domingo

Con el correr de la hora

("La persistencia del tiempo", cuadro de Salvador Dalí)



Extraño aquel segundo

donde tu boca alunizó en la mía
y clavó su bandera para desterrar

al enemigo de mi corazón



Extraño aquel minuto
en que ese abrazo nuestro
se fundió en la vereda
y dejó marcada nuestras
siluetas


Extraño aquel cuarto de hora
en que te esperé en el andén
y escuchaba la música silente
de tus pasos atrasados

y de mi corazón
entusiasta


Extraño aquella media hora
en que te fuiste
con mi beso sellado
en tus labios
para no olvidar
que me iba contigo



Extraño los cuarenta y cinco minutos

que te hablé al teléfono
para decirte dos palabras:

te quiero


Extraño la hora, los dias, los meses
en que nos amabamos en silencio
con besos, caricias, gemidos y sudor
en que tú y yo mandabamos
a encerrar al sol y la luna
para desearnos bajo
la sábana estrellada

martes

La creación de mi universo (o Teoría de mi Big Bang)

("La creación", cuadro de Eduardo Naranjo)





En el comienzo, nunca fuiste mi primera opción. Ni siquiera fuiste el Verbo.
Nada de fiat lux y aguas separadas de la tierra; nada de día o noche.
Eras algo indescriptible que revoloteaba cual espíritu santo sobre la calamidad de mi creación mental.

En el comienzo, nunca te pensé como parte de mi mundo.

No estabas entre los animales fantásticos de mi Edén que no morían jamás,
pues estaban hechos de la idea eterna de un par de chispazos neuronales.
Eras un ser sin sexo, sin materia, sin vida, sin estructura.
No eras macho ni eras hembra.
No te había dicho que crecieras y te multiplicaras por docenas, como supermercado o mall.

No, no estabas en mis planes.

En el comienzo, estaba yo. Y yo estaba solo.
Y era feliz estando solo, salvándome de mi dolor en mi soledad.
Y era un solitario rector de mi creación.
Nombraba todo lo que mi mano creó como de mi obra.
Mi Eliseo, mi Jardín de las Hespérides. Era mío y no dejé entrar a nadie.

Hasta que me vi a mi mismo en tus ojos en el reflejo del agua de mi fuente.

Vi tu boca besarme; tus manos tocarme; tu cuerpo poseyendo el mío; tu alma sanando la mía.
Y te arranqué de mí, de mis ideas, del hueso de mi costado sangrante y sin suturar y te cree.
Porque me vi solo y quise redimirme por tu carne y por tus besos. Quise alcanzar la salvación por tu esperanza en mí.
Y te hice de mi esencia.
Porque eres carne de mi carne y sangre de mi sangre en verdad.

Y así llegó el séptimo día.

miércoles

La muerte de la Muerte

("Death in the Cemetery - La muerte en el cementerio", fotografía de Graciela Iturbide)


(Final)

El lugar del Mingo está en pleno centro.

Si uno lo mira desde afuera, es la típica tienda de antigüedades llena de objetos viejos, olvidados y que algunos snobs y cuicos les dan valor de piezas de arte. Algunas son una misma mierda.
Mingo me ha regalado algunas cosas -a elección mía, claro- pero nunca un arma. Jamás.

¿La tienes?- le pregunto con algo de ansiedad.
Aquí está, tranquilo – dijo con voz sosegada.
Muy bien. Buen peso, equilibrada. Y con silenciador – digo mirando el arma.
Tal como la pediste – dijo con orgullo velado.
Toma. Aquí está el pago –le dije pasándole un fajo de billetes.
No te preocupes. Solo quiero que me la regreses – dijo, rechazando mi pago.
De acuerdo –le respondí sin chistar.

Y me fui.

Subí de nuevo al auto y me fui al hotel.
Tome la avenida principal y me dirigí al este, hacia el barrio alto.
Jenny atendía al típico empresario más o menos conocido.
Es una tipa con un cuerpazo: morena, cabello oscuro, hermosa figura. Una pantera.
Más de alguna vez había pasado malos ratos con tipos pasados para la punta o que simplemente no pagaban. Peor se ponía la cosa cuando se trataba de droga: en una redada de la policía, la pillaron con unas dosis, drogada hasta las masas y encamada con un conocido empresario bastante poderoso, tan drogado como ella. Lo que salió en prensa fue que la habían detenido por porte de estupefacientes y microtráfico y del gil, nunca se supo nada. Tiene que haber pagado a los policías algún soborno. Y sus buenas platas a los diarios.
Si no digo yo: al rico, la plata y el poder lo salvan.

Frente al hotel me esperaba.
Su vestido negro y escotado, fino y ceñido, parecía pintado al cuerpo. Puntuales, como corresponde para el oficio.
Ella y yo sabemos que el tiempo es vital.
La saludé, y al acercarme, no pude evitar sentirme algo embriagado por su aroma. En silencio nos dirigimos a la habitación.
Piso 13, 14, 15, 16... Llegamos.
En el ascensor, la miraba y pensé que, si ella dejara esa mierda de cocaína, tal vez -solo tal vez- sería mucho mejor y -para cualquiera- una buena mujer. Pero, sin eso, su espíritu no sería el mismo y ella no sería así de completa. Eso de la autodestrucción hace que sea independiente en todo -de su vida y muerte-; algo que muchos de los muertos no han tenido.

Me hace pasar a la habitación. es cómoda, íntima y con una buena vista a la ciudad.

¿Te sirves algo, Vinko? –dijo con un tono algo descuidado.
Un whisky, con hielo –dije al voleo.
¿Algo más? –preguntó.
No. Solo eso –le respondí.

Del bar trae un whisky y para ella, un vodka tonic.
Se sienta frente a mí y yo, con algo de impaciencia –algo no muy común en mí- prendo un cigarrillo.

Y... ¿Los traes? -preguntó ansiosa.
Como corresponde. Aquí los tienes –y se los pasé-. No los cuentes. No seas mal educada ni desconfíes de mí –le dije, señalándole mi molestia.
De acuerdo... Pero, ¿por qué vas a matar a Víctor?- me decía mientras miraba la plata.
Soplón. Y por maricón –dije escuetamente.
No es de mi incumbencia saber cómo sucedió. Pero, para que hagas esto por tu cuenta, es grave –señaló algo sorprendida de que tomara el asunto así de personal.
Ni lo digas... ¿Y qué te dijo él? –le dije, interrogándola.
Yo quise que me contara, pero estaba cagado de miedo. Sólo me pidió que no lo entregara y que si podía esconderlo unos días –dijo sin dar mucho detalle.
Perfecto –dije dando un aplauso. ¿A qué hora estará aquí? –le dije.
A ver...-dijo mirando el reloj- son las siete. A las diez y media estará aquí –me respondió mirándome con ojos de “tengo un plan”.
Mientras tanto, ¿habrá algo que hacer, no? –le dije, adivinando lo que pensaba.
¿Y qué tienes en mente? –lanzó.

