miércoles

Sicario (2ª Parte)



Por Yilux

Bajo la bóveda de la alameda, en una de las intersecciones, se encontraba un viejo bar que pareciera que pretendía estar escondido, lejos de la gente normal.
Freak.
El piso de pequeñas piedras blancas y negras estaba prolijamente tallado con figuras de ajedrez; cada cuadrado tenía dibujada una figura diferente aunque todas estaban inspiradas en el antiguo ejército chino.
El dueño era un viejo que lucía un parche estilo pirata que cubría el espectáculo en su cara. El ojo se salía de su cuenca cada vez que se reía de buena gana. Por supuesto que era comprensible que nunca lo hiciera.
Vitto solía ir al lugar y don Saúl conocía su oficio.
La luz era escasa y el olor a vinagre se impregnaba en la nariz por un buen rato en cuanto se entraba.
Vitto saluda al dueño como si se ventilara la papada mojada de sudor en un día de verano.

- Don Saúl, buenas noches
- Tanto tiempo Vittorio. ¿Qué te trae por acá?
- Negocios Don Saúl, necesito el privado para poder conversar con el hombre
- Está ocupado pero te lo desocupo al tiro. Está la Sonia chupándole la diuca a un huevón.
- ¿De verdad?
- Si, de vez en cuando la dejo ocupar la salita y nos vamos 80 y 20. Además que la chiquilla no tiene en dónde trabajar con sus clientes. Ahora no le gusta ir a la casa de sus pololos porque la última vez le sacaron la chucha, la violaron cuarto huevones y no le pagaron ni uno, ni pa' la micro.

Era mejor en mis tiempos, de eso no hay duda.
Don Saúl desaparece en el fondo de un pasillo oscuro.
Vitto no mira a Ricardo, pero lo mantiene vigilado.
El viejo conocía el trabajo de Vitto y más de alguna vez le había ayudado a desaparecer algún cadaver en las quemas de mora en otoño en la parcela de don Saúl. Vitto se sentía seguro ahí.
Desde el fondo se escucha a alguien gritando.

- ¿Qué te crei’, conchas de tu madre, ah? ¡Lárgate degenerado de mierda y no vuelvas más, degenerado hijo de puta! ¡Por qué no te vas a afilar a un motel saco de huevas!

Don Saúl toma al hombre de la solapa y lo empuja. Mientras mira a la Sonia que pareciera que iba a explotar de risa. Don Saúl le cierra el ojo.

- Y usted mijita, ¿cómo se le ocurre andar con esta mierda que la trata así?

El tipo corre hasta la salida hasta que desaparece entre la noche y la neblina.

- Gracias don Saúl. Ya me tenía chata ese huevón. Aquí tiene.
- Muchas gracias, Soniecita, Cuando quiera no más.

El hombre mira a Vitto.

- Vittorio estamos listos, ya te desocupe la sala.
- Demórate lo que quieras no más, Vitti.

Don Saúl cada vez que podía le recordaba a Vittorio que le gustaba "Analízame".

- Camina huevas.

Ricardo avanza sin decir palabra, estaba consternado, sabía que no podía escaparse de esta.
La sala era un cuarto negro con las murallas ansiosas de pintura. Llena de cajas y javas de cervezas y bebidas. En una esquina una mesa con tres sillas bajo la luz de una campana estilo ring de box que sólo iluminaba la mesa.
Era así porque hacía tiempo ese era el lugar en donde don Saúl y sus amigos jugaban poker. Fue en una de esas noches cuando por querer pasarse de listo a don Saúl le clavaron en el ojo un sacacorchos.

- Ya señor, tiene dos minutos para decirme lo que yo ignoro.

Ricardo tomó asiento y comenzó a hablar.

- Primero quiero que me diga lo que mi esposa le dijo de mi.

Vitto saltó de su asiento encima de su blanco.

-Mira, huevón, no te maté porque dijiste que tenías algo que decirme. Si no es así, en minuto y medio te meto una bala por la boca. Así es que comienza hablar rápido.

(continuará)

lunes

Sicario


Escrito por Yilux

La calle empapada no importaba a esas alturas del encargo. El único farol de la esquina entregaba mucha luz al ambiente como para seguir esperando ahí. Faltaba poco para que el encargo llegara. El asunto era claro “envarar con notificación”. Eso le molestaba mucho, porque antes de hacerlo, había que mirar a los ojos, quizás conversar unas cuantas palabras. Hacer un poco más amable el trato. Después de todo, el no era como todos los otros sicarios. Él se sabía el mejor de todos. Era callado, y todos pensaban que era mudo; lo que nadie sabía era que lo era por voluntad propia.
Sólo se sabía que era un hombre de temer.
Su voz era la muerte y sólo la conocían quienes debían partir a voluntad del contratista.
Tenía su lado amable, un sentido de justicia un poco más amplio que la concepción occidental; era de trato justo y preocupado por el bienestar de los más desposeídos.
No mataba por matar: era un juez. Escogía muy bien a sus víctimas y era normal que rechazara algún “encarguito”. No le importaba el dinero, sólo el problema.
Ya eran las ocho con treinta, la hora en que el encargo pasaba por donde él esperaba.
Vittorio estaba esperando, y a él no le gustaba esperar, ese era el momento más crítico de todo, el tiempo lo hacía pensar y eso lo desesperaba, convencerse de que podría haber sido alguien mucho mejor de no ser por su padre. Siempre pensaba en lo mismo, liberar a su familia de aquel monstruo siempre ebrio, había sido la primera decisión que le había costado más tomar.
Ocho treinta y tres.
Bajo el brazo, estaba el reloj que le había regalado el mismo fantasma en el que estaba pensando la última vez que su familia se reunió.
¡El tipo aparece! En la oscuridad, por última vez, revisa la foto para que no exista equívoco.
Saca un cigarrillo.

- Amigo ¿tiene fuego?
- Si creo que está…

Se revisa toda la ropa hasta que encuentra una deformada caja de fósforos. - Aquí está.
Las hojas del árbol anoréxico no resisten el viento y ceden a la gravedad. El Yiyo demora un siglo en encender el pitrén, el muerto vivo lo espera, entre tanto, de su parca saca algo que ya nadie usa: una petaca.
Mientras estira el brazo para recibir los fósforos, Vittorio hace un gesto de repudio, su padre usaba un aparato idéntico para mantenerse borracho.
- Muy amable.
- De na´.

El tipo hace ademán de seguir su camino, cuando Vitto lo detiene.
- Lo siento, pero fuiste un maricón.

El asesino era rápido, sabía lo que hacía, le estaba mirando los ojos mientras jalaba el gatillo suavemente.
- ¡No!
- ¡¿Cómo que no?! Decidió conversar.
- Tengo hijos, por favor llévese lo que quiera.
- No quiero nada, tu esposa es quien quiere que mueras, sólo eso me llevaré, todo.

El sujeto comprendió todo, y era preciso encontrar rápido una solución.
- ¿Tú le crees? ¿Sólo te quedarás con lo que ella te dijo de mí? ¿Qué hay de ella, sabes lo que hace?
El asesino vaciló por un momento, la pistola se alejó de la sien de su víctima que a esas alturas era una magdalena.
- Créeme, dame un momento para que te explique, por favor baja eso.
Cada vez tenía menos voz, el hombre se deshacía en llanto y al parecer tenía algo que decir. El escenario experimentaba un cambio y era necesario estar seguro.

Continuará…