martes

Testamento (primera parte)

("Una mujer escribiendo una carta", cuadro de Jan Vermeer Van Delft)




Le dejé en el velador un papel.
Ella dormía plácidamente mientras yo besaba su frente y le dejaba mi testamento.
Yo iba a morir esa noche.
No volvería más.

***

En las noticias, aparecía la noticia de mi deceso. Los periodistas no decían mucho. Decían que había muerto durante la madrugada, de un golpe en la cabeza al chocar mi auto mientras conducía mi auto por la carretera. Que en mi mano habían encontrado una foto arrugada y la policía negaba decir a quién pertenecía. Y que, según los bomberos, iba a exceso de velocidad y sin señales de ir ebrio.
Había muerto instantáneamente.
Las noticias añadían mi muerte al engrosado número de muertes por accidentes carreteros en el país. Me volvía un número más.
Pasaba al olvido.
Pero, estaba Rosario.
Rosario no me olvidaba. Me quedaba en su frente, en ese beso tibio que le dejé en la frente al momento de despedirme. Dentro de ella. Permanecía en su memoria el aroma de mi ropa al entrar en su casa, en sus sábanas cuando hicimos el amor, esa noche que le dije que no volvería. Ella no me creyó. No lo hizo, más que nada, porque siempre que se lo decía, volvía.
Y esa noche, tampoco me creyó.

***

Llegaba a su casa a las siete con treinta. La misma ropa, los mismos zapatos. La misma mirada, con otro brillo. En el bolsillo de mi chaqueta guardaba ese papel. Me pesaba como un kilo de plomo. Golpeé la puerta y apareció. Me saludó con un beso en la mejilla y me invitó a pasar.
Su casa estaba tal cual la había dejado hace unos dos años. Me había ido del país a Barcelona a estudiar y tuve que dejarla. No tuve elección. Más bien, pensé en mí. Sacrifiqué a una persona por mi propio bien.
Hasta esa noche, no me arrepentía.
A mi vuelta de España, en un invierno frío y húmedo en Chile, fue la única que fue a recibirme al aeropuerto. Más por el recuerdo, por querer buscar respuestas. Me había ido entre gallos y medianoche sin decirle palabra alguna y escondiéndome de ella para no hacerla sufrir más. Y la había llamado exclusivamente a ella para decirle que retornaba a Santiago y que si tenía algo que preguntarme, lo hiciera cuando llegara.
Y así fue.
Rosario, durante el tiempo de mi ausencia, trató infructuosamente de ubicarme y llegó al punto de querer llegar con el caso hasta mi casa en Barcelona. Habló con mis padres, amigos, hermanos; todo aquel que tenía algún grado de acercamiento conmigo para poder entender el por qué la había dejado sola en Chile y cuál era mi paradero en Barcelona.
Supe por su boca, cuando íbamos en su auto hasta su casa, esa noche que me recogió en el aeropuerto, que había intentado resignarse a no entenderlo jamás y a liberarse de todo ese esfuerzo sin sentido. Juntó todos los recuerdos míos y los puso en una caja. Les roció parafina y prendió un fósforo.
Y se arrepintió.
Fue la noche que la llamé.

- ¿Aló? –dije con propiedad y algo de acento-.
- Si, ¿con quién hablo? –preguntó extrañada de lo tarde de la llamada-.
- Rosario, soy yo. Diego.
- … - se hacía un silencio glacial-.
- Si, Rosario. Te habla Diego –le dije para que creyera de verdad que no era una broma-.
- ¿Te atreves a llamarme después de 2 años, imbécil? –rugió-.
- Rosario, por favor. Sin insultos. Somos personas adultas. Al menos tú –se lo dije sin sentir por dentro una vergüenza horrible-. Llego a Santiago en dos días más. Si quieres respuestas, ve a verme al aeropuerto a eso de las tres de la mañana, hora de Chile. Llego en un vuelo de Iberia –continué-. Si quieres respuestas, ve –le dije, sabiendo que ella había buscado esas respuestas-.
- Está bien. Créeme que no lo hago por ti, Diego –respondió con enojo en la voz-. Lo hago por saber la verdad y cerrar toda esta historia.
- Nos vemos.


