lunes

Los Números: Tres

("Los Tres Músicos", cuadro de Pablo Picasso)

Tras mi puerta de tres casas
3 tristes tigres
con III miradas perdidas
con tres hambres insaciables
trituraban TRIgo en tríos
con gran tristeza



Tres clavos en mi cuerpo trizado
por los golpes atronadores
por culpa de una trilla nueva
que un trueno trémulamente
trató de traicionar
con una traba tétrica


En un tris me hiciste creer
que en un tercer día sin anuncio
al tratar de transformarte
en trinidad suprema
yo también sería otro



3 veces te he traicionado
(si es que no han sido más)
III he llegado a ser cuando
ella y yo hemos creado algo más
(4-1= 3) ha sido mi número terrible
que destruye algo de los dos
y lo TRIangula.

jueves

Los Números: Dos

("Dos hilanderas", cuadro de José Guerrero)

No hay mucha lógica en que
2 + 2 son cuatro
que a su vez es dos veces dos.

La suma del mundo + yo
es = siempre a dos.

Renegar de otro se resume
en 2 cantos de un gallo
trasnochado x la inminencia
de la profecía autocumplida.

Saberse perdedor
se remite a saber que se ha llegado
en segundo lugar.

Moverse x este mundo
se reduce al constante ejercicio
de 2 piernas y 2 pies
que a veces nos llevan
a ningún lugar.

Amor entre un hombre y una mujer
se hacen una masa
dual
al concierto de dos bocas ávidas.

Género humano se puede simplificar
al punto de reducirlo a 2 personas
que luchan x saberse mejor.

Dos es el número de la elección,
la imitación,
del nacimiento,
del deseo x algo +.

De dos hermanos, nació la envidia.
De dos padres, nace el amor.
De dos peces, hubo multitudes saciadas.
En dos milenios, la humanidad ha crecido.
De dos manos nace el trabajo,
X dos ojos, el aprecio x lo que te rodea,
en dos brazos, la fuerza y el cobijo,
X dos oídos, entra el sonido de tu voz.

De dos, siempre al final habrá
en una unión,
un sólo uno.

Dos simplemente es
un gran uno:
tu y yo
norte y sur
arriba y abajo
izquierda y derecha
bien y mal
blanco y negro
mujer y hombre
agua y fuego
si y no.

Al final, dos no es + que
uno elevado a la enésima potencia.

martes

Los Números: Uno


Que todos seamos uno

y que uno sea el sentimiento.

sintamos en 1 eso que nos vuelve
Uno con el resto del mundo


sin sentir que uno mismo
no es suficiente para crear UNidad.


Dicen que UnO no es ningUNO,
que el pueblo UNido, jamás será vencido,


que la estadística nos ha traducido hoy
en unos cuantos UnOs y ceros.


y no soy 1 número.


Soy energía comprimida
entre huesos, carne, piel y alma.
Soy fruto de una idea,
de un amor entre

uN hombre y UNA mujer.


Soy irrepetible.


Soy único.

lunes

Los Números: Cero



0000 la nada es algo que no existe 00000
00000 ni siquiera en mi cabeza cansada 000000
0000 de pensar en que todo esto 000000
000000 alguna vez fue algo real, tangible, empírico. 0000


000000 cero por cero es la nada. 0000000
0000 la nada misma, lo que no existe: 000
0000000 como es eso que sentí alguna vez 0000
000000 en que miraba tus ojos 000000000
000 y veía el mar azotando en mi cama 0000000
000000 al ritmo de un rito carnal. 00000000


00000 cero problemas. 000000
00000000 cero costos. 000000
000000000000 cero dolor. 0000
00000 cero compasión. 0000000


000000000 nada. 0000000000000
0000000 solo eres eso: 00000
0000 nada. 000000


000 un cero a la izquierda. 000000

Prólogo a Los Números

Desde hoy, inicio una serie de 10 poemas
que lleva por nombre "Los Números".
Al menos, durante estos últimos días de marzo
se publicarán en un formato distinto
a todos los que he escrito antes.
Espero gusten.