Me levanté y me acerqué a ella.
La miré a los ojos y acaricié su piel con la punta de los dedos y también su rostro, cuello, pechos y su vientre. La acerqué a mí y abracé para besarla.
La ropa en pocos segundos quedó en el suelo.
Ella y yo, hacíamos el amor en el piso de la habitación.
Mi boca besaba la suya; mis manos se trataban de fundir con su piel y el sudor de los cuerpos nos hacía resbalar.
Hacía que el deseo fuese en franca alza.
A cada embiste, gemíamos; con cada beso se nos iba el aliento y nos gastábamos de tanto tocarnos. Con todo ese ajetreo, la hora avanzaba y yo me olvidaba de Víctor me había cagado y que El Gringo me buscaba para despacharme.
¡Qué me importa eso ahora!
Eran las diez y cuarto.
Ella rápidamente se vestía y yo, a duras penas y satisfecho, me trataba de poner la camisa y abotonarla para irme a esconder.

Trata de actuar normal –le dije encarecidamente.
¡Déjame hacer mi pega, hombre! –dijo retándome.
Yo sólo quiero que nada salga mal. Si no, se va todo a la cresta –le pedí.
Tranquilito... –y me besó- Si todo va a estar bien –dijo, tomándome una mejilla.

Diez y treinta. Hora final.
Y Víctor que no aparece.
Me estoy impacientando.
Dos, tres, cuatro minutos. No llega.
¡No llega el hijo de puta!
¿Sabrá que estoy aquí? No creo.
No me imagino a ella traicionándome.
Bueno, en estos momentos, cualquiera está en posición de cagarme. Debo dejar de ponerme paranoico.
Yo sé que la Jenny no me va a cagar. La conozco.

Pasó un momento y sentí ruido.
Voces. Alguien conversa.
Lo puedo sentir ahí, en el living.
Es ese cabrón que me echó al agua con El Gringo.
Víctor había llegado. Atrasado como siempre.

Casi no escuchaba la conversación.

¿Cómo estas? –le dijo ella.
Pregunta estúpida. ¿Cómo crees que estoy, ah? Como la chucha. Vinko me quiere matar –respondió ofuscado.
Pero, ¿por qué? –le interrogó.
¿Por qué? Lo cagué. Le conté al gringo que el Vinko lo había cagado con una plata de uno de los "encargos" que le pidió. Fueron como dos millones... de los verdes –dijo con algo de temblor en sus labios y manos.
¿Con dólares? ¡Chucha, eso es plata! –dijo asombrada.
Y según el Vinko, se habían perdido cuando puso la bomba –le resaltó eso con algo de malicia.
¿Y por qué le contaste al Gringo? ¿No hizo algún trato contigo él? –siguió preguntando.
Ninguno. Con raja me dio un par de lucas -le respondió molesto.
Pero igual, es tu amigo... o lo era –le dijo.
Nunca lo fue. Me salvó de varias pero siempre me trató como basura. Que Víctor haz esto, que llames a tal... No fue más que un negrero –respondió secamente
Pero, aquí estás un poco mejor. Relájate. ¿Quieres algo de tomar? –le dijo.
Bueno. Dame un vodka. Solo –dijo sin mucho ánimo.
¿Con hielo? –volvió a preguntar.
Dos, por favor

Era la señal.
Era mi momento de hacer justicia o tener mi venganza.
Salí de mi rincón y pensé en todo lo que dijo y en parte le encontré razón.
¿Me estaré arrepintiendo? Ni cagando.
Nadie me ve la cara sin recibir lo que merece. Menos este concha de su madre después de todo lo que confié en él.
No. El debía morir.
Cargué el arma y caminé hacia el living.
Allí estaba: ansioso, nervioso, fumando. Ni siquiera sabría lo que había pasado. Apunté y disparé. Juro que oí dos tiros.
Vi el cuerpo de Víctor como se echaba hacia atrás, con la cabeza explotando en sangre y sesos.
Ahí quedó: tieso, helado.
Muerto.
Me empecé a marear. Perdía el conocimiento. Algo me chorreaba en el pecho.
Era sangre. Mi sangre.
¡¿Quién me disparó?! Atiné a mirar al frente y la vi. Con el cañón aún humeante, la Jenny me había pegado un tiro.
Caí. Lentamente me fui desvaneciendo. Se acercó a mí y algo trató de decirme. Lo que entendí fue que El Gringo le había pagado para matarme. A cualquier precio.
Y lo consiguió la muy perra.
Me dejó ahí, a mi suerte. Muriéndome.
Algo me tomó de la mano. No lo podía ver. Estaba oscuro. Solo pude ver un par de ojos encendidos y algo brillar en la oscuridad. Y de a poco me perdí.
De lejos oía que alguien repetía hasta el hastío: "el que a hierro mata, a hierro muere".
Horas más tarde llegó la policía al lugar. Tomó muestras, pruebas, fotos. Y la prensa roja estaba como buitre esperando la carroña, revoloteando por el hotel. Todos querían saber qué paso, por qué sucedió y quienes eran los pobres tipos muertos en un piso 17 de un edificio del barrio más rico de la ciudad.
En la mañana todo el país lo sabría.
Había llegado la hora de "La Muerte" como me llamaba la prensa roja.
La muerte de La Muerte.
Que irónico, ¿no?
¿Y quién será ahora el que se llevará a los vivos que les corresponde morir?
Nos hemos quedado en una pausa de inmortalidad.
Pero, aún existe la resurrección.

martes

La muerte de la Muerte

("La rosa que va a morir...", fotografia de Emil Schildt)



(continuación)




Mientras voy a más de 100 por la autopista, pienso en que mis días están contados y que el reloj está empezando a correr hacia atrás, alejándose de mí. Pero, ese pensamiento se puede ir a la mierda. Muchas veces quisieron traicionarme. Y todas esas veces me salvé. Luego, iba a buscar a esos hijos de puta cuando creyeron que me habían detenido.

“¡Ja!” decía cada vez que veía sus caras impávidas y blancas, sus pantalones meados y cagados cuando el tiro que les daba, atravezaba su cráneo, pecho o espalda si es que el hijo de puta me veía y corría a salvar su patética existencia, en un intento por encontrar algún resguardo.

“¡Ja!” les decía cuando miraba sus ojos desorbitados, su boca desencajada y la sangre salpicada en la ropa y chorreando en un hilo fino por la comisura de los labios.

“¡Ja!” era lo último que oyeron antes de que el metal de la bala les traspasara el cuerpo.

