domingo

Con el correr de la hora

("La persistencia del tiempo", cuadro de Salvador Dalí)



Extraño aquel segundo

donde tu boca alunizó en la mía
y clavó su bandera para desterrar

al enemigo de mi corazón



Extraño aquel minuto
en que ese abrazo nuestro
se fundió en la vereda
y dejó marcada nuestras
siluetas


Extraño aquel cuarto de hora
en que te esperé en el andén
y escuchaba la música silente
de tus pasos atrasados

y de mi corazón
entusiasta


Extraño aquella media hora
en que te fuiste
con mi beso sellado
en tus labios
para no olvidar
que me iba contigo



Extraño los cuarenta y cinco minutos

que te hablé al teléfono
para decirte dos palabras:

te quiero


Extraño la hora, los dias, los meses
en que nos amabamos en silencio
con besos, caricias, gemidos y sudor
en que tú y yo mandabamos
a encerrar al sol y la luna
para desearnos bajo
la sábana estrellada

martes

La creación de mi universo (o Teoría de mi Big Bang)

("La creación", cuadro de Eduardo Naranjo)





En el comienzo, nunca fuiste mi primera opción. Ni siquiera fuiste el Verbo.
Nada de fiat lux y aguas separadas de la tierra; nada de día o noche.
Eras algo indescriptible que revoloteaba cual espíritu santo sobre la calamidad de mi creación mental.

En el comienzo, nunca te pensé como parte de mi mundo.

No estabas entre los animales fantásticos de mi Edén que no morían jamás,
pues estaban hechos de la idea eterna de un par de chispazos neuronales.
Eras un ser sin sexo, sin materia, sin vida, sin estructura.
No eras macho ni eras hembra.
No te había dicho que crecieras y te multiplicaras por docenas, como supermercado o mall.

No, no estabas en mis planes.

En el comienzo, estaba yo. Y yo estaba solo.
Y era feliz estando solo, salvándome de mi dolor en mi soledad.
Y era un solitario rector de mi creación.
Nombraba todo lo que mi mano creó como de mi obra.
Mi Eliseo, mi Jardín de las Hespérides. Era mío y no dejé entrar a nadie.

Hasta que me vi a mi mismo en tus ojos en el reflejo del agua de mi fuente.

Vi tu boca besarme; tus manos tocarme; tu cuerpo poseyendo el mío; tu alma sanando la mía.
Y te arranqué de mí, de mis ideas, del hueso de mi costado sangrante y sin suturar y te cree.
Porque me vi solo y quise redimirme por tu carne y por tus besos. Quise alcanzar la salvación por tu esperanza en mí.
Y te hice de mi esencia.
Porque eres carne de mi carne y sangre de mi sangre en verdad.

Y así llegó el séptimo día.

miércoles

La muerte de la Muerte

("Death in the Cemetery - La muerte en el cementerio", fotografía de Graciela Iturbide)


(Final)

El lugar del Mingo está en pleno centro.

Si uno lo mira desde afuera, es la típica tienda de antigüedades llena de objetos viejos, olvidados y que algunos snobs y cuicos les dan valor de piezas de arte. Algunas son una misma mierda.
Mingo me ha regalado algunas cosas -a elección mía, claro- pero nunca un arma. Jamás.

¿La tienes?- le pregunto con algo de ansiedad.
Aquí está, tranquilo – dijo con voz sosegada.
Muy bien. Buen peso, equilibrada. Y con silenciador – digo mirando el arma.
Tal como la pediste – dijo con orgullo velado.
Toma. Aquí está el pago –le dije pasándole un fajo de billetes.
No te preocupes. Solo quiero que me la regreses – dijo, rechazando mi pago.
De acuerdo –le respondí sin chistar.

Y me fui.