miércoles

Sin Título


Por Yilux


El profe dijo: "¿qué pasaría si nuestra realidad fuese distinta?...".
Justo en ese momento, vi pasar un tipo de muy mal aspecto, no por su expresión facial, sino por su ropa: un pobre; mala idea, todo el día he pensado en eso. Y, ¿qué si me diera la tontera y me largara hacia los parajes indómitos? me amarrara un pañuelo en un palo, lo apoyara en mi hombro y saliera a patiperrear.
La libertad más reprimida de todas, la visión expuesta desde su más lejano vértice, nada.
Ser una digna patiperra que se las sabe todas por libro, que nunca en la vida alguien le ha bailado sabroso, que conoce bien la pena, el hambre, el frío y la sed, bueno las dos en realidad. Ese extraño sentimiento no me puede dejar así como así, no, es muy maricón y catete. Me va a dar la wea y de verdad que voy a dejar todo bota’o.
¿No? ¿Si? ¿Qué hago?
¿Me quedo, o me voy a la chucha?
Total debajo de mi cama hay arañas, y hasta hubo un ratón en el depa una vez. Ya conozco lo que es el dolor, la calle no me haría mal. Para nada. Lo que si me molesta un poco es que no podré cargar mi teléfono cada vez que yo quiera.
Nadie se acordara de mi en realidad. Mejor ni llevo teléfono. Nadie va a querer a una hedionda barbúa con gorro de lana y guantes cortados.
¿Tú que decí? No te quedí callá, po'h weon oh, ¡ayúdame!
Si po', si sé que es algo serio, ¡no estoy jugando weona!
Yo jamás agarraría pa'l hueveo a los pobrecitos desamparados que rondan los terminales en las noches pa' poder tener un techito que los acoja en las noches de lluvia, no. Tú erí la perna, si total yo puedo vivir en la calle sola, eso no lo tengo que demostrar; me sobran agallas.
Ya, lo decidí, me voy a la casa de Chillán. Allá voy a poder ser una pobre por unos fines de semana, y cuando llegue seré una mujer nueva. Cerca de la nieve toda la gente es maravillosa y de seguro habrá quien me de de comer, ahora- obvio- que voy a llevar una tarjetita por si las moscas. Si po' niña, ¿qué hago si no hay nadie en las casas que me pueda atender? Voy a ser una digna mendiga. Me voy a comprar zapatillas si, porque voy a caminar harto parece. ¿Me acompañai?
¿No me creís que voy a ser una mujer totalmente libre? Me emociona weona, toy con la adrenalina a full.
De verdad, vamos al mall, compro las tatillas y cuando vuelva hago la maleta y ¡me voy!

martes

Testamento


(continuación)


Nos besamos como desenfrenados. Nos liberamos de ese compromiso de sólo ser amigos esa noche. Nos habíamos retenido tanto el deseo de no volver a sentir una caricia del otro; un beso cálido en los labios del otro. Sentir esa respiración agitada y desesperada para tomar impulso y comerse al otro.

La deseaba.
La deseo.
La desearé siempre.
Sobre su cama; esa cama que se volvió el lugar del punto de no retorno, nos desvestíamos para observarnos con detalle.
Habíamos olvidado cómo era nuestro interior detrás de la ropa. Ese ser que ambos deseábamos volver a ver y poseer esa noche. Ella se soltaba el pelo, mientras yo intentaba desabotonar su blusa carmesí. En la desesperación, ella arrancó de cuajo mis botones de la camisa y vio una cicatriz. Mi cicatriz del pecho. Una puñalada hace muchos años me rasgó el pecho y me dejó el recuerdo permanente de cómo la muerte podía pasar por mi lado. Y con ello, haberme ido antes de decirle adiós.
Ella pasó sus dedos largos y finos por mi herida y me la besó de punta a cabo, mientras, con ímpetu adolescente, intentaba dejar a la vista sus pechos de aureolas rosadas. Besaba sus pechos y hundía con suavidad mis dedos en su espalda. Quería sentirla pegada a los huesos. Sentirla antes de irme, totalmente parte de mí. Ella gemía y empujaba mi cabeza suavemente para que quitara su falda y su ropa interior. Me quería entre sus piernas. Quería que besara su sexo húmedo y en vías de explotar de deseo.
Y así lo hice.
Mientras le besaba su sexo, ella se retorcía y gemía.
Gozaba.
Caricias, besos, lamidas. Todo se hacía con frenesí. Todo se gozaba con desesperación. Con la voz entrecortada, me pedía que estuviera dentro de ella. Quería sentirme dentro de ella. No vacilé ante su petición. También quería sentirla, penetrarla con suavidad y firmeza.
Hacerla, por última vez, sólo mía.
Nuestros cuerpos danzaban un baile desasosegado, infernal, frenético. Nuestros besos y labios se volvían de cera derretida. El aire se llenaba de nuestros gemidos, aromas, sensaciones. Todo el universo se parecía rasgar con nuestras voces silentes.
Y luego, el final.
Un fin donde sentimos que en nuestros orgasmos se nos iba la vida. Nuestro último aliento parecía el último grito antes de expirar por el placer que ambos alcanzamos.
“Me voy, Rosario”, le dije. “Ya lo hiciste, tonto”, me dijo bromeando y acariciando mi pelo.
Nos reímos.
Me sentía satisfecho.
Me sentía libre para poder irme.
Ya no tenía más que hacer allí.
Y nos dormimos. Juntos. Por última vez.