No, no iba a ser hoy el día en que un conchesumadre como Víctor lograra lo que muchos quisieron y no consiguieron: eliminarme. Antes de eso, tenía en mente cargarme a muchos conmigo para llevarlos al infierno. Solo no me iría.

No si llegan a cagarme.

El auto sigue su rauda marcha y el viento entrante por la ventana en algo ayudaba a mantener los nervios calmos y la mente solícita. El reloj seguía corriendo hacia atrás. Se empezaba a abrir el camino que te lleva al momento en que una bala podía salvarme la vida para ver una mañana nueva o hacer famoso al desgraciado que le pusiera fin a mi “carrera”.

Mal que mal, ya llevo años en esto. Ya la gente me conoce como “La Muerte”: tarde o temprano encuentro al pobre infeliz y lo mando al cementerio o lo hago desaparecer. Nunca nadie se dio por salvado una vez que mis “servicios” eran requeridos. Mis métodos eran prolijos. Los detalles cuentan. Nada podía ser producto del azar. Se planeaba todo: seguimientos de día y noche, fotografías, estudio de movimientos, etc. No les perdía el rastro. No les daba ni un segundo de calma o centímetro de ventaja sobre mi. Los volvía locos. Pero el detalle de mi trabajo está en lo siguiente: antes de que mueran, tienen un último momento, donde pueden comprender que es imposible huir. La resignación los entregaba a mí.

Al ver mi mano empuñar el arma y apretar el gatillo, sólo podían resignarse. Y los más estúpidos, pensaron en huir y darle una vuelta de mano a lo planificado. “¡Pam!” sonaba mi arma al atravesar al pobre ser.

Qué curioso. No había pensado en que un monosílabo podía marcar el final de los días de alguien.

“¡Pam!”. Fin.

Ya han pasado quince años desde que entré en el negocio de la muerte por encargo. No vale la pena contar la cantidad de tipos que mandé a congelar a la morgue o que jamás serían encontrados. No alcanza el tiempo. Ni para contarlos ni para redimirme, aunque quisiera.

Redención. No la necesito.

Si, el Infierno –con mayúsculas- era ya mi lugar donde iba a ser enviado una vez que colgara los botines. Despues de haber disparado, acuchillado, estrangulado, quemado, torturado y haber desparecido a tanto imbécil, no era muy dificil imaginarlo. Es como el dos más dos. Una cosa de lógica.

Ya no me arrepiento de algo que hice -y que lo hice con gusto unas y por necesidad en otras-. El perdón no existe en mi diccionario. Asumo el bulto.

Mi alma ya no es mía. La mandé al infierno junto con todos esos que maté. Y lo tengo merecido: no soy un santo ni menos un buen tipo. Soy un asesino, carajo. Matar o morir es la regla.

Y no va ser ese traidor Víctor quien me joda. Yo lo jodo primero.

miércoles

La muerte de la Muerte

("La muerte de Marat", cuadro de Jacques Louis David)


Despierto entumido y sobre mi cama.
El sol me da en la cara.
Ni con eso se me pasa el frío o el dolor de cabeza. Pero, por alguna extraña razón me sentí aliviado. Me había sacado un peso de encima anoche. El alcohol fue algo que me dejó más suelto. Así inhibo al remordimiento.
Se que soy un profesional, pero sigo siendo humano. Cada vez que hago mi trabajo, espero que el pobre imbécil no tenga que sufrir mucho. Pienso que, si he de morir (y eso es algo que si suele suceder mucho en este rubro), espero algo rápido y sin mucha parafernalia. Por lo menos eso concedo a los que han caido bajo mi mano.
Me pongo la bata y voy al baño.
Soy un desastre: la boca un tanto hinchada, el pómulo cortado y pintas de sangre en la cara.
Me desvisto y a la ducha.
Se siente bien como el agua cae. Relaja.
Limpia lo exterior, y por dentro, ni la sombra.
Cargar con ese quehacer, es más que un trabajo: es un divertimiento macabro.
Quiero un whisky. Y un cigarro.
Me sirvo un vaso y prendo un cigarro. Voy a la terraza. El día es azul.
Azul como el blues y negro como el abrazo de la muerte.
Alguien llama por teléfono.
Suena una, dos, tres veces.
A estas horas no recibo llamadas, menos a este número.

Con cierta desconfianza levanté el auricular:

- ¿Aló?- respondí.
- Vinko, ¿eres tu?- dijo la voz al otro lado del auricular.
- ¿Quién más? Eres muy estúpido- le dije.
- Los jefes están complacidos. Buen trabajo- dijo con falsa adulación.
- Nada de adulaciones, Victor. ¿Qué carajo quieres?
- Alguien quiere matarte - lanzó secamente.
- ¡¿Qué?!
- Tal cual, viejo. El Gringo averiguó que lo habías cagado- respondió.
- ¿Y quién te dijo que eso era verdad?- devolví para ver la verdad.
- Eh... este... yo... -balbuceó.
- Estás muerto, Victor.

Y colgué.

¡Hijo de puta!
¡El muy hijo de puta me cagó!
Menos mal que no sabe donde vivo.
Si hay algo que he aprendido en los años de asesino es que nunca, pero nunca confíes en todos. Menos en una mujer.
Debía hacer algo.
Rápido.
Debía llegar a Victor antes que el gringo. Si no, era hombre muerto.
¿Cómo lo cago?
¿Cómo lo mato?
Ya lo tengo: la Jenny me va a ayudar.
Sabía que le faltaba plata. Además la droga la tiene hundida en una adicción que la iba a matar. Pero, no soy tan cabrón como para pedirle que lo matara por plata.
Quería que me lo tuviera listo para mí. El muy chucha de su madre me la iba a pagar. Tomé el teléfono y marqué:


- ¿Jenny?- le hablé.
- ¡Vinko!- dijo con su vocecilla rasposa.
- Necesito un favor. Ubícame a Victor, pero que no sepa que lo busco. Tengo que despacharlo -le dije con prisa.
- ¿Por qué? Será muy jodido, pero no es tan malo- dijo intercediendo por él.
- ¿Te parece si te doy dos palos?-le ofrecí.
- ¡¿Qué?! ¿Dos palos? Vinko, yo... -me respondió titubeando.
- No te estoy pidiendo que lo mates, sino que me lo retengas...-le expliqué. ¿Tenemos un trato?
- ¿Cuándo me das la plata?- respondió rapidamente.
- En el momento. En efectivo -le señalé.
- Dame una hora -me dijo.
- Una hora.

Y corté.

