martes

Necesidad

("Los amantes" - cuadro de René Magritte)



Deja desmigajar tu cuerpo
pedazo por pedazo
morderlo de a poco
y consumirlo lentamente

Deja probar el sabor
de tu cuerpo
con mi lengua ávida
y mi paladar dispuesto
para desmenuzarlo
con mis dientes filosos

Deja que tu cuerpo
se deshaga lentamente en mi boca
al ritmo de mis dentelladas
que cortan tus labios
y destrozan tu aire
demoliendo tus gemidos

Deja que tu ser
sea mi alimento
y sustrato de mi cuerpo,
un cuerpo menesteroso
un cuerpo que desfallece
de hambre y sed

Deja que tu cuerpo
se un bocado exquisito
y déjame gustar de ti
con la intensidad
del sediento
y del moribundo

miércoles

Acto de Fe

("Leap into the Void" {"Salto al Vacío"}- Fotografía de Yves Klein)





Si volviera
sobre mis pasos
una voz me diría:
volverás a caminar
para encontrar la derrota

Si volviera
a andar sobre las huellas
que dejé al pisar
un susurro escribiría:
la historia del infortunio
te perseguirá siempre

Si volviera
sobre ellos
sólo volvería a ver
las historias
que no debería olvidar,
las amargas lágrimas
secas sobre mi rostro,
las arrugas de mi sonrisa,
el pozo oscuro
de mis pupilas sorprendidas

Y si volviera
a nacer
desearia ardientemente
volver a cometer
una y otra vez
los errores
los fracasos
las alegrias
las penas
los planes fallidos
y las cosas inesperadas

Con arrojo
estaría dispuesto
a estar de pie en lo alto
sostenido de mis minutos vividos
mis horas desdichadas
mis días grises
mis meses y años perdidos
para contar mis cuentos
que se han vaciado
y disuelto en colores
extendidos en un lienzo
que ha sido
mancillado
roto
quebrado
y parchado

Ya no estaría arrepentido
de haber hecho
de haber dicho
de haber sentido
de haber pensado
de haber omitido
de haber obrado
lo que debia
cuando no debí
y viceversa

Y el mundo;
a él no temeré

Ni a la muerte
al escarnio
del cuerpo y el alma
a la burla
al desprecio
a la discriminación
al abuso
o a la vergüenza

Seré libre

lunes

Los amantes

("Los amantes", óleo sobre lienzo de Mark Chagall)




Aquella frase me rebota en la cabeza una y otra vez.

Aquellas palabras dejan su huella profunda en mis recuerdos. Es la cicatríz de la memoria; la cicatríz de los años; la marca de tu recuerdo. Esa maldita marca que sellaste con ese beso furtivo, entre el humo y la cerveza que se enturbiaba en mi mano.
Ese beso aún me quema los labios y me dejó sin otra sensibilidad más que la de tu boca. Y esas palabras que dijiste sin sentir eso que llaman pudor, vergüenza o escrúpulos al estar tendidos en la cama, desnudos y sudorosos; con los cabellos y el cerebro revueltos; empalagados de placer carnal, animal, pasional, me persiguen como mi sombra.
Fue el oráculo más certero y conciente que he consultado.
Fue la verdad de un tiempo y la fatalidad de otro.
Desde aquellas terribles y veraces palabras, mi mundo y el tuyo se cruzaron con miradas furtivas, gemidos acallados, reuniones secretas con sexo desmedido e incendiario, temblores orgásmicos y cigarrillos apilados en un cenicero que no daba abasto.
Aún recuerdo cómo me lo dijiste. Aún las recuerdo zumbando en el aire enrarecido y humedo de mi habitación. Por un momento me imaginé muerte y resucitado. Tu boca en mi oido ayudó a que quedaran soldadas en mi cerebro.
Al sentir mis oidos vibrar con el ritmo pausado del sonido de tus palabras, me fuí y nos fuimos internando cada vez más en ese juego, esa arma de doble filo que se llama infidelidad.
En ese momento, la culpa o la sensación de estar haciendo algo prohibido no importaba nada. Sólo era importante aquello que decías; aquellas palabras enormes y avasalladoras que no tenían aristas o imperfecciones. Era la verdad cruda y sincera. Y sobre estas palabras se sostuvo nuestra historia hasta que fuimos descubiertos, expuestos ante el crudo juicio de los que nos rodeaban.
No me arrepiento.
No me arrepiento de haberte deseado todas esas veces; de haber tenido sexo contigo o de haber vivido una mentira.
No.
No lo haré.
No lo haré aún cuando en la soledad de mi cama, que se hace enorme sin tu cuerpo de hetaíra y curvas de guitarra, de la cual yo sacaba las mejores y más armoniosas notas, tus palabras me persigan como pesadillas de niño. Me persiguen, gigantes y luminosas, por el techo de mi pieza. Y con su voz más terrible y sonora me gritan al unísono: "Desde que nos besamos, supe que estábamos destinados a ser amantes...".
Amantes.
"Amantes". Esa palabra me resuena una y otra vez, como mantra maldito y gozoso. Todo a la vez.
Amantes. Lo que fuimos y que ahora, sin tí, no tiene sentido ni razón de ser.
Ya no existes y yo, que existo, no puedo ni podré jamás volver a ser tu amante o el de alguien más.
He dejado de ser, como la noche sucede al día. Aún así, volveré. Y volveré a sucumbir.
Sucumbir ante el deseo, el beso, el sexo furtivo y secreto, el humo, la cerveza, el cigarrillo, tus palabras, el destino.
Volveré a sucumbir ante la verdad que bajo un sol de octubre; un sol quemante y sólido, plantaste en mis oidos y mi boca.