***

Cuando me levanté, Diego no estaba. Creo que durante el sueño, sentí que me besó la frente y unos pasos. No estoy muy segura de ello. Mire mi velador y encontré un sobre y una llave. Estaba algo arrugado. Pero decía con su letra mi nombre en el anverso: “Rosario”.
Lo alcancé y sólo lo guardé, al igual que la llave.
Pasaron los días.
Te habías ido.
Y lloré porque no lo entendía.
Solo mucho después saqué la carta esa tarde y comencé a leerla cuando nadie me veía.
A las dos líneas, supe lo que me faltaría siempre.
Eras tú.

“Querida Rosario:

No te extrañes que haya querido hacer todo esto así. Sabías que me iba. Nunca me quisiste creer. No te culpo. Tu corazón inmenso no estaba acostumbrado a las pérdidas. Lo supe desde el momento en que subí al avión con rumbo a Barcelona. Y por el sentimiento de culpa, quise que fueras tú quien me viera por primera vez después de dos años de ausencia.
Durante el año que estuve a tu lado, aprendí a que lo único que sobrevive a todo evento, es el amor. Siempre supe que tú me amabas y que te costaba soportar el hecho de mi posición a no tener más una relación de pareja. Y que si lo hice, fue para probarme a mi mismo que eso era cierto. También para darme cuenta de que no me dejarías ir.
Me quería ir…”


Te odiaba, Diego. Te odiaba y lloraba de rabia al leer esas palabras. ¡Me habías usado, desgraciado mal parido! Te odiaba porque me habías descifrado siempre el juego y te hacías el imbécil. ¿Para qué? ¡Para que tú, grandísimo hijo de puta, te dieras cuenta de algo que siempre tuviste de mí! ¡Eres un maldito, Diego!
Desesperada, por el juego que me hacía sentir tan imbécil también, intentaba seguir leyendo, para darme cuenta que habías sido un verdadero estúpido y que te habías aprovechado de mi benevolencia y amor sincero.

“Este año ha sido el mejor año de mi vida. No creo que a estas alturas me creas. No lo espero. Asumo que en estos momentos, debes odiarme. Con razón. Si nunca te dije algo; si jamás intenté descubrirme, fue porque quería, en cierta forma, tu odio. Era mi motivo para sentir que pagaba la culpa de no haberme dado cuenta antes de todo.
Ya no me volverás a encontrar. Al menos físicamente. Si te decía que me iba de verdad, para siempre, era porque me iba a morir. En Barcelona me detectaron un cáncer que me iba a matar en cualquier momento. Hace tres años, era del tamaño de una pelota de ping-pong. Inoperable. Hoy, me ha carcomido lo suficiente como para que cualquier golpe insignificante a mi salud me mate.
Yo no quería que me tuvieras tan poco tiempo. Por eso prefería irme. De verdad, para siempre…"


¡Ahora te odio más Diego! ¡Te odio porque no confiaste en mí! ¿Cómo crees que habría reaccionado si lo hubiera sabido antes? Yo te hubiese seguido amando aún postrado y vegetal. Yo hubiese preferido saberlo y sufrir contigo para siempre, a no haberlo sabido y sufrirlo sola. ¡Eres un estúpido, Diego!
¿Qué has ganado con eso, ah? ¡Nada! Sólo ganas dejarme con un tremendo vacío y con un dolor que no podré contener. ¡Hijo de puta! ¡No sé por qué te sigo amando! ¡No sé por qué quiero seguir leyendo esta carta!

