sábado

Claroscuro

("Ojos cerrados", oleo sobre lienzo de Eduardo Alvarado)





La luz mortecina de la vela es lo último que queda. En las penumbras, bebo en silencio el último concho de vino de la botella que había comprado. Su aroma me llena la nariz y se me sube a la cabeza, calientan mi cuerpo y mis ideas.
Miraba con cierto asombro el juego de luz y sombra que se daba en el comedor. La cena ya se había enfriado y mascullaba mi mala fortuna bebiendo pausadamente el Cabernet que compré.
Ya estaba algo ebrio: de vino y de molestia.
La vela se consume con avidez y sigo aqui, sumido en el claroscuro de esta habitación, haciéndome parte de esas oscuridades que van llenando este espacio que se hace cada vez más enorme y uniforme a medida que la luz mengua.
Y, de pronto, la vela cesa de iluminar.
Quedo detenido en el negativo de la luz y me hago parte del espacio oscuro y constante. Y el vino, también desaparece. La última gota rueda entre mis labios y mi barbilla, como la lengua de alguien lamiéndome hasta la manzana de Adán. Me seco y palpo circularmente.
Ahora, todo me parece tan fantasmagórico, callado, homogéneo, cavernoso y sombrío. Siento que he entrado en mí mismo; en el rincón más profundo de mi alma.
Y para apaciguar esa sensación de penumbra sólida y tangente, enciendo un cigarrillo y vuelvo al exterior de mi ser por un segundo para darme cuenta de que aún sigo aquí, en este comedor, con toda esta comida fría y la botella vacía.
El vacio empieza a perderse.
Comienza el reinado del humo y el sonido de la quema pausada y ardiente del papel del cigarrillo que crea una tenue intermitencia entre esa sólida negrura y la cena a medio comer.
Las horas pasan.
La ausencia de luz se hace cada vez presente como un ente, un ser lleno de materia y dispuesto a hacer suyo todo lo que le rodea.
De pronto, un haz de luz quiebra la lobreguez de la habitación. Una ráfaga se deja caer desde la calle.
Un sonido. Un motor.
Levanto mi cuerpo para acercarlo a la ventana cerrada y hago muy lentamente a un lado la cortina, como si tuviera miedo del exterior, del mundo. Como si sufriera de agorafobia.
Intento adecuar mis ojos a la luz que va entrando en ellos. Y cuando lo logro, descubro una farsa: ella besa a quien le acompaña, con una mezcla de furtividad y deseo que sólo los amantes suelen derrochar en ellos.
Es un beso culposo. Un beso que quema la piel y que la llena de una suerte de sensaciones entremezcladas y vitales.
Me bastó solo verlos unos segundos para comprender que ante la luz más brillante, la ceguera llenó mis sentidos para conducirme al secreto más triste: se puede ver mejor con la mirada puesta en las pequeñas luces invadidas por las sombras que ante la luminosidad constante.
Dejé de ser ciego en la oscuridad y la luz.
La pupila ya se ha sanado y entrenado.
Ya lo he visto todo.