Subí de nuevo al auto y me fui al hotel.
Tome la avenida principal y me dirigí al este, hacia el barrio alto.
Jenny atendía al típico empresario más o menos conocido.
Es una tipa con un cuerpazo: morena, cabello oscuro, hermosa figura. Una pantera.
Más de alguna vez había pasado malos ratos con tipos pasados para la punta o que simplemente no pagaban. Peor se ponía la cosa cuando se trataba de droga: en una redada de la policía, la pillaron con unas dosis, drogada hasta las masas y encamada con un conocido empresario bastante poderoso, tan drogado como ella. Lo que salió en prensa fue que la habían detenido por porte de estupefacientes y microtráfico y del gil, nunca se supo nada. Tiene que haber pagado a los policías algún soborno. Y sus buenas platas a los diarios.
Si no digo yo: al rico, la plata y el poder lo salvan.

Frente al hotel me esperaba.
Su vestido negro y escotado, fino y ceñido, parecía pintado al cuerpo. Puntuales, como corresponde para el oficio.
Ella y yo sabemos que el tiempo es vital.
La saludé, y al acercarme, no pude evitar sentirme algo embriagado por su aroma. En silencio nos dirigimos a la habitación.
Piso 13, 14, 15, 16... Llegamos.
En el ascensor, la miraba y pensé que, si ella dejara esa mierda de cocaína, tal vez -solo tal vez- sería mucho mejor y -para cualquiera- una buena mujer. Pero, sin eso, su espíritu no sería el mismo y ella no sería así de completa. Eso de la autodestrucción hace que sea independiente en todo -de su vida y muerte-; algo que muchos de los muertos no han tenido.

Me hace pasar a la habitación. es cómoda, íntima y con una buena vista a la ciudad.

¿Te sirves algo, Vinko? –dijo con un tono algo descuidado.
Un whisky, con hielo –dije al voleo.
¿Algo más? –preguntó.
No. Solo eso –le respondí.

Del bar trae un whisky y para ella, un vodka tonic.
Se sienta frente a mí y yo, con algo de impaciencia –algo no muy común en mí- prendo un cigarrillo.

Y... ¿Los traes? -preguntó ansiosa.
Como corresponde. Aquí los tienes –y se los pasé-. No los cuentes. No seas mal educada ni desconfíes de mí –le dije, señalándole mi molestia.
De acuerdo... Pero, ¿por qué vas a matar a Víctor?- me decía mientras miraba la plata.
Soplón. Y por maricón –dije escuetamente.
No es de mi incumbencia saber cómo sucedió. Pero, para que hagas esto por tu cuenta, es grave –señaló algo sorprendida de que tomara el asunto así de personal.
Ni lo digas... ¿Y qué te dijo él? –le dije, interrogándola.
Yo quise que me contara, pero estaba cagado de miedo. Sólo me pidió que no lo entregara y que si podía esconderlo unos días –dijo sin dar mucho detalle.
Perfecto –dije dando un aplauso. ¿A qué hora estará aquí? –le dije.
A ver...-dijo mirando el reloj- son las siete. A las diez y media estará aquí –me respondió mirándome con ojos de “tengo un plan”.
Mientras tanto, ¿habrá algo que hacer, no? –le dije, adivinando lo que pensaba.
¿Y qué tienes en mente? –lanzó.

Me levanté y me acerqué a ella.
La miré a los ojos y acaricié su piel con la punta de los dedos y también su rostro, cuello, pechos y su vientre. La acerqué a mí y abracé para besarla.
La ropa en pocos segundos quedó en el suelo.
Ella y yo, hacíamos el amor en el piso de la habitación.
Mi boca besaba la suya; mis manos se trataban de fundir con su piel y el sudor de los cuerpos nos hacía resbalar.
Hacía que el deseo fuese en franca alza.
A cada embiste, gemíamos; con cada beso se nos iba el aliento y nos gastábamos de tanto tocarnos. Con todo ese ajetreo, la hora avanzaba y yo me olvidaba de Víctor me había cagado y que El Gringo me buscaba para despacharme.
¡Qué me importa eso ahora!
Eran las diez y cuarto.
Ella rápidamente se vestía y yo, a duras penas y satisfecho, me trataba de poner la camisa y abotonarla para irme a esconder.

Trata de actuar normal –le dije encarecidamente.
¡Déjame hacer mi pega, hombre! –dijo retándome.
Yo sólo quiero que nada salga mal. Si no, se va todo a la cresta –le pedí.
Tranquilito... –y me besó- Si todo va a estar bien –dijo, tomándome una mejilla.