Ahora, lo que viene es cómo voy a hacer desaparecer al Gringo.
Este tipo era más duro, con más poder y más gente que lo cuida.
El tiempo está en mi contra.
Me serví otro whisky y volví a prender un cigarro.
Bebí lento y fumé con calma. Y deseo follar.
Se que puede ser el último trago, pucho o polvo. Me gustan las mujeres. Bastante. Por eso desconfío de ellas.
Tenía que conseguir un arma. La mía hacía tiempo que la tuve que vender y la última que usé, fue a parar a las manos de un viejo amigo.

Marqué un número. Llame a mi "proveedor":

- Mingo, ¿estás?- le dije con rapidez.
- Vinko, qué sorpresa- me respondío con su típica voz sonriente.
- Chuma, necesito una pieza ahora- le pedí con avidez.
- Ven a elegirla- me respondió.
- No tengo tiempo. Tenme preparada alguna, con un silenciador. No estoy de ánimos de armar escándalos- le especifiqué.
- Como quieras. En un rato te la tengo- finalizó.
- En un momento voy. Adiós.

Tomé las llaves de mi auto y me fuí a donde el Mingo.
Al Mingo lo conocí en Miami hace unos años, cuando por encargo, me mandaron a un "encargo". Le vendía armas a los dealers y yonkies de por allá y por casualidad me topé con él. Mi hermano tenía razón en decir que "en cualquier parte había un chileno".
Él me obsequió esa vez, una buena pieza. Y con ella mandé a varios indeseables al cementerio.

Suena mi celular. Es ella.

- ¿Y?- le pregunté con voz ansiosa.
- Lo tengo listo. Esta noche, en el hotel donde atiendo- respondió ella con rapidez.
- En una hora más estaré allí. No faltes- sentencié.
- Está bien- me dijo.

Voy a más de 100 km/hr. El relój corre y odio ser impuntual.
La autopista está a medio llenar. A mí no más se me ocurre venirme a esta hora por aquí.

Debo llegar.
Debo salvar el pellejo.
Debo matar a ese hijo de puta.

lunes

Y te esperé hasta las seis

("Esperando", fotografía de Pedro Uhart)


(continuación)

Lo que decía era:

Amigo: hay veces en que esperamos tanto a la felicidad, que la felicidad que tanto anhelamos, nos espera sin que nosotros nos demos cuenta. Si no me cree, fíjese en la mujer de la barra. Ella, al igual que usted espera a su felicidad, pero no se da cuenta que su felicidad está esperándola a ella...

Llamé al mesero, y le dije que me trajera la cuenta. En ese tiempo, tome un trozo de papel y escribí algo. Al llegar el mesero, pagué la cuenta y le dije se podía entregarle el mensaje a la mujer de la barra. Y me fui. Y la esperé hasta las seis.

El mesero hizo lo que le pedí y hasta las manos de ella llegó el mensaje. Mientras lo leía, yo caminaba en dirección a mi casa.
El papel decía más o menos así:

“Nunca dejamos de estar solos. A pesar de esperar, y esperar por quien puede brindarnos ese anhelo de alegría y afecto que nunca llega, hay otros, que sin que uno lo sepa, nos brindan eso que esperamos, pero que hay que tener los ojos muy abiertos para verlos. Ese es el encanto de encontrar a quien nos quiere...”

Adjunté con el mensaje mi nombre y un número de teléfono donde podría llamarme.
Y me fui.
Iba pensando, en silencio, con la cabeza gacha: ¿realmente había hecho bien? ¿Qué pensará: que soy un atrevido, o un loco delirante?
Para ser franco, esta aventura me hace dudar mucho. Pero miraba a todos lados y veía cómo la gente pasa desapercibiendo lo que realmente le hace feliz, lo que realmente está esperando. Pasé a comprar un diario y luego dirigí mis pasos a una casa que me esperaba sola, amable y en silencio.
Ya eran las siete y media.

Al llegar, fui al contestador y me encontré con dos mensajes.
Uno era de quien yo había estado esperando. Decía que la disculpara por no llegar, que si quería nos viéramos en ese mismo lugar y una serie de cosas.
Luego, pasé al otro mensaje y era de la mujer que estaba en la barra. Su mensaje decía:

“Nadie más que alguien que sufre conoce lo difícil que es sufrir por algo que no llega. Pero hoy abrí mis ojos y me atreví a ver para encontrar a ese alguien que me quiera. Te esperaré en el café donde estábamos la próxima semana a las seis”.

Pasó la semana y llegó el día. Y con toda la emoción y el nerviosismo, te esperé hasta la seis.
Y llegaste.

viernes

Y te esperé hasta las seis

("Esperando", Óleo sobre lienzo de Luis “El Estudiante” Rodríguez)


Voy caminando sólo por la vereda.
Son las cinco y cuarto y siento que el corazón se me agita.
Hace mucho que no la veo y hoy sucederá algo que espero hace mucho tiempo.
Me recordaba a mí mismo las veces que intenté encontrarme con ella y que terminaron en sendos fracasos. Hoy sentía que sería especial.

Cinco y veinticinco.
Llego al lugar de reunión: un café de un barrio donde se combina la modernidad con el aire decimonónico; el lugar más chic del arte contemporáneo, con el típico almacén de la esquina, atendido por el “tío” o la “señora” que te hace el descuento o te da de “yapa”.
Se acerca el mesero, y me dice qué deseo. “Un café, por favor” digo casi sin mirarlo. Se retira y tomo de mi bolsillo un cigarro, un tanto a mal traer, doblado y arrugado; y lo prendo con el encendedor de un señor de la mesa de al lado.Y me puse a esperar.
Se suponía que llegaba a las cinco con cuarenta y cinco. Como llegué más temprano, comencé a mirar a la gente que allí se reunía y no sé porqué sentí curiosidad por oír las conversaciones que allí se daban.

Cerca de los grandes ventanales había una pareja, muy joven, de no más de treinta años que conversaba y que se notaba que tenían una expresión en sus rostros un tanto fúnebre. En el rostro de él, se veía la tristeza; en el de ella una seria, pero un tanto dubitativa, mirada. Como no podía oírlos desde donde estaba, me imaginé que ésta era la conversación:


-Te tengo algo que contar.

-¿Qué pasó? Te noto extraña.
-La verdad es que he tomado una decisión.
-¿De qué se trata?
-Es que... ya no puedo continuar.
-¿Continuar? ¿A qué te refieres?
-Mira, lo que te estoy diciendo es que... se acabó el amor.


En ese momento, llegó el café. “Aquí tiene”, me dijo el mesero, sin ponerme mucha atención. Le dí las gracias, y bebí el primer sorbo. Me había devuelto a mi realidad.