“Gracias por cumplir con tu parte del trato. Con esa en que dijimos que sólo seríamos compañeros de ruta. Y gracias por romperlo hoy. Con esta carta, más que despedirme, quisiera dejarte algo. Considéralo como mi última voluntad. Velo como mi testamento de lo que yo quiero dejar, en este mundo que abandono, para ti.
Quiero dejarte mi sueño de haber sido siempre quien era. Contigo nunca dejé de ser quien realmente era. Aún si te engañé todo este año. Aún si te abandoné dos años. Quiero dejarte todos mis recuerdos de una vida feliz contigo. Mi casa, es tu casa ahora. He dispuesto todo tal como tú me lo hiciste saber la primera vez que te llevé allá. He destruido esas cortinas tan feas que no te gustaron por su color. Cambié el sillón por otro para que no suene como lo hacía cuando hacíamos el amor sobre él. Pinté la casa del color que querías y puse la foto de los dos donde querías: en medio del living.
Rompí todos mis ceniceros, para que no te molestara el humo del cigarrillo que rondaba mi casa. Quemé mis revistas porno que tanto te molestaban y regalé a un amigo todas esas películas que tampoco te agradaban, pero que ponía cuando no teníamos qué inventar cuando teníamos sexo.
Hice un lugar para ti en mi lugar. Lo dejé servido para ti. No más pagar arriendo en ese departamento tuyo. No más tener que seguir peleando por un poco más de tiempo para pagar. He hecho para ti una morada. Sé que no es mucho. Sé que no lo compensa. Pero, sé cuanto querías que yo hiciera todo eso. Y lo hice, por amor…"


¿Crees que con eso cambias todo? ¿Crees que era eso lo que necesitaba, Diego? Estuviste equivocado. Yo te quería a ti. Con tus mañas, enojos, tristezas y alegrías. Te quería sin condiciones. ¡Imbécil! ¿Cuál era tu idea de “no querer hacerme sufrir” como dijiste esa noche, ah? Me hiciste sufrir. Me haces sufrir. Me seguirás haciendo sufrir.
Veo todo ahora en tu casa, y todo detalle me recuerda a ti: los olores a tabaco que, aunque quisiste, no se fueron con los ceniceros; el color de mi gusto que me recuerda que tú lo pintaste; el sillón donde tú fuiste mío y yo tuya, una y cien veces. Si estoy en esa casa, más que porque lo pedías, era porque lo necesitaba. No puedo dejarte ir. No siento que te hayas ido. Aún me quema ese beso en la frente… ¿En verdad me lo diste?

“Hasta siempre, mi querida Rosario. Me duele sobremanera tener que despedirme. La muerte me está llamando desde hace rato y ha sido con la única con la que te he engañado. La única que me ha seducido con la misma intensidad que tú y que me desea de igual manera que tú.
No me pude negar a su encanto. Como no me pude negar a tener que besarte esa Navidad y no sentir que ese beso se tornara en esas noches que ambos pasamos amándonos sin control y sin medir el tiempo o las consecuencias; cosa que no ocurrió y que quisiera que ocurriera esta noche.
Quiero que me encantes esta noche. Quiero hacerte mía por última vez. Quiero que sepas que, al contacto de mis labios, yo nunca dejé de amarte y que todos los días de ausencia pensé en que fui un completo estúpido.
Hasta la otra vida, Rosario.
Hasta el momento en que la muerte te cubra con su beso al igual que yo quisiera cubrirte de besos esta noche.

Diego.”


Cumpliste.
Por primera vez, cumpliste. Y no sólo con irte. Sino con desear que yo fuera tuya. Y que tú fueras mío.
Sigues aquí. Dentro mío.
Dentro mío.
Porque ahora, que te has ido, lo único que verdaderamente me has dejado es la tristeza de no verte más. Y también la alegría de saber que seguirás en este mundo.
En tu hijo.
Tú no te has ido.
Sigues estando dentro de mí.
Y quería que lo supieras. Aún sin verme, sin saber si me oyes, te alegras o sientes pena.
Estés donde estés, espero sepas esto: yo aún te amo.
Y tu testamento, es el hijo que espero.
Tu hijo.