su mensaje decía: “Nadie más que alguien que sufre conoce lo difícil que es sufrir por algo que no llega. Pero hoy abrí mis ojos y me atreví a ver para encontrar a ese alguien que me quiera. Te esperaré en el café donde estábamos la próxima semana a las seis”.
Pasó la semana y llegó el día. Y con toda la emoción y el nerviosismo, te esperé hasta la seis.
Y llegaste.

martes

El depredador


Cada noche, él recorría los bares del frío y desinteresado barrio. Caminando por las calles brillantes por la lluvia y solas por ese frío que calaba hondo, iba al acecho de una nueva víctima a poseer; del trofeo que la cuenta personal siguiera elevándose.
Siempre que lo vi en el bar del Alejandro –mi amigo- seguía un ritual que para todos los parroquianos que se reunían a beber, conversar fumar y pasar el rato, era imperceptible: llegaba a las diez y cuarenta y cinco, vestido con un impecable abrigo, pantalón en combinación con la camisa y un característico sombrero de ala corta que siempre me gustó. Lo envidio.
Pedía siempre lo mismo: whiskey con dos hielos y toque de tónica; encendía un cigarrillo oriental que siempre tenían aromas distintos. Yo siempre recordé el aroma de la vainilla, café turco y cardamomo. El Jano me recordaba que él, más de una hora no se quedaba aquí; pero que siempre que llegaba, consumía bastante – según Alejandro, no para él- y que se lo peleaban los meseros por las propinas que dejaba este cristiano. Me preguntaba qué era lo que tenía este tipo. Más extraño –decía el Jano- era que se iba acompañado y que la tipa nunca regresaba. El tipo era el típico “winner”, entrador, con pinta.
Creo que eran como cuarenta o cincuenta las tipas que se habían ido con él, según Jano. Un tipo más allá en la barra decía que era cierto que la tipa que se iba con él, nunca volvía. El Jano se cagaba de la risa siempre que decían eso. “Mientras siga viniendo el gil y pague como lo hace, ¡que se lleve a todas!”.
Entonces, llegó.
Entró al bar, en silencio, solemne. Se veía elegante, distinguido, galante. Atravesó el umbral y se fue a una mesa. Uno de los meseros corrió a atenderle y tomó su orden con lo de siempre.
Vaso en mano y cigarrillo entre los labios, inició su carga.
Seguí con la mirada todo su actuar, y llegamos al mismo punto: una mujer de no más de unos veintitantos años, sola y vestida juvenil pero elegantemente. Era delgada, cabello castaño y liso. Sólo eso veía desde la barra. Estaba de espaldas a mí, pero, casualmente, él la tenía de frente.
Ella era la próxima.
El y yo por dentro lo sabíamos. Yo sólo quería ver en acción su actuación; así que lo dejé actuar.
El tipo llamó a un mesero y le dijo algo que luego íbamos a entender. El mesero asintió y se fue a la mesa de la mujer con un papel. Ella lo recibió y miró al hombre que se lo envió. Sonrió. Pero, a medida que desenvolvía el papel, él, en sus ojos sonreía y sus labios empezaban a dibujar esa felicidad.
La primera parte estaba completa.
La mujer no lo creía. Dejó el papel en la mesa y trataba de salir del asombro de lo que contenía el papel: un brillante pequeño pero de unos cuantos quilates. Tenía el papel un mensaje incluido que decía: “¿Gustaría de acompañarme con un trago?”. La mujer no pudo contrarrestar tal desplante de galantería. Respiró profundo y se decidió a ir a sentarse a su lado.
Conversaban ellos muy animosamente. Cuando él decía algo, ella sólo atinaba a reír o mirarlo detenidamente. Se podría decir que estaba idiotizada con el desconocido ese.
Trataba de adivinar que hablaban.
No había caso. Estaba muy lejos.
¿Por qué empiezo a sentir envidia? A ver… yo no podría haber tenido tal desplante –salvo si estuviera ebrio-. Me cuesta mucho entablar conversación, no por no tener en qué sustentarla, sino en mi maldita timidez. Y de hablar, hablo más de la cuenta y siempre termino aburriendo a mi interlocutora.
Pero, pensándolo bien, eso es lo de menos. Mi problema es otro. Lo sé. Yo sé que puedo mantener una conversación coherente, divertida y bien estructurada. La cosa es que nunca logro lo que ese tipo puede: llevar la conversación al juego de conquista.
Casi siempre –por no decir siempre- me dejaban en ese clásico “yo te llamo”. ¡Pelotas! ¿Por qué abusan? ¿Por quién me toman? ¿Por idiota? Ya estoy bastante curtido con todos los “no” que he recibido o con esos dolorosos “mejor quedemos hasta aquí”.
Tantas excusas.
Por eso envidio a ese tipo.
Porque nadie se le niega a decirle que no.
miro el reloj. creo que han pasado unos quince minutos. la tipa estaba ida. El desconocido la debía ya haber noqueado con toda esa batería de cursilerías y frases clichè que, en mí, hubiera sonado como una blasfemia. Ya él la acariciaba, tomaba sus manos y no le hacía asco (perdón por la expresión) a besarla con deseos de que fuera más que eso -según se veía-.
Jano se acercó y me dijo:

- Viejo, eso no es nada...
- ¿Nada?
- ¿Creís que te estoy agarrando pa'l fideo? Escucha: hace unas semanas -si mal no recuerdo- una de las minitas que estuvo con él, puso los calzones en la mesa... ¡Fue la pura cagada, guevón! Ni te imaginas la cara que puso la gente... ¡Si hasta sacó aplausos!
- ¡No te creo, guevón mentiroso!
- Te lo juro, viejo... Por mi taíta que en paz descanse...

¡¿Qué está pasando?! Yo creí que el arrebato por el tipo era un poco más simple, mas romanticón. Todas enloquecían. Según lo que el Jano me dijo, podría concluir que todas trataban de que él fuese suyas. A cualquier precio.
Y la historia terminó.
La tipa se iba con él.
se iban abrazados y riendo, como si la vida fuera un gran chiste. Yo no encuentro cúal sea el chiste. Para mí, la vida no es un chiste. Es más complejo... Más bien, es una rutina. Para alguien como uno, estar tomándome algo en este bar, era el único -de pocos- pasatiempos en que trataba de perder el tiempo. No porque quisiera, sino porque no tenía mucho que hacer. Mi vida es sencilla.
Abundó el comentario.
Por allí se escuchaba:
- Éste la sabe hacer.
- Quién como él.

Al lado, la opinión se veía igual:
- Donde pone el ojo, pone la bala.
- ¡Clarito! Si el muy se llevó a la mejorcita...

El pueblo se había pronunciado. El tipo era un ídolo. Y yo también lo creo así, pero en secreto. Me escondo de mi adoración en toda la mierda que puedo decir sobre él. Deeseaba ser como él, tener su forma de conquistar, su aura de misterio.
Todo lo que yo no era, lo era él.
Pasaron unos días y sucedió lo que el Jano me había dicho: él volvió y ella no. A todos los que habíamos estado ese día nos preocupaba que el método y que la costumbre fallara.
Esa noche fue distinta. Se sentía en el aire.
Estaba con otro ánimo. Se veía abatido. Más bien, se le veía como destruido. Al principio, todos pensamos que era efecto de la poca luz o del trago. Pero no era así. Nadie lo podía creer. El depredador del bar de Alejandro tenía el alma partida, se le veía el semblante oscuro y con la mirada desolada. Se podía leer la mente de todos. Todos pensaban por dentro que había perdido el toque.
Le pedí al Jano un whiskey doble. Me lo sirvió y me lo mandé de una, sin respirar. "Para agarrar valor" me dije. Me paré y me fuí a su mesa para preguntarle cómo carajo se podía meter dentro de la cabeza -y la cama- de una mujer sin morir en el intento.
me detuve de pie frente a su mesa. Traté de articular una frase, pero me sentí timido . "¡Timidez y la mierda!", pensé. Él me miró y me dijo:

- ¿Qué pasa?
- Eh... este... yo... yo quería preguntarle algo.
- No te quedes ahí. Siéntate.
- Ok.
- ¿Qué me quieres preguntar?
- Bueno... yo... solo... este... quería saber por qué la cara.
- Eh, por nada... Me ganaron...
- ¿A ver? ¿Escuché bien? Dice que le ganaron. ¿Le ganaron? ¿Quién?
- Me ganó esto -se apuntó al corazón-. Me enamoré.
- ¡Me está jodiendo!- Por dentro sabía que no era así.
- No estoy para agarrarte para el gueveo...
- Ok. Perdón. Pero, ¿cómo? ¿De quién?
- la tipa que estuvo conmigo la última vez me engatuzó... -Tomó aire y suspiró- Era puta.
- ¿¡Qué!? Eeeh... ¿De verdad? Pe... pe... pero, ¿cómo?
- Me cobró -dijo con voz de avergonzado y tratando de esconder la mirada en el sombrero de ala corta-. Yo pensé que sería como las otras veces pero... me salió el tiro por la culata.