Diez y treinta. Hora final.
Y Víctor que no aparece.
Me estoy impacientando.
Dos, tres, cuatro minutos. No llega.
¡No llega el hijo de puta!
¿Sabrá que estoy aquí? No creo.
No me imagino a ella traicionándome.
Bueno, en estos momentos, cualquiera está en posición de cagarme. Debo dejar de ponerme paranoico.
Yo sé que la Jenny no me va a cagar. La conozco.

Pasó un momento y sentí ruido.
Voces. Alguien conversa.
Lo puedo sentir ahí, en el living.
Es ese cabrón que me echó al agua con El Gringo.
Víctor había llegado. Atrasado como siempre.

Casi no escuchaba la conversación.

¿Cómo estas? –le dijo ella.
Pregunta estúpida. ¿Cómo crees que estoy, ah? Como la chucha. Vinko me quiere matar –respondió ofuscado.
Pero, ¿por qué? –le interrogó.
¿Por qué? Lo cagué. Le conté al gringo que el Vinko lo había cagado con una plata de uno de los "encargos" que le pidió. Fueron como dos millones... de los verdes –dijo con algo de temblor en sus labios y manos.
¿Con dólares? ¡Chucha, eso es plata! –dijo asombrada.
Y según el Vinko, se habían perdido cuando puso la bomba –le resaltó eso con algo de malicia.
¿Y por qué le contaste al Gringo? ¿No hizo algún trato contigo él? –siguió preguntando.
Ninguno. Con raja me dio un par de lucas -le respondió molesto.
Pero igual, es tu amigo... o lo era –le dijo.
Nunca lo fue. Me salvó de varias pero siempre me trató como basura. Que Víctor haz esto, que llames a tal... No fue más que un negrero –respondió secamente
Pero, aquí estás un poco mejor. Relájate. ¿Quieres algo de tomar? –le dijo.
Bueno. Dame un vodka. Solo –dijo sin mucho ánimo.
¿Con hielo? –volvió a preguntar.
Dos, por favor

Era la señal.
Era mi momento de hacer justicia o tener mi venganza.
Salí de mi rincón y pensé en todo lo que dijo y en parte le encontré razón.
¿Me estaré arrepintiendo? Ni cagando.
Nadie me ve la cara sin recibir lo que merece. Menos este concha de su madre después de todo lo que confié en él.
No. El debía morir.
Cargué el arma y caminé hacia el living.
Allí estaba: ansioso, nervioso, fumando. Ni siquiera sabría lo que había pasado. Apunté y disparé. Juro que oí dos tiros.
Vi el cuerpo de Víctor como se echaba hacia atrás, con la cabeza explotando en sangre y sesos.
Ahí quedó: tieso, helado.
Muerto.
Me empecé a marear. Perdía el conocimiento. Algo me chorreaba en el pecho.
Era sangre. Mi sangre.
¡¿Quién me disparó?! Atiné a mirar al frente y la vi. Con el cañón aún humeante, la Jenny me había pegado un tiro.
Caí. Lentamente me fui desvaneciendo. Se acercó a mí y algo trató de decirme. Lo que entendí fue que El Gringo le había pagado para matarme. A cualquier precio.
Y lo consiguió la muy perra.
Me dejó ahí, a mi suerte. Muriéndome.
Algo me tomó de la mano. No lo podía ver. Estaba oscuro. Solo pude ver un par de ojos encendidos y algo brillar en la oscuridad. Y de a poco me perdí.
De lejos oía que alguien repetía hasta el hastío: "el que a hierro mata, a hierro muere".
Horas más tarde llegó la policía al lugar. Tomó muestras, pruebas, fotos. Y la prensa roja estaba como buitre esperando la carroña, revoloteando por el hotel. Todos querían saber qué paso, por qué sucedió y quienes eran los pobres tipos muertos en un piso 17 de un edificio del barrio más rico de la ciudad.
En la mañana todo el país lo sabría.
Había llegado la hora de "La Muerte" como me llamaba la prensa roja.
La muerte de La Muerte.
Que irónico, ¿no?
¿Y quién será ahora el que se llevará a los vivos que les corresponde morir?
Nos hemos quedado en una pausa de inmortalidad.
Pero, aún existe la resurrección.