Y colgué.
Cuando me preguntó por qué me había ido sin decirle adiós, le dije sin un ápice de sentimiento: “Quería que supieras que sentirías cuando me fuera de verdad…”.
Con un pestañeo me volví a encontrar de nuevo con ese aroma a su vida. A ese lugar que tantas penas y alegrías nos trajo. Estaba en su casa. De nuevo. Y se volvería el punto sin retorno de mi despedida.
Me iba.
Mis recuerdos me llevaron a verla esa noche. Y mi necesidad de redimir mis actos en su contra. Junto con querer despedirme. Y estaba en su casa, pidiendo que me creyera que me iba para siempre. Pero insistía en que no me creía. Y no lo hizo.
Llegaba a su casa, porque le había telefoneado para decirle si podíamos cenar esa noche. “No hay problema”, me dijo. “¿A qué hora llego?” pregunté. “Antes de las ocho. Así me ayudas a cocinar” me dijo como en broma. “O.K. Llevaré una botella de vino. Nos vemos”. Y me despedí.
Durante esa noche, mientras preparábamos la cena, conversábamos de la vida; de nuestras vidas; de lo bien que le iba a uno y de cómo rearmábamos nuestras vidas. Durante el año que estuve en Santiago, la visité, salvo excepciones, todos los fines de semana. Llegamos incluso a pasar una Navidad juntos: la del año en que llegué de retorno de España.
Esa noche me preguntó que quería para Navidad. Yo sólo atiné a decirle, medio ebrio, que lo único que quería era que me creyera que cuando me fuera, me iba a ir de verdad. “¡No seas idiota, Diego! Si has vuelto, es para quedarte, ¿no crees?” me espetó. Y me abrazó muy fuerte. “Feliz Navidad, Diego. Mi regalo es amarte siempre”, me dijo al oído.
Y me besó.
Del episodio pasó un cierto número de meses cuando, le dije que yo no quería nada con nadie. Que prefería tenerla cerca como una amiga y que teniéndome cerca como pareja, lo único que conseguiría sería que otra vez me fuera por mucho tiempo sin decirle nada a nadie.
Me odió.
Pasaron unos dos meses después de ese infeliz hecho cuando yo pedí mis disculpas. Le dije que lo había dicho en un día muy malo para mí y que no merecía que le tratara tan mal. Le repetí que sin tener que comprometernos a nada, podíamos seguir estando juntos. El sexo y la intimidad con ella no me importaban. Me importaba más estar con ella y tenerla cerca cuando lo necesitara.
Cedió.
La cena fue muy agradable: vino tinto, pasta, ensaladas verdes y un helado. Comíamos y conversábamos animadamente de asuntos del pasado: de amigos que no habíamos visto; nuestros padres; paseos a escondidas a la playa para amarnos sin ser molestados; bromas y códigos que usamos para hablar, alguna vez, un lenguaje de enamorados.
Durante el café, ella, mientras me servía el agua, me lanzó “la pregunta”:

- ¿Tú me amas aún, Diego? –me dijo sin mirarme-.
- ¿Qué? ¿Si acaso yo aún te amo? –atiné a responder, aturdido con la pregunta-.
- Si, Diego –replicó con cierta dulzura y timidez, pero con firmeza en la voz-. ¿Me amas?
- La verdad es que… Bueno… Este… Yo… -decía tratando de hilar una respuesta-.
- No lo pienses más, Diego –me dijo con voz triste-. Tu duda lo dice todo.
- ¿Crees que es fácil para mí tener que darle vuelta a la página? –respondí como defendiéndome-.
- Si –dijo firme-. Irte a Barcelona sin decirme que te ibas, es la prueba –me dijo enrostrándome mi error-.
- No lo creas tanto así. Si estoy aquí es, precisamente, porque aún no la doy vuelta –le dije mirándola a sus ojos-.
- ¿Acaso te gusta sufrir, Diego, ah? ¿Te gusta hacerme sentir mal, estúpido? ¡Es un calvario tener que tenerte aquí sin tener que recordar lo que vivimos, lo que te amé! ¡Lo que aún te amo! –dijo con los ojos en lágrimas-.
- No. No me gusta sufrir como crees, Rosario. No me gusta hacerte sentir mal –le decía levantándome de la mesa-. Lo último que quiero es hacerte sufrir –le respondía tomándola del rostro-. Hoy, si estoy aquí, es para darle la vuelta a esa página. Y darte libertad. A ti y a mí –dije abrazándola-. Yo también te amo. Y porque te amo, me debo ir –dije.

