lunes

Ensayo contra la mujer


("The fauve woman", cuadro de Camelia Toma)

Tengo rabia contra la mujer en general. Pero, mi ira no tiene por qué recaer en aquellas que son parte del círculo exclusivo y posesivo que detento. Más rabia tengo de las mujeres que son frías como un témpano; aquellas que piensan que, lo único en su vida, es el estereotipo de la hermosura, el dinero y aquellos a quienes se entregan por unos cuantos pesos. Esa clase de féminas me asquean. Las desprecio desde lo más profundo del corazón y las trato como las cosas que son; independientemente si ellas son personas al igual que uno.
Estoy completamente furioso con la mujer etérea, que vive del sueño "rosa" las 24 horas del día. Y no habla de qué tan cursi y empalagozamente puede llegar a ser la vida. Para ellas, el momento "especial" es como el Grial para los templarios: las lleva a una clase de plenitud de certezas; una clase de cuento de hadas y una exsudación del romanticismo que hace que lo dulce y simple se vea como lo más insoportable. Pero, siendo honesto, no puedo odiarlas tanto como a las primeras. Mal que mal, viven en un mundo que las trastorna, y que las vuelve, en el lenguaje del derecho, unas incapaces absolutas.
También me quiero quejar de aquella mujer que cree que todos somos iguales. Que vive estigmatizando al resto por la herida del pasado y que, por la cual, cae irreversiblemente en un círculo vicioso que tuve la -mala- oportunidad de conocer. Eso las carcome por dentro. Ellas, en parte, me dan pena. Siento que su vida ha quedado anclada a una parte del pasado que aún no superan, que, quien tenga la desdicha de tener la oportunidad de caer en ese jueguito de desclaficaciones y comparaciones idiotas que no llevan a nada, no sabrá lidiar ni tampoco buscar alternativas de solución de esas controversias, que, hasta cierto punto, te pueden llevar a explotar.
A ellas no las aborrezco, ni las odio: las compadezco. ¡Superen sus traumas y luego, vivan su vida como corresponde!
En este escrito, no quisiera dejar de lado a aquellas mujeres que pretenden o en verdad se las saben todas. Y que, con ello, nos miran por encima del hombre y se sienten con un grado de superioridad respecto del resto de los mortales (en este caso, los hombres); que piensan que somos unos inútiles y que hay que enseñarnos todo de nuevo como si fueramos retrasados mentales o simplemente idiotas. A ellas, quisiera decirles que son tan mortales y mundanas como todos nosotros. Los romanos tenían un dicho que les decían a sus generales al entrar a Roma triunfantes: "Recuerda que eres un mortal". El día en que se equivoquen, caerán innegablemente en el abismo del cual será dificil salir. Además, siempre hay uno más listo que uno, y les puede pasar la cuenta todo lo mal que obraron aún pensando que le hacían "un bien a la Humanidad".
Pienso que, después de todo lo que he expuesto, sobretodo las mujeres que lleguen a leer ésto, pensarán que soy alguna clase de resentido; un remedo de perdedor y un don nadie; que no tengo derecho a ser llamado derechamente un "hombre", sino, mas bién, un completo y perfecto "maricón".
La verdad, es que no es asi.
No lo soy.
Yo soy testigo tangencial y presencial de todo lo que hablo. ¿Han visto a algún hombre decirlo con todas sus letras, en su cara, y no haberse arrepentido luego? Me imagino que no. Todos ellos han buscado el consenso, la mesura.
Yo sólo digo esto para que, se den cuenta, que a veces, un hombre percibe cosas mucho más alla de lo que realmente ve. Que la perfección no está en los hombres, sino en la mujer. Y tengo la esperanza de encontrarlo.
Ha sido cierto que a medida que he ido avanzando en el texto he sido bastante duro, incluso cruel e insensible y falto de tino. Pero, decirlo es un paso al cambio de toda esta puesta en escena de máscaras, ilusiones y maqu¡llaje que hoy por hoy, existe.
Si digo todo esto, es poque sólo busco una mujer; una, que sea un tanto altruista, letrada, con un dejo de sabiduría y de inocencia; con mano suave para ordenar pero firme para conquistar. No una materialista, resentida con el género masculino y que no trate a la pareja como un idiota o niño.
Bueno, somos niños, aunque no en la forma que creen.
La serenidad, sensibilidad y seguridad, sumado a la oportunidad de que esté abierta a la posiblidad del crecimiento mutuo sin necesidad de lo banal, es lo que yo espero en una mujer. Que pueda ver que puedo poseer cosas que pocos tienen y que me enorgullecen.
¿Saben algo? Estoy siendo demasiado exigente y sobretodo, un ilusionado. No creo que mi texto llegue a grandes lugares o sitios donde muchos puedan leerlo; pero, siento en parte, que he dado un gran paso en conseguir la transmisión de un mensaje que muchas mujeres de pronto esperan oir de un hombre y desean una real demostración de lo que sentimos.
Por eso, ahora ve y juzga. Yo sólo alego en mi defensa, una frase: "No es malo lo que entra por boca del hombre, sino lo que sale de ella, pues viene de su corazón".


*Nota: Este texto no tiene nada de sexista ni tampoco de algo que a algunos les gusta llamar "falta de criterio". Simplemente es un descargo a una situación que comunmente se da en mi persona y que, de hecho, me ha llevado a pensar seriamente en qué espero yo de las mujeres.


(Detalle del cuadro "Tea cup", de Jackson Pollock)


Te amo.

Ridículo suena al nombrarlo de boca
de quien no tiene ni dientes

para masticar el dolor de tanto pensar
en dónde estás.

Te extraño.

Absurdo es el querer recordarte
con el beso que no fue

que se quema en la comisura
de mi boca
y que no se quita con nada.

Te deseo.

Yo ni eso puedo hacer
porque tu cuerpo dibujado sobre mí

se lo lleva la marea de a poco
enviada por la duda

a desteñirme el corazón.

¿Me queda algo?

Solo te.

En una taza me lo bebo
para pasar el nudo de la soga.