viernes

Yo confieso*

("Otelo y Desdémona (Boceto)", cuadro de Antonio Muñoz Degraín)


No se si debí.
A lo mejor me dejé llevar. Si, eso: me dejé llevar.
Pero, lo hice de todos modos. Hacerlo no me hizo sentir mejor. Se sintió bien al comienzo. Fluir mi adrenalina por mi cuerpo; sentir mis músculos ponerse tensos, rígidos, pétreos. No pensé. Solo actué.
No sentí, no ví, no oí.
Me volví ciego al clamor de sus labios. No existía.
Me hice el sordo.
No dije nada. Mi boca estaba cerrada y mi corazón también.
La sangre fluía por mi mano herida. Era una herida ardiente, húmeda, dolorosa. Quemó mi piel hasta ya no sentir nada.
El dolor era bueno.
El tiro no me había quebrado ningún hueso. Pasó limpio por mi mano.
No me creí capaz. No pensé que podía hacerlo.
Pero, miré mi mano sangrante, el arma en mi mano derecha y su cara de espanto. y supe que podía ser capaz de todo. Incluso de matarla. Me podría convertir en un asesino.
En un acto instintivo, corrió a abrazarme. Y yo le apunté, en un movimiento casi reflejo.
Quedo helada, con los brazos extendidos y la mirada abierta.
No entendía nada.
Lloró, gimió y suplicó que la dejara ayudarme; que la perdonara; que no lo volvería a hacer.
Mientras la oía, recordé por qué me dí un tiro en la mano; por qué le apunté, por qué quería matarla, odiarla, destruirla.
Me importó un carajo lo que me dijo. Apreté el gatillo.
Dos tiros y al suelo con ella.
No dije nada. El silencio llenó después el lugar que había ocupado el sonido de las balas.
No sentía, no veía, no oía.
El dolor era bueno. Y más si te lo hacía sentir en tu cuerpo.
¡Pam! ¡Pam! Estaba muerta.

Eso fue lo que pasó, su señoría.



* Ad memoriam de las 49 víctimas de femicidio en Chile.

domingo

Beso

("El Beso", cuadro de Gustav Klimt)




Cuando se acercó a mí, me miró a los ojos y de súbito me besó en los labios.
Fue un beso largo. Me mordió el labio inferior y con eso me hizo hacer un sonido mezclado de dolor y escalofrío.
Me entrelazó con sus brazos y me tendió en la cama.
Me desnudó y me siguió dando ese beso largo y mordido.
Yo sólo cerraba los ojos y me dejaba llevar por ese beso.
Estaba en paz.
La sentía abrazarme con fuerza. La sentía como la tierra húmeda en el invierno.
Cuando abrí los ojos me ví.
Estaba con los ojos abiertos. La mirada de mi propio rostro estaba perdida en un punto perdido del techo y uno de mis brazos colgaba por uno de los lados de la cama.
No lo creía.
Ahi estaba, tumbado en la cama, solo. Y muerto.
Me acerqué a mi mismo para verme.
Pero una mano me detuvo.

"Deja que los muertos entierren a los muertos. Tú, ven conmigo". Y la muerte, me tomó de la mano y me entrelazó en un abrazo que me quitó el aliento. Y me volvió besar. Y sentí como me llenaba de su calor mi boca y traspasaba con sus dientes mi labio inferior.

Y todo se volvió luz.
Ya no sentía miedo ni tristeza.
Sólo paz.

Había muerto.

jueves

Frío

("Rostros Congelados", fotografía de Julio Cesar Barón)




Hace frío.
Mi café se pone helado, a medio terminar, sobre mi mesa de noche y un cigarrillo muere en el cenicero que ya no resiste tanta colilla y ceniza.
He esperado toda la noche para poder ver, al menos, una señal de tu existencia.
Mis ojos me pesan.
Están hinchados. No he dormido nada.
El teléfono suena. Corro a tomarlo.
Mi corazón se acelera a medida que el teléfono repica una y otra vez.
Levanto el auricular.
Una voz de hombre. Fría, policial, cortés.

- ¿Aló? –traté de decir.
- ¿Señor Lazarini? Le habla el sargento Méndez, de Investigaciones –me contestó su voz baja.
- ¿Investigaciones? Me está usted molestando, ¿no? –dije extrañado.
- Perdone, pero esto (recalcando el “esto”) no es un juego. Requerimos su presencia en el cuartel para poder hacer el procediiento de reconocer a la víctima –respondió Méndez con la seriedad que el cargo le da.
- ¿Qué… qué ha pasado? ¿Para qué me necesita? –repliqué con la angustia anudándome la garganta y subíendome por la misma como una mala comida.
- Señor Lazarini… -hizo una pausa eterna-. Su esposa ha muerto –sentenció secamente.
-…- no respondí.
- Le esperamos. Y perdone. Lamento la pérdida.

Y ahí quedé.
Frío. Estático. Mudo. Con el cuerpo y la cabeza fisuradas en millones de recuerdos que se volvían pasado, historia. Nada. Sólo imágenes.
Y tu cuerpo.
Tu cuerpo está lívido, blanco, despojado del color de la vida.
Tus labios han adquirido el solemne color púrpura de la muerte. Te ha besado antes que yo.
Todo se ha vuelto tétrico, helado, triste. Como la morgue en la que me encuentro.
Me dejaste.
Frío.
Y por Dios, te juro: nunca sentí tanto frío como ahora.