Ya eran casi las cinco y cuarenta me entretenía imaginando las conversaciones de la gente que allí estaba.
En el otro extremo del café, había un señor, de unos cuarenta y tantos con una joven de no más de 21 años. Ella se notaba algo incómoda, pero coqueta; y él, en su papel de galán maduro, desplegaba sus dotes de conquistador. Hice el mismo ejercicio que realicé con la pareja que estaba cerca de los grandes ventanales:

-¿Te gusta el lugar?
-No sé... es que... igual es lindo.
-Bueno, te tengo un regalo.
-¿Qué es? Dime, ¿ya?
-Bueno, pero, cierra los ojos.
-Ya...


En eso, él de su bolsillo, saca una caja aterciopelada, color azul profundo y la abre. Ella la miró y sus ojos brillaron como cristales. Lo primero que hizo fue dar un finísimo grito de júbilo, acercar la caja a su cuerpo y tomar al sujeto para darle un beso con una pasión que a todos quienes estábamos allí nos sorprendió un poco.

Cinco y cincuenta y ya me impacientaba.
No por el hecho de que existía una presunción de atraso, sino de que me iba a suceder lo mismo de las otras ocasiones. Llamé a su celular, pero no contestaba. Así, mi café se había vuelto tibio y mi cigarro se había acabado. De mi maletín saqué una cajetilla que guardaba y la abrí para volver a fumar. Volví a molestar al señor de la mesa del lado, para pedirle fuego para encenderlo. Él, un señor de unos cincuenta y fracción, mientras me daba fuego, me dijo:


-Lo noto nervioso, señor.
-Si, es que... no debería decirle. Y pensé: "¿qué se ha imaginado este tipo?".
-Vamos, dígame -habló con voz ansiosa.
-Bueno... tengo... más bien, estoy esperando a alguien -dije sin mucho tiempo para pensar en una buena respuesta que lo ahuyentara.
-¿Su esposa? -disparó.
-No, no. Para nada. Una vieja amiga -le dije secamente.
-Para ser una amiga de tanto tiempo, no debería estar así -me dijo, levantando las cejas.
-Es que... no creo que me entienda -le respondí sin querer decir mucho.
-Ya tengo muchos años encima. Haga la prueba -me dijo sonriendo.
-Está bien... -y respiré profundamente-: Hace mucho que nos habíamos puesto de acuerdo para vernos, pero parece que va a ser igual que todas las anteriores.
-¿No me diga que lo ha dejado plantado más de una vez? -dijo con sus ojos muy abiertos.
-Lamentablemente, sí - le respondí con vergüenza y mirando hacia mi taza vacía.
-Bueno, pero no se preocupe más. ¿Ve a esa mujer que está cerca de la barra? - Y me hizo el ademán con su rostro para que volteara.

De hecho, había una mujer, que estaba en la barra, desde más tiempo que yo en el café.
Era delgada, de piel tostada y ojos cafés. Todo eso acompañado de un traje muy elegante y con un sombrero de ala, color negro.
Se notaba ansiosa y preocupada cuando yo llegué al café.
No reparé en ese detalle hasta que el viejo me lo dijo.
Mientras la miraba, el viejo se había levantado de la mesa e ido del café sin que me diese cuenta, dejando el pago de su consumo, una propina y un papel que decía “Para el joven de la mesa del lado”.

Cinco y cincuenta y cinco. Tomé el papel, lo abrí y lo leí.




Lea también, nuevo: Diálogo Nº24

jueves

Abrazo

(El Abrazo, oleo sobre tela de María Clara Rossi)



Te miré y me pregunté: ¿Estoy seguro de lo que haré?

No había nada que impidiera el poder decirte lo que tenía atragantado.
Me acerqué a tu oído, tratando de que el ruido del local no ahogara el sonido de mi voz. Alcé la voz, tratando de que no se te rompiera el tímpano, para decirte con la mayor claridad: "Me gustas".
Silencio.
Silencio duro, como un golpe en el mentón.
Duro, cosquilleante y expansivo.
Pero hubo algo que no preví antes y que se hizo potencia al momento en que abriste la boca: "¿Y, desde cuando?".
"Desde que te vi", te respondí. "No dije nada, porque no eres libre para que yo pueda hacer de ti, una parte de mí".
Te abracé.
Y quise que la muerte me llevara en ese momento; que el tiempo se detuviera como una fotografía eterna de ese momento.

viernes

Yo confieso*

("Otelo y Desdémona (Boceto)", cuadro de Antonio Muñoz Degraín)


No se si debí.
A lo mejor me dejé llevar. Si, eso: me dejé llevar.
Pero, lo hice de todos modos. Hacerlo no me hizo sentir mejor. Se sintió bien al comienzo. Fluir mi adrenalina por mi cuerpo; sentir mis músculos ponerse tensos, rígidos, pétreos. No pensé. Solo actué.
No sentí, no ví, no oí.
Me volví ciego al clamor de sus labios. No existía.
Me hice el sordo.
No dije nada. Mi boca estaba cerrada y mi corazón también.
La sangre fluía por mi mano herida. Era una herida ardiente, húmeda, dolorosa. Quemó mi piel hasta ya no sentir nada.
El dolor era bueno.
El tiro no me había quebrado ningún hueso. Pasó limpio por mi mano.
No me creí capaz. No pensé que podía hacerlo.
Pero, miré mi mano sangrante, el arma en mi mano derecha y su cara de espanto. y supe que podía ser capaz de todo. Incluso de matarla. Me podría convertir en un asesino.
En un acto instintivo, corrió a abrazarme. Y yo le apunté, en un movimiento casi reflejo.
Quedo helada, con los brazos extendidos y la mirada abierta.
No entendía nada.
Lloró, gimió y suplicó que la dejara ayudarme; que la perdonara; que no lo volvería a hacer.
Mientras la oía, recordé por qué me dí un tiro en la mano; por qué le apunté, por qué quería matarla, odiarla, destruirla.
Me importó un carajo lo que me dijo. Apreté el gatillo.
Dos tiros y al suelo con ella.
No dije nada. El silencio llenó después el lugar que había ocupado el sonido de las balas.
No sentía, no veía, no oía.
El dolor era bueno. Y más si te lo hacía sentir en tu cuerpo.
¡Pam! ¡Pam! Estaba muerta.

Eso fue lo que pasó, su señoría.



* Ad memoriam de las 49 víctimas de femicidio en Chile.

domingo

Beso

("El Beso", cuadro de Gustav Klimt)




Cuando se acercó a mí, me miró a los ojos y de súbito me besó en los labios.
Fue un beso largo. Me mordió el labio inferior y con eso me hizo hacer un sonido mezclado de dolor y escalofrío.
Me entrelazó con sus brazos y me tendió en la cama.
Me desnudó y me siguió dando ese beso largo y mordido.
Yo sólo cerraba los ojos y me dejaba llevar por ese beso.
Estaba en paz.
La sentía abrazarme con fuerza. La sentía como la tierra húmeda en el invierno.
Cuando abrí los ojos me ví.
Estaba con los ojos abiertos. La mirada de mi propio rostro estaba perdida en un punto perdido del techo y uno de mis brazos colgaba por uno de los lados de la cama.
No lo creía.
Ahi estaba, tumbado en la cama, solo. Y muerto.
Me acerqué a mi mismo para verme.
Pero una mano me detuvo.