Y la besé

***

jueves

Las 4 Lunas (III Parte)

Tercera Luna:
LUNA LLENA

La luna llena aparecía en lo alto del cielo. Era de día. De eso si que me acuerdo también. Se veía enorme. Y la mirábamos desde el pasto del parque. Ahí estábamos; echados sobre el chal que habíamos traído, mirando el cielo azul adornado por esa luna. Me sentía feliz ahí. El tiempo se detenía para mí estando contigo. Sin dejar de mirar al cielo, tantee el suelo para poder buscar tu mano. Entrelacé la mía con la tuya y tu voz cortó el silencio:

- ¿En qué piensas? –me decías-.
- Pienso… pienso en lo que siento ahora –tratando de salir de mi trance-.
- ¿Y qué sientes? –insistió-.
- Son muchas cosas, “hija” –le respondí con ternura-.
- Bueno, “padre”; ¿las puedo saber? –sonriéndose del que haya dicho “hija”-.
- Si, “hija mía”. Puedes –contesté-.

Y me acomodé para que mis ojos dieran en los tuyos.
Ahí te hablé de que mi corazón era dichoso de tenerte. Y que me sentía complacido de que tuviera otra oportunidad de ser feliz. Y, por sobretodo, que ya no sentía ese miedo de aventurarme de nuevo, pues me sentía tan seguro como cuando mi madre me abrazaba en su regazo para decirme que todo estaba bien. Era una sensación de calidez que hace mucho no encontraba. “Así que era eso…” -me decías-. “Sí. Eso, y que siempre me has dicho la verdad” –rematé-.
Y te besé.
La luna llena se volvía testigo mudo de un beso que me decía tanta verdad sin tener que hablar. Era como un momento sin tiempo, sin medida, sin espacio. En que me sentía en la nada. Solo. Solo contigo. El mundo podía estar yéndose al barranco y ranas podrían haber llovido del cielo en ese momento; sólo estaba preocupado de que esa sensación no se fuera jamás y de haber muerto con el calor de tus labios en los míos. Nada importaba.
Sólo tú importabas.
Y abrí mis ojos y no estabas. Corrías por el prado riendo con esa risa fresca de esa vez en el café. “¡Alcánzame si puedes!”, me decías. Y corrí hasta ti. Tu aroma me decía qué camino tomabas. No te miraba; seguía tu aroma. Podía identificarte entre el aroma del pasto verde recién cortado, las hojas de ese otoño precoz que caía sobre la ciudad.
Te perseguía, como un sediento al oasis.
Aún entre miles de voces gritando, calles llenas de ruido estridente; tu voz me era absolutamente audible. Con voz de niña me decías “No corras más, si ya me tienes atrapada…”. Pero insistía: no te tenía amarrada a un abrazo; no podía sentir esa respiración entrecortada por el correr y el ansia nerviosa de un beso furioso.
Te quería mía; completamente en mis huesos pegada; infinitamente conocedor de tus deseos y cumplirlos a cabalidad.
Abrí mis ojos y realmente no estabas.
Estaba en mi cama, bañado por la luz tenue de la luna llena de ese otoño precoz.
Buscándote.
Me había quedado dormido y desperté en medio de mis libros, apuntes, lápices, la taza de café vacía y el cenicero lleno. Y mi celular sonaba. Marcaba un mensaje de texto. Miré la hora y eran más de las 2 de la mañana. Tarde. Mañana tenía que estar fresco para irme a la universidad. Ya sabía lo que era estar cansado para las pruebas. Y eso, era fatal.
No quise abrir el mensaje. Tenía que dormir. Volver a soñar con ese sueño. Era tan lúcido. Tan real.
Y traté de buscarte de nuevo en mis sueños.
Llegó la mañana y así, también tener que ir a la universidad. E inicié mi ritual de todas las veces en que tengo mis exámenes: la ducha, el afeitarme, el vestirme de terno y corbata, el café cargado y sin azúcar y el denario del recorrido.
Oraba en el camino, más que nada, para que esa sensación del sueño gobernara mi vida. Más que querer el éxito de esa mañana, deseaba tu presencia. Habían pasado días sin verte. Y pensaba en que estabas bien lejos. Hacían días en que tu voz no se oía por mis oídos.
No sabía que pasaba.
Ya de vuelta a casa, leí el mensaje del celular. Cuando lo abrí pude sentir, otra vez, esa bilis amarga que me recorría de nuevo las venas. Esa sensación de odio intenso que había dejado atrás. No necesitaba volver a saber de ella de nuevo. No quería volver a repetir perpetuamente ese dolor que dejaba atrás estando contigo. El mensaje decía algo así: “Perdóname. Quiero dejar de soñar contigo…”. ¿Por qué yo tenía que saber eso? ¡Por qué carajo no me dejaba en paz! Yo ya no soñaba con ella desde que llegaste a mi vida. Tú, esa mujer de risa fresca y alma veraz. Y esa era la única cosa que me salvaba de caer en una espiral de venganza.
Ya no quería saber de ella.
Pensaba que la había dejado atrás.
Al parecer no era tan así.
Sus palabras tenían en mente una cosa, pensé. Era ponerle atención. Lo consiguió. Y me sentía estúpido. Caía como un niño de pecho ante un juego tan absurdamente, que me daba lástima. Y rabia. Rabia de ser un tarado. No necesitaba volver a rememorar lo mucho que me dañaste.
Y luego, el baldazo de agua fría.
Tus noticias.
Tu pasado también llegaba a la puerta.
Llegaste en una noche despejada. De una luna llena que durante toda la noche, se teñiría de rojo por el eclipse.
Golpeaban la puerta y fui a abrir: ahí estabas tú. Radiante, pero con la tristeza en los ojos y con la verdad atravesada entre tu garganta y los labios. Pasaste y te invité a tomar asiento. Me dijiste que me sentara antes que pudiera decir algo más que un hola. Con un suspiro profundo, me miraste y empezó el diálogo:

- Vengo a decirte algo. No me tomes a mal. No pretendo mentirte. Tú sabes que eso no te mereces. Y por eso estoy aquí.
- No me asustes. Pareciera que fueras a decirme que cometiste un crimen o algo peor.
- No seas tonto –me dijo sin perder la seriedad-.
- Perdona, de verdad… -le dije con cierta vergüenza-.
- Está bien. Mira, vengo a decirte que hace unos días, mi ex vino a visitarme. Me dijo que quería volver, que me amaba y que había cometido un error –me decía con una convicción triste y con cierta pena-.
- Pero, ¿qué no me habías dicho que todo ya estaba cerrado y que ya no volverías a él por todo lo que hizo? –pregunté un tanto sorprendido-.
- Si. Y te lo dije y a él también –habló con sequedad-. El problema no es él. Es lo que siento ahora.
- ¿Y qué es lo que sientes ahora? No me angusties más.
- Me siento en confusión. Estoy confundida –dijo-. Yo siento que no he cerrado el capítulo. Y que no te mereces que esta confusión haga que todo lo bueno que hemos logrado se pierda. Menos que sientas que te traiciono –cerraste-.
- ¿Y que hago ahora con todo lo que siento? –pregunté airado-. Me cuesta comprenderlo. Me cuesta aceptarlo –le decía dolido-.
- Lo sabía. Sabía que pasaría eso. Pero nada sacaba con mentirte y mentirme. Creo que debemos ponerle coto a todo esto. Ir mucho más lento de lo que íbamos.
- ¿Sabes algo? –le decía seriamente-. Tienes razón –le dije mientras caminaba a buscar mis cigarrillos-. Yo no puedo luchar contra algo que aún desconozco. No puedo luchar contra un pasado tan fuerte para ti y con un recuerdo tan duradero –le decía mientras encendía uno-. Acato tu decisión –sentenciaba, aspirando el humo de la primera bocanada-.
- No quiero que acates. No es una orden. Tienes derecho a saber la verdad y aquí estoy, frente a ti. Nunca haría algo para mentirte. No te lo mereces –respondiste-.
- Escúchame, “hija mía” –le dije son una sonrisa- : si lo acato es para no olvidarlo. Necesito ordenármelo para no cometer alguna estupidez -decía aspirando nerviosamente el cigarrillo-. No estoy dispuesto a perderte. No ahora. No cuando tú me has ido sacando de un agujero oscuro. Sólo que todo ahora, será distinto. Empezar de cero será difícil –y apagué el cigarro en un cenicero lleno de colillas de ayer-.
- O.K. Desde ahora, tendremos que ser más mesurados.
- Debemos medirnos en lo que nos decimos acerca de lo que sentimos, pensamos y decimos –decía pausadamente-.
- Es cierto.
- Lo que sí no quiero, es perder eso que teníamos.
- Sabes que ahora será distinto –replicabas-.
- Yo me refiero a la confianza. A no perder la amistad. A eso que nos juntó –le recordaba-.
- Eso no se pierde. Ten en cuenta esto –me decías caminando hacia mí-: yo tengo que estar en paz conmigo para poder iniciar algo nuevo –y me acariciaste el rostro-. Y quiero también que sepas, que no tengo que volver a buscar. Yo ya encontré lo que busco –y me besaste la frente-. Lo tengo aquí –me apuntaste-. En frente de mí.
- Está bien –le dije ruborizado hasta las pupilas-. ¿Amigos? –le pregunté con los brazos extendidos-.
- Amigos –y me abrazó-.