Dijo lo último y yo me despedí. Trató de invitarme a seguir conversando pero le dije no. Me paré y me fuí a la barra. Llamé al jano y le pedí otro whiskey. Por dentro estaba cagado de la risa. ¡Lo timó una puta! No lo podía creer: él, que buscaba lo fácil, lo que cuesta tanto esfuerzo para el resto, resultó que tuvo que pagarlo. No físicamente, no espiritualmente. En efectivo. Constante y sonante. Algo que nunca haría él.
Me bebí el trago, pagué y me fuí.
Me fuí con una sonrisa en los labios.
Por ves única, la vida me devolvió la mano y la podía considerar como un chiste. Quienes no buscamos el amor pasajero repartidos por el mundo, debían sentirse vengados y orgullosos.
Una puta les demostró que el amor cobra.
Y caro. Al contado.




Santiago, 14 de octubre de 2005

viernes

La muerte de la muerte (Parte final)


El lugar del Mingo está en pleno centro. Si uno lo mira, es la típica tienda de antiguedades, llena de objetos viejos, olvidados y que algunos les dan valor casi de piezas de arte. Algunas son una misma mierda. Mingo me ha regalado algunas cosas -a elección mía, claro- pero nunca un arma.

- ¿La tienes?
- Aquí está, tranquilo
- Muy bien. Buen peso, equilibrada. Y con silenciador.
- Tal como la pediste.
- Toma. Aquí está el pago.
- No te preocupes. Solo quiero que me la regreses.
- De acuerdo.

Y me fuí.

Subí de nuevo al auto y me fuí al hotel. Tome la arteria principal y me dirigí al este. Hacia el barrio alto. Jenny atendía al típico oficinista con plata de los sectores y a empresarios más o menos conocidos. Es unha tipa con un cuerpazo: morena, cabello oscuro, hermosa figura. Una pantera. Más de alguna vez había pasado malos ratos con tipos pasados para la punta o que simplemente no pagaban. Peor era el caso cuando se trataba de droga. En una redada de la policía, la pillaron con unas dosis y encamada con un conocido empresario. Lo que salió en presna fue que la habían detenido por porte de estupefacientes. Del gil, no se supo nada. Tiene que haberles pagado a los policías algún soborno. Si no digo yo: al rico, la plata y el poder lo salvan.
Frente al hotel me esperaba. Su vestido negro y escotado, fino y ceñido, parecía pintado al cuerpo. Puntuales. Como corresponde para el oficio. ella y yo sabíamos que el tiempo es vital.
La saludé y en silencio nos dirigimos a la habitación. Piso 13, 14, 15, 16... Llegamos. En el ascensor, de reojo la miraba y pensé que, si ella deja esa mierda de cocaína, tal vez -solo tal vez- sería mucho mejor y, para cualquiera, una buena mujer. Pero, sin eso, su espíritu no sería el mismo y ella no sería así de completa. Eso de la autodestrucción hace que sea independiente en todo -de su vida y muerte-, algo que muchos de los muertos no han tenido.
Me hace pasar a la habitación. es cómoda, íntima y con una buena vista a la ciudad.

- ¿Te sirves algo, Vinko?
- Un whiskey, con hielo.
- ¿Algo más?
- No... solo eso.

Del bar trae un whiskey y para ella, un vodka tonic. Se sienta frente a mí y yo, con algo de impaciencia (no muy común en mí) prendo un cigarrillo.

- Y... ¿Los traes?
- Como corresponde. Aquí los tienes. No los cuentes. No seas mal educada ni desconfíes de mí.
- De acuerdo... Pero, ¿por qué vas a matar a Victor?
- Soplón. Y por maricón.
- No es de mi incumbencia saber cómo sucedió. Pero, para que hagas esto por tu cuenta, es grave.
- Ni lo digas... ¿Y qué te dijo él?
- Yo quise que me contara, pero estaba cagado de miedo. Sólo me pidió que no lo entregara y que si podía esconderlo unos días.
- Perfecto... ¿A qué hora estará aquí?
- A ver... son las siete. A las diez y media estará aquí.
- Mientras tanto, ¿habrá algo que hacer, no?
- ¿Y qué tienes en mente?