"Deja que los muertos entierren a los muertos. Tú, ven conmigo". Y la muerte, me tomó de la mano y me entrelazó en un abrazo que me quitó el aliento. Y me volvió besar. Y sentí como me llenaba de su calor mi boca y traspasaba con sus dientes mi labio inferior.

Y todo se volvió luz.
Ya no sentía miedo ni tristeza.
Sólo paz.

Había muerto.

jueves

Frío

("Rostros Congelados", fotografía de Julio Cesar Barón)




Hace frío.
Mi café se pone helado, a medio terminar, sobre mi mesa de noche y un cigarrillo muere en el cenicero que ya no resiste tanta colilla y ceniza.
He esperado toda la noche para poder ver, al menos, una señal de tu existencia.
Mis ojos me pesan.
Están hinchados. No he dormido nada.
El teléfono suena. Corro a tomarlo.
Mi corazón se acelera a medida que el teléfono repica una y otra vez.
Levanto el auricular.
Una voz de hombre. Fría, policial, cortés.

- ¿Aló? –traté de decir.
- ¿Señor Lazarini? Le habla el sargento Méndez, de Investigaciones –me contestó su voz baja.
- ¿Investigaciones? Me está usted molestando, ¿no? –dije extrañado.
- Perdone, pero esto (recalcando el “esto”) no es un juego. Requerimos su presencia en el cuartel para poder hacer el procediiento de reconocer a la víctima –respondió Méndez con la seriedad que el cargo le da.
- ¿Qué… qué ha pasado? ¿Para qué me necesita? –repliqué con la angustia anudándome la garganta y subíendome por la misma como una mala comida.
- Señor Lazarini… -hizo una pausa eterna-. Su esposa ha muerto –sentenció secamente.
-…- no respondí.
- Le esperamos. Y perdone. Lamento la pérdida.

Y ahí quedé.
Frío. Estático. Mudo. Con el cuerpo y la cabeza fisuradas en millones de recuerdos que se volvían pasado, historia. Nada. Sólo imágenes.
Y tu cuerpo.
Tu cuerpo está lívido, blanco, despojado del color de la vida.
Tus labios han adquirido el solemne color púrpura de la muerte. Te ha besado antes que yo.
Todo se ha vuelto tétrico, helado, triste. Como la morgue en la que me encuentro.
Me dejaste.
Frío.
Y por Dios, te juro: nunca sentí tanto frío como ahora.

Anónima

("Desnudo amarillo", cuadro de Paz Alvial)


(continuación)


Llego al mercado y me voy a mi picá’ de siempre. Esto no lo hago todos los días, ni cada vez que me viene la caña. Esto es sólo por querer darme lujos.

- ¡Pero qué sorpresa!
- Parece que lo dices por decirlo, negro.
- No güachito. Pa’ ná.
- Te voy a creer.
- Bueno, eres tú no más el que caga con el extra…
- ¿Con qué amenazando, negro?
- Ya cabrito, déjate de huevear y siéntate… ¡María, un mariscal pa’l niñito!

Me lo sirven y ahí quedo. Frente al plato. Cagado de hambre. Se ve más rico que la cresta. Le aplico su limón, y su sopeada con pan amasado. Esto está chupete. Me dura la pasá’ entre cuchareada, metida de pan y su copa de blanco. Delicioso.
Ahora sí, me siento recuperado.
Le pago al Moncho y me voy de vuelo. Me marcho al Forestal a leer. Ya fumarme algo.
El día acompaña. ¿Y quién sabe si la liebre salta de nuevo?
El mundo por aquí –por donde voy- es algo raro. Es otro Santiago. Los árboles como que están de más. Siento que le hacen una verde cicatríz al centro. Pero es una cicatríz que se lleva con cierto gusto.
Me tiro al pasto cerca del MAC, allí cerquita del Lastarria.
Me gustaría comprarme una casita en ese lugar: antigua, espaciosa, de madera, con piezas altas y con una arquitectura de esas épocas tan rancias como esta.
Me tiro de espaldas.
Fumo.
Aspiro profundo y cierro los ojos.
Todo viene a mi mente. Menos su puto nombre.
¿Me habré borrado? No, ni cagando. No le hago al jale; y si bebo, no hasta borrarme.
Es raro.
Ahora, acostado en el pasto, el librito de Hahn que me dio Carlangas me viene de perillas. Es tan simple su lectura.
Ahora, todo tiene que ser en dificil: el hablar de arte, literatura, cine, la vida, la política. ¡Todo!
Y el que habla en dificil es el inteligente. ¡Las pelotas!
Fumo tranquilo. Despacio.
La sensación es agradable.
Leo a Hahn.

"Y el amor no es más que eso / un hombre o una mujer / que pierde en un vagón del Metro…".

¿La amo?
Ah, no me estaré poniendo hueón con tanto carrete, marihuana y estudio.
Además, la conocí (¿realmente la conozco?) anoche.
En una noche, no se hace más de lo que se hizo en mi departamento. Ni con toda la predisposición del mundo.
Si, es definitivo: me estoy poniendo hueón.
Debería dejar de fumar hueás.
Ni yo me estoy creyendo lo que digo.
¿Tengo monedas?
Sí, creo que si.
Ya, a tomar la micro de vuelta. La penqueada que me va a llegar cuando llegue el Quin y no me vea va a ser de leyenda.
¡Ah, relájate, hombre! Ese otro debe estar durmiendo. Son casi las dos y ese es igual a un hermano.

-¿Por cuánto hasta Providencia?
- Completo no más, cabrito.
- ¿Me lleva por 200 hasta Salvador?
- ¡Ya, súbete hueóncito!