sábado

¿Sabes algo?





Sabes que todo lo que de mi boca

está saliendo es de verdad.



Sabes que de tu boca todo lo que sale

es mentira e increible para mi.



Sabes que todo

ha sido por tí. Por tu culpa.



Y sabes, por sobre todas las cosas

que no soporto que intentes ser vícitma.



Porque, ¿sabes algo?

No te creo. Y no lo haré.



¿Sabes por qué?

Porque por más que intentes, el daño está hecho.



Y sabes que todo esto es verdad.

martes

Las 4 lunas (Parte I y II)




Primera Luna:
LUNA NUEVA

Había luna nueva cuando te conocí. Eso sí que lo recuerdo bien. Recuerdo que estabas sentada en la esquina de ese café fumando pausadamente, riendo con lo que tu amiga te decía. Tu sonrisa era muy dulce, afable, llena de frescura. Yo te miraba desde mi mesa por detrás de mis gruesos libros de derecho que tenía que estudiar. Me trataba de esconder de ti. Me sentía amedrentado por tu increíble capacidad para llenar el lugar de tu presencia. Encendí un cigarrillo para intentar así matar a mi nerviosismo. Llamé al mesero y le pedí un gran tazón de café. “¿Con azúcar?”, me preguntó. “Negro, por favor…” le dije. Mientras iba por mi café, me ponía mis audífonos y le daba play a mi reproductor. Sonaba Vasconcellos: “...ciudad traicionera, no se hace eso…”. No la había pasado muy bien en estos meses. Y verla a ella me hacia querer y pensar todo aquello que me había prometido no querer o pensar. El cigarrillo se había consumido.
No la estaba pasando muy bien en esos tiempos. Venía saliendo de algo bastante complicado. Había perdido parte de mi capacidad para poder aventurarme. Pero, ahí estabas tú. Y yo no podía abstraerme de mirarte y sentir curiosidad de ti.
El mesero traía mi café y yo seguía con mi reproductor escuchando “...be yourself, no matter what they say…”. Ahí me atreví. No podía dejar de ser quien era, aún cuando había sido arrasado por el dolor. Tomé mis cosas y mi café para instalarme en la mesa de tu lado. Quería instalarme allí sólo de curioso, como un niño pequeño asombrado de la maravilla que ante sus ojos había. Tu sonrisa me quitaba parte de mi concentración, y me empeñaba en que no vieras que yo te miraba. Estaba nervioso. Y eso lo notaste.