Me levanté y me acerqué a ella. La miré a los ojos y acaricié su piel con la punta de los dedos, también su rostro, su cuello, sus pechos y su vientre. La abracé y nos besamos. La ropa en pocos segundos quedó en el suelo y ella y yo, hacíamos el amor en el piso de la habitación.
Mi boca besaba la suya, mis manos se trataban de findir con su piel y el sudor de los cuerpos nos hacía resbalar., hacía que el deseo fuese en franca alza. A cada embiste, ella y yo gemíamos, con cada beso se nos iba el aliento y nos gastábamos de tanto tocarnos. Con todo ese ajetreo, la hora avanzaba y yo me olvidaba de Victor me había cagado y que El Gringo me buscaba para despacharme. ¡Qué me importa eso ahora! Jenny era lo último que faltaba para que pudiera morir tranquilo.
Eran las diez y cuarto.
Ella rápidamente se vestía y yo, a duras penas, me trataba de poner la camisa y abotonarla para irme a esconder.

- Trata de actuar normal
- ¡Déjame hacer mi pega, hombre!
- Yo solo quiero que nada salga mal. Si no, se va todo a la cresta.
- Tranquilito... si todo va a estar bien.

Diez y treinta. Hora final. Y Victor que no aparece. Me estoy impacientando. Dos, tres, cuatro minutos. No llega. ¡No llega el hijo de puta! ¿Sabrá que estoy aquí? No creo. No me imagino a la Jenny cagándome. Bueno, en estos momentos, cualquiera está en posición de cagarme. Debo dejar de ponerme paranóico. Yo sé que la Jenny no me va a cagar. La conozco.
Pasó un momento y sentí ruido. Voces. Alguien conversa. Lo siento. Es ese cabrón que me echó al agua con El Gringo. Victor había llegado. Atrasado como siempre. Casi no escuchaba la conversación.

- ¿Cómo estas?
- Pregunta estúpida. ¿Cómo crees que estoy, ah? Como la chucha. Vinko me quiere matar.
- Pero, ¿por qué?
- ¿Por qué? Lo cagué. Le conté al gringo que el Vinko lo había cagado con una plata de uno de los "encargos" que le pidió. Fueron como dos millones... de los verdes.
- ¿Con dólares? ¡Chucha, eso es plata!
- Y según el Vinko, se habían perdido cuando puso la bomba.
- ¿Y por qué le contaste al Gringo? ¿No hizo algun trato contigo?
- Ninguno. Con raja me dió un par de lucas.
- Pero igual, es tu amigo... o lo era.
- Nunca lo fue. Me salvó de varias pero siempre me trató como basura. Que Victor haz esto, que llames a tal... No fue más que un negrero.
- Pero, aquí estás un poco mejor. Relájate... ¿Quieres algo de tomar?
- Bueno... Dame un vodka. Solo.
- ¿Con hielo?
- Dos, por favor.

Era la señal. Era mi momento de hacer justicia o, por lo menos, tener mi venganza. salí de mi rincon y pensé en todo lo que dijo y le encontré razón. ¿Me estaré arrepintiendo? Ni cagando. Nadie me ve la cara sin recibir lo que merece. Menos este concha de su madre después de todo lo que confié en él. No. El debía morir.
Cargué el arma y caminé hacia el living. Allí estaba: ansioso, nervioso, fumando. Ni siquiera sabría lo que había pasado. Apunté y disparé. Juro que oí dos tiros.
Ví el cuerpo de Victor como se echaba hacia atrás, con la cabeza explotando en sangre y sesos. Ahí quedó: tieso, helado. Muerto. Me empecé a marear. Perdía el conocimiento. Algo me chorreaba en el pecho. Era sangre. Mi sangre. ¡¿Quién me disparó?! Atiné a mirar al frente y la ví. Con el cañon aún humeante, la Jenny me había pegado un tiro.
Caí. Lentamente me fui desvaneciendo. Se acercó a mí y algo trató de decirme. De lo que entendí fue que El Gringo le había pagado para matarme. A cualquier precio. Y lo consiguió la muy perra. Me dejó ahí, a mi suerte. Muriéndome.
Algo me tomó de la mano. No lo podía ver. Estaba oscuro. Solo pude ver un par de ojos encendidos y algo brillar en la oscuridad. Y de a poco me perdí. De lejos oía que alguien repetía hasta el cansancio "el que a hierro mata, a hierro muere".
Horas más tarde llegó la policía al lugar. Tomó muestras, pruebas, fotos. Y la prensa estaba como buitres esperando la carroña, revoloteando por el hotel. Todos querían saber qué paso, pro qué sucedió y quienes eran los pobres tipos muertos en un piso 17 de un edificio del barrio más rico de la ciudad.
En la mañana todo el país lo sabría.
Le había llegado la hora a "La Muerte" como le llamaba la prensa roja. La muerte de La Muerte. Que irónico, ¿no?. ¿Y quién sería ahora el que se llevara a los vivos que les corresponde morir? Nos hemos quedado en una pausa de inmortalidad. Pero, aún con eso, existe también la resurrección.