De una me subo a la micro y me tuve que mamar la cara de amargado del micrero. Tiene que estar pensando en que soy un verdadero fresco de raja y que, para la próxima, no me sube ni cagando.
Yo, ni ahí.
El walkman sonando en las orejas, me encierra en una burbuja.
Soy yo no más.
¿Constanza? ¿Javiera? ¿Raquel?
¡Cómo carajo se llama!
Puto celular.
Hace rato habría sabido quién es o cómo se llama. No me sale. Y tampoco me deja su recuerdo: esa noche, ese encuentro, esos besos…
¡Mierda! ¡Me gusta la tipa!
No atiné a ver que el amor me había dado de frente, como un puñete en toda m cara. Yo, que no creo en eso de "vivieron felices para siempre". Las estadísticas lo dicen: más divorcios y menos gente casada. Más aún: gente casada y vieja.
Todo esto me está contaminando.
No me lo voy a permitir.
No estoy para eso.
¿O si?
Tengo que admitir que todo fue increible. Pero, ¿cómo es posible que un polvo me haga pensar en semejante estupidez? ¿Es posible? Pregunta hueona: los hombres vivimos pensando en sexo. Por algo podemos entrar a entusiasmarnos tanto con un buen polvo.
No se puede ir esta mujer así como así.
No puede haberse perdido el número. Si no está, cagué. Debo verla.
¡Apúrate, micro de mierda!
Me tengo que bajar.
Pulso el botón.
Una, dos, tres veces.

- ¡Para la hue’á po’, micrero!
- ¡Espérate, mierda!
- ¡Puta, hueón, para!
- ¡Ya! ¡Bájate luego!
- ¡Micrero conchadesumadre!
Ya. Ahora a picarla. Corro.
Tengo que llegar. Debe estar. Tiene que estar. No te lo estoy pidiendo, es una orden.

- Hola, compadre.
- ¡Quin, hueón, no tengo tiempo!
- ¿Pa’ dónde va’i tan rápido? ¿Te estás cagando?
- ¿Te podís callar un rato?
- Ya, ok. Relájate.

Tomo el ascensor. Ocho, nueve, diez.
Llegué.
Me cansé. El estado físico no acompaña.

Abro la puerta.
Busco el celular. Por mi pieza, el living, la cocina.
No, no está.
¿Cómo no?
Si tiene que estar por ahí.
Y claro que sí.
Está en el velador. Corro.
Lo tomo. Marco.
Suena.
- ¿Aló? ¿Esperanza, estás?

martes

Anónima

("Mujer dormida", litografía coloreada a mano con lápiz acuarela de Eva Levefer)




Cinco de la mañana.
La pieza se siente oscura, borrosa, desordenada y húmeda. La noche aún cae en la ciudad. Estoy en mi cama, desnudo, mirando el techo y fumando un pucho. ¿Qué pienso? No sé. A veces no quisiera pensar en algo y de una vez hacer las cosas.Como hoy, hace una hora. Una morena de la cual no recuerdo el nombre, está suelta durmiendo sobre mi cama, completamente desnuda. El pelo todo desordenado y su rostro durmiente, hacen de ella una imagen bastante apacible. Pero, no me acuerdo del nombre. Pero sí de cómo nos habíamos encamado.
Me levanto de la cama y voy a la ventana. Décimo piso.
La altura hace que todo se vea tan insignificante. Si me cayese, tan sólo sería una mancha en el pavimento: me volvería nada.
Tengo sed, y me da lata moverme de la ventana. Se siente el viento frío rodeándome tan suave que me da escalofríos. Y el pucho en la mano hacen que la imagen sea más completa.
Cierro los ojos y respiro hondo.
Pienso en la mañana a punto de aparecer por detrás de esas montañas azules y violetas y en cómo se llama esa morena.
Voy a la cocina y tanteo en la oscuridad el interruptor. No lo encuentro. Pero sé dónde está el refri. Ahí, me espera una lata helada de cerveza. No la abro. Me la llevo al living. Quiero oir algo de música, en volumen bajo, con la luz apagada. Quiero relajarme.
Me echo desparramado sobre el sillón, pongo el CD y abro la cerveza. Doy el primer sorbo y lo dejo pasar lentito por la garganta: quiero sentir el frío. Refrescante. De fondo, algo de R&B suave y la luz oscura, me dejan piola, como en estado de… no sé, me relaja.
Y mientras me pierdo en el ambiente, siento una mano deslizarse por mi cabeza. Es el típico “cariñito” en la cabeza. Me dejo querer; tranquilizándome, la dejo hacer. A esas alturas, si ella hubiese querido matarme, yo no me habría percatado. A eso no le habría hecho el quite. Habría muerto tranquilo.
Su otra mano ronda por mi pecho y mi estómago. La sangre me empieza a ebullir, pero no me quería mover. Me la imagino con sus ojos entrecerrados, con una sonrisa entre pícara y maliciosa. Empiezo a agitarme un poco. Quiero poseerla; quiero su cuerpo tibio sobre el mío. Abro los ojos y no está. Veo su silueta desplazarse hasta la pieza. Como un imbécil la sigo. El instinto ahora me maneja y me vuelve esclavo de ese cuerpo desconocido.
La encuentro desnuda, acostada de espalda y con los brazos extendidos hacia los lados. Sus ojos cerrados, sus senos puntiagudos y su entrepierna llana son todo un espectáculo.
Me acerco.
La beso desde la frente hasta el final de sus piernas torneadas y suaves. Mis manos la tocan con desesperación, recorriéndola como un ciego leyendo braille. Ella gime, suda, se retuerce. Goza.
La penetro.
Un grito ahogado.
Sudor, movimiento, besos que suenan y saben a frenesí. La vida se nos va y a nosotros –entrelazados en una danza de sexo- nos importa una soberana raja.
Pasan unos minutos y ninguna quiere separarse del otro. Insistimos en no perder el aliento; el gozo y el placer se empiezan a agigantar. Se llena la habitación de sus gemidos y de los míos; de nuestras caderas chocando en un ruido sordo. Se nos resbala la vida en el cuerpo. Y, en un momento, nos rendimos en una explosión de nuestros cuerpos fundidos.
Después de eso, nos rendimos al sueño.