- ¿Por qué me miras?
- Porque… este… yo…
- ¿Acaso te gusto?
- ¡No!… ¡Perdón!... ¡Sí!... ¡Carajo!

Ahí te reíste. Y con muchas ganas. Me había sentido totalmente un perdedor. Pendejo. Pero, aún así, ganaba. Y comenzamos a hablar. Nos presentamos con todas las formalidades del caso: mi nombre y el tuyo; lo que hacías tú y yo; que cómo se llama tu amiga; que qué hace ella. Todo lo trivial de una conversación entre dos desconocidos –más tu amiga- se dio en ese día. Yo no pude abstraerme de decirte que me encantaba tu sonrisa, sin ruborizarme hasta las cejas. Y a ti, mí gracia para lograr justamente eso: una sonrisa. Nos empezábamos a sentir a nuestras anchas. Sentía que la vida me devolvía la mano.
Quedamos de volvernos a ver un día de estos. Nos dimos nuestros números telefónicos y direcciones electrónicas para que, de no vernos, pudiéramos seguir en contacto.
Aún conservo eso.

Segunda Luna:
CUARTO CRECIENTE

Son ya las tres de la mañana. Yo no me explico qué hago tan tarde despierto. Me asomé a la ventana y vi como la luna salía. Mucho antes. Y fue extraño. La luna, en forma de uña, salía blanca, imponente. Como un guiño que el mundo me hacía. El mundo sonreía conmigo.
Crecía algo. Como la luna.
En ese entonces, aún no éramos nada más que dos extraños en el mundo, que de a poco iban interesándose en el otro, para determinar el sentido del camino que habían optado seguir. Pero, había algo que me perturbaba. A mí, mis fantasmas me perseguían de nuevo. Hubo que en mis sueños, lo único que soñaba era en repeticiones dolorosas de mi “felicidad” con ella. Me dolía. Yo ya no soñaba, alucinaba. Alucinaba del dolor que me producía. Imaginaba la letra de Queens of the Stone Age: “...close your eyes and see the sky is fallin’...”. Sentía eso: que el cielo, al cerrar los ojos, se derrumbaba por encima de mi cabeza. Eso, sumado a que hacían muchos días que no sabía de ti. Me desesperaba el hecho de no comunicarme contigo.
Pero, a medida que iban pasando esos días angustiosos, me di cuenta, que ese dolor, ese sufrimiento era por algo. Sucedía. Era real. Y que debía transformarlo en lo que era: un recuerdo. Y que a esta edad, era casi imposible no sentirlo así. Lo importante era saber vivir con ello. Y avanzar. Porque, para mí, mi meta era, es y sigue siendo una: ser feliz. Nada iba a impedírmelo.
Cuando tuve noticias de ti, fui feliz. Tuve en mis manos tu carta. Y leyéndola me fui dando cuenta que algo en ti también crecía. Había una semilla de algo que aún no tenía nombre, posición o estado de avance. Pero estaba y existía. Y era feliz. Mis ojos brillaban a medida que iba devorando cada trozo de palabra; cada párrafo de esa misiva. Y no dudé en hacerte una llamada. Tomé mi teléfono y marqué tu número.

- ¿Aló?
- Si, ¿con quién hablo?
- Hola. Soy yo.
- ¡Hola! ¿Cómo estás? Que alegría de escucharte.
- La mía es más. Te extrañaba.
- ¿Sabes? Aún cuando suene extraño, yo también.
- Es bueno saberlo.

Así, íbamos hablando de nuestra larga ausencia y sentía por dentro nerviosismo. Como si hubiera vuelto a tener quince de nuevo y tuviera en frente a esa niña que me quitaba el aliento y me atochaba las ideas en la cabeza. Me sentía lleno de muchas cosas. Habías hecho creer a mi corazón que no hay mal que por bien no viniera. Me habías hecho avanzar. Me habías extendido la mano para volver a pararme y enfrentar mi meta. Me hacías feliz.