martes

La muerte de la Muerte

("La rosa que va a morir...", fotografia de Emil Schildt)



(continuación)




Mientras voy a más de 100 por la autopista, pienso en que mis días están contados y que el reloj está empezando a correr hacia atrás, alejándose de mí. Pero, ese pensamiento se puede ir a la mierda. Muchas veces quisieron traicionarme. Y todas esas veces me salvé. Luego, iba a buscar a esos hijos de puta cuando creyeron que me habían detenido.

“¡Ja!” decía cada vez que veía sus caras impávidas y blancas, sus pantalones meados y cagados cuando el tiro que les daba, atravezaba su cráneo, pecho o espalda si es que el hijo de puta me veía y corría a salvar su patética existencia, en un intento por encontrar algún resguardo.

“¡Ja!” les decía cuando miraba sus ojos desorbitados, su boca desencajada y la sangre salpicada en la ropa y chorreando en un hilo fino por la comisura de los labios.

“¡Ja!” era lo último que oyeron antes de que el metal de la bala les traspasara el cuerpo.

No, no iba a ser hoy el día en que un conchesumadre como Víctor lograra lo que muchos quisieron y no consiguieron: eliminarme. Antes de eso, tenía en mente cargarme a muchos conmigo para llevarlos al infierno. Solo no me iría.

No si llegan a cagarme.

El auto sigue su rauda marcha y el viento entrante por la ventana en algo ayudaba a mantener los nervios calmos y la mente solícita. El reloj seguía corriendo hacia atrás. Se empezaba a abrir el camino que te lleva al momento en que una bala podía salvarme la vida para ver una mañana nueva o hacer famoso al desgraciado que le pusiera fin a mi “carrera”.

Mal que mal, ya llevo años en esto. Ya la gente me conoce como “La Muerte”: tarde o temprano encuentro al pobre infeliz y lo mando al cementerio o lo hago desaparecer. Nunca nadie se dio por salvado una vez que mis “servicios” eran requeridos. Mis métodos eran prolijos. Los detalles cuentan. Nada podía ser producto del azar. Se planeaba todo: seguimientos de día y noche, fotografías, estudio de movimientos, etc. No les perdía el rastro. No les daba ni un segundo de calma o centímetro de ventaja sobre mi. Los volvía locos. Pero el detalle de mi trabajo está en lo siguiente: antes de que mueran, tienen un último momento, donde pueden comprender que es imposible huir. La resignación los entregaba a mí.

Al ver mi mano empuñar el arma y apretar el gatillo, sólo podían resignarse. Y los más estúpidos, pensaron en huir y darle una vuelta de mano a lo planificado. “¡Pam!” sonaba mi arma al atravesar al pobre ser.

Qué curioso. No había pensado en que un monosílabo podía marcar el final de los días de alguien.

“¡Pam!”. Fin.

Ya han pasado quince años desde que entré en el negocio de la muerte por encargo. No vale la pena contar la cantidad de tipos que mandé a congelar a la morgue o que jamás serían encontrados. No alcanza el tiempo. Ni para contarlos ni para redimirme, aunque quisiera.

Redención. No la necesito.

Si, el Infierno –con mayúsculas- era ya mi lugar donde iba a ser enviado una vez que colgara los botines. Despues de haber disparado, acuchillado, estrangulado, quemado, torturado y haber desparecido a tanto imbécil, no era muy dificil imaginarlo. Es como el dos más dos. Una cosa de lógica.

Ya no me arrepiento de algo que hice -y que lo hice con gusto unas y por necesidad en otras-. El perdón no existe en mi diccionario. Asumo el bulto.

Mi alma ya no es mía. La mandé al infierno junto con todos esos que maté. Y lo tengo merecido: no soy un santo ni menos un buen tipo. Soy un asesino, carajo. Matar o morir es la regla.

Y no va ser ese traidor Víctor quien me joda. Yo lo jodo primero.