Diez de la mañana.
El sol me da en la cara y siento la cama fría.
No está. Se fue.
La caña me invade y voy al refrigerador por algo para tomar. La cerveza mañanera siempre recompone el cuerpo. Y siento hambre. Por eso, me empiezo a vestir para ir al mercado a comer un mariscal.
Enfilo hacia el ascensor y presiono el botón para que llegue. En eso, se acerca mi vecina: una cuarentona separada que, desde que vivo aquí, lo único que ha tratado de hacer es meterse conmigo. La separación fue bien traumática aunque –según cuentan las malas lenguas del edificio- ella sacó la mejor parte.
La tipa me mira con cara de tener hambre. Los ojitos le brillan y atina a decir un silencioso “hola”. Y lo miro no más. No quiero cachos. Me basta con tener que pelear con la U, la casa y todo lo que concierne a mi propia vida. Me meto en el ascensor que llega y ella se sube detrás de mí.
Silencio. Incomodidad.
¿Por qué mierda no esperé otro o me hice el hueón? En el fondo, igual pienso que le hace falta un cariñito a la señora esta.
En el octavo piso, hago contacto visual. Alerta: la tipa sonríe y hace un gesto con sus labios como gozando con lo que está viendo. Me imagino la película que se debe estar pasando: el ascensor para; los dos atascados y no nos pueden sacar hasta muchas horas más. Resultado: sexo desenfrenado y altamente lujurioso.
No le daré tal gusto. Ruego porque no suceda.
Primer piso. Estoy a salvo. Creo.
Porque antes de que se abra el ascensor, la tipa me da un agarrón a mansalva en el culo. Lo sentí eterno. Atino a mirar para atrás sin articular palabra alguna y la veo con una sonrisa en sus labios. Era su momento de victoria.
Yo sigo mi camino y me voy al mercado. Paso regular y con los lentes oscuros. Walkman en las orejas escuchando a Luca Prodán diciendo: “Mejor no hablar, de ciertas cosas...”. Luca tiene –más bien, tenía- razón: mejor no haber hablado ni hablar con nadie lo que pasó en el ascensor, sobre mis problemas de mi vida y toda la mierda que repente te llena y te hace querer lanzarte de un edificio.
Voy por Ahumada viendo pasar a la gente. Y eso es lo que la gente –generalmente- hace por la vida: pasar. Muchos sólo viven de lo que hacen; de lo que el resto dice; de lo que los políticos o autoridades les imponen o simplemente de lo que la tele te ordena –subliminalmente- a comprar. Es cosa de ver la tremenda pantalla que hay en la esquina de Moneda. Una gran boca silenciosa que vomita la irracional compulsión por consumir.
Yo, no comulgo con eso.
Mientras camino, trato de acordarme del nombre de la morena. ¿Cómo chucha se llama? Creo que recuerdo todo lo que pasó anoche: el bar, la conversación, la ida al departamento. ¡Todo! Y, ¿por qué no su nombre?
Entonces, se me prende la mente. ¡Ya sé cómo acordarme!: el celular.
¿Dónde estará?
Me tanteo; busco en mis bolsillos; en mi bolsón.
¡Mierda, lo dejé en la casa!
Así, con raja me voy a acordar.
¡Ah, filo! Después veo.

lunes

Deseos Frustrados

("La cama", cuadro de Henrí Touluse-Lautrec)

Tengo la mirada puesta en el techo y la mente en las ganas de tirarme encima de ella. Oírla roncar a mi lado no es lo más sexy que puede haber en una chica –al menos como ella-. Aún así, pensar en una maquinación para tan sólo acariciarla, me intranquiliza y no me deja dormir.

Cierro los ojos.

Todo está negro y sigo conciente. La oigo moverse; siento su aroma, mi corazón latir urgido y a mis pensamientos armar una lujuriosa escena de sexo desenfrenado en su cama.

Todo mal.

Doy vueltas y vueltas en la cama. Intento por los medios más estúpidos tratar de tener algún miserable contacto físico con ella. No logro que el sueño o las ganas de tirármela puedan conciliarse.

Al parecer son enemigos declarados.

Me levanto y voy a la cocina.

Busco el interruptor y trato de apuntarle al switch correcto. Lo logro.

Busco un vaso y me sirvo algo de agua de la llave del lavaplatos. Odio esa agua. Su sabor calcáreo y su extrema insipidez y mineralización me cargan. Pero, qué lo voy a hacer. Es lo que hay no más.

Bebo con ansias hasta la última gota del vaso y voy por mis cigarrillos, apagando después la luz para sumirme en la oscuridad (de mis pensamientos).

Enciendo uno y aspiro (casi) como si estuviera frente al pelotón de fusilamiento. Mi mente me tortura: por una parte sabe que lo que pienso está mal (¡Maldita culpa! ¡Maldito Pepe Grillo!) Y por otra, maquina la forma de hacerla mía, poseer su cuerpo y tirármela.

Me devano la maceta tratando de que una buena vez de pensar que la conciencia no existe; que los deseos pueden cumplirse; que no la cague en hacer algo que (¿no debo?) no planeé con anticipación.

Entre todos esos pensamientos, mi cigarro se va consumiendo hasta que queda enterrado entre otras colillas, papeles, maníes que se cayeron al suelo y un chicle pegado a una boleta.

Vuelvo a tomar agua y a la cama.

Me tapo hasta las orejas y –mira si seré- rezo. Rezo. ¡Ja! ¡Qué imbécil! Debería rezar para dejar de pensar que una oración va a hacer que mi erección se baje. ¡No puedo ser más imbécil!

Tengo los ojos abiertos y la mirada perdida en la pared.

No duermo ni estoy despierto.

Estoy en el limbo entre un mal sueño y mis -¿malditos?- deseos sexuales.

Quiero que el amanecer me pille despierto para poder rápidamente largarme y desaparecer de esa casa; esa cama; ese sueño; ese momento; ese día.

Quiero que me traiga el sueño el alba.

Por sobre todo, quiero dejar de pensar en estupideces.

Rezar para dejar de calentarme. Aún me río de eso.




Aproveche y lea también el Diálogo nº23

martes

Chispa V: Remedio para la amargura





La amargura del corazón
-me contaba una bruja
que no tiene edad alguna-
se quita con una taza
del te más negro
y con dos cucharadas
de la miel que solo un beso
es capaz de dar

viernes

Házlo


("Desnudos ", Oleo/Lienzo de Amparo Cruz Herrera)



Mira mis ojos
nada en ellos sin miedo
son profundos pero no peligrosos
un mar de castaños

míralos bien

Respira mi aire
inhala con tranquilidad
tiene olor a tierra húmeda
y a frescura de menta

respira tranquila

Besa mi boca
pruébala con paciencia
hay rastros de versos tuyos
huellas de mis pensamientos

bésala en silencio

Toma mis manos
afírmalas con ternura
son ásperas, pero cálidas y enormes
manos de Jesús

estréchalas tiernamente

Toca mi piel
palpa con confianza
se eriza con tus dedos
y corre agua fría por mi espalda

acaríciame

Házlo

Sin miedo
que yo no tengo

Chispa IV: Cascada



Amame con la fuerza de la cascada
y yo te amaré como el mar
en que va a morir el río
que da fuerza a tu cascada

martes

Para cuando te vas


("Irse", cuadro de Flavia Rondina)



Ojalá nunca vuelvas.

Espero siempre recuerdes.

Deseo que nunca pierdas eso

Piensa siempre en mí

Así el daño de haber venido,
de no haber olvidado,
de no haber tenido aquello

te haga nunca pensar que yo
siempre pienso en ti.

Porque no quiero que sea así.

Chispa III: Propuesta




Te propongo algo:

Se para mí
como el primer latido
de un corazón recién nacido
cada vez que me veas

Y yo seré para ti
la noche que trae el sueño
y el día que siempre nace
cada vez que no esté

¿Trato?