Continuará...

viernes

Insomnio


No me deja dormir tranquilo.
Me muevo una y otra vez en la cama.
Me agito. Trato de cerrar los ojos y de respirar profundo, pero no me puedo quedar dormido.
La luz de la luna llena entra por una rendija de mi ventana. Las formas que se van formando con el juego de luces y sombras es un juego que hago para quedarme dormido. Pero, ni así es posible. “Mejor me levanto” pensé.
Me levanto a tientas. No quiero encender la luz. Hace mucho calor en la habitación. En mis pantalones trato de hurgar para buscar mis cigarrillos y el encendedor. Me hice de ellos y fui al balcón. Enciendo uno y pude ver mi rostro cansado y con los ojos hinchados. Hinchados de lágrimas atragantadas. De dolores que en su momento no expulsé de mi sistema.
En la cabeza me estaban dando vueltas muchas preguntas, que a lo mejor, nunca me iba a poder contestar o que no me serían dadas nunca. Sabía que ella rondaba por la habitación. En las paredes estaba su silueta, su aroma impregnado en mis sábanas. Ella estaba en toda la casa.
Y eso es lo que no me deja dormir. El dolor es mucho. Me había dejado. Me había engañado. ¡Maldita!
Aspiro molesto mi cigarro. Ahora sé que hasta que el alba llegara, el sueño no me iba a caer en el cuerpo. Tengo que dormir. Mis sueños son el único lugar de donde podría sacarla. El sueño. Todo fue un sueño. Todo fue muy vívido para ser falso. Y quedé como todo corazón desilusionado. Esparcido por el piso. Deshecho.
¿Se puede odiar lo que se amó? Por lo menos, esa pregunta, estaba demás. Lo único real que mi corazón siente es eso: odio. Puro, destilado, claro. Como una hiel que me recorre las venas.
Y, de pronto, con los ojos ciegos de lágrimas, mi puño se fue a estrellar con el muro. Quería sentir otro tipo de dolor. No advertí el dolor. No me importó. La sangre que mana de mi mano es clara señal de que no estoy dormido. Estoy despierto. Y ella no está.
No me quiero hacer amigo de las pastillas. El Diazepan, la Fluoxetina y todas esas pastillas antidepresivas hace mucho que no me vienen. Aletargan. Lo vuelven a uno como idiota. Es una salida fácil. Además, con todo lo que en este momento siento, de imprudente, me intoxicaría. Y los caminos eran dos: el hospital psiquiátrico o el cementerio.
Si hay algo a lo que le temo más que a no poder olvidarla, es a morir. No soy lo bastante estúpido para matarme. O lo suficientemente osado para atreverme.
Mi cigarro acaba consumiéndose en mi mano y me doy cuenta de ello sólo al notar un punto rojo entre mis dedos y la colilla cayendo al vacío. Creo que llevo un buen tiempo y miro el reloj de mi cómoda para darme cuenta de que el tiempo no es mi amigo ahora. La adrenalina que corría por mi cuerpo se acaba y el dolor de la mano es, ahora, una puntada que se extiende por mi antebrazo. Mis dedos laten. Mis ojos aún no se sienten cansados y mi ansiedad quiere otro cigarrillo.
Salgo del balcón y me voy al baño a buscar algo de gasa estéril y alcohol para limpiarme la herida. A la luz me fijo que era más sangre que herida. Pero, aún así, la mano se me ve amorfa, hinchada, ensangrentada. Es como si tuviera un globo en vez de mano. Limpio mi herida, y la vendo mientras enciendo un cigarro. Sobre el lavatorio lo dejo y termino de hacer la curación.
Fumando, me voy camino a mi habitación. A ver si descanso. Me tiendo sobre mi cama, sin taparme, sin sueño, sin ganas de nada. Fumando, con el cenicero sobre mi pecho. Pensando en nada más que en dormir. Y no soñar. No soñar con algo que no era; con sentimientos de humo; con casas sobre la arena. Sobretodo, no soñar contigo.

Enciendo el televisor. Demos gracias que compré el pack más grande de canales de cable.

Parral, enero 2007