lunes

Oración



Algo me inquieta.
Estoy intranquilo.
No estoy en paz.

Siento angustia.
Tengo miedo de lo incierto.
Quiero rendirme,
entregarme y someter mi voluntad.

No soporto lo que pasa.

Creo que me sobrepasa.

Quiero abandonar todo.
No sé si es lo que quiero.

No tengo más fuerza.

Siento como la soledad
se posa sobre mí
y me abraza.

Me estrecha entre sus brazos.

Me asfixia.

No sé.
Estoy raro.

Creo que me deprimí.
O tal vez es falta de voluntad.

Tengo miedo.

Me da pavor el pensar
que todo está equivocado,
que la vida me derrota
y me aplasta el peso que se acumula
día tras día.

Me siento desvalido.

Tan solo.

Tan lleno de dudas que me agobio.

Quiero huir de aquí.

Quiero evitarles una tragedia.

¡Dios, haz que pare!
¡Ayúdame!

Me siento tan pequeño
en este lugar tan grande.
Me siento extraño
en esta tierra extraña.
Me siento un desamparado
que no tiene amor,
no tiene apoyo,
no tiene respuestas
y no tiene abrazos.

Clamo a Ti.

Si, a Ti.
Al que llaman Todopoderoso.

Porque supongo que todo lo puedes.

Lo que te pido es esto:
no me dejes caer
y que todo lo que sucede
si es Tu Voluntad,
¡que se haga!

Sólo enséñamela.

Hazme comprenderla.

Hazme aceptarla.

Que así sea.

martes

Trébol



Sentía que quería suerte.

Caminé por la calle y quise llegar
Luego a la esquina

A veces, la suerte está ahí.

Típico.

Lugar común. Nada más.

Pero la encontré.

Allí estaba. Tierno. Verde
Brillaba en el pasto

Un trébol.

Lo tomé y pensé en mi suerte

Una hoja, un deseo
Dos hojas, más deseos
Y otra más. Más quería.

¿A ver? Otra vez:
Uno
Dos
Tres

Esto no es una margarita.

Esto no se deshoja.

Y me quedé con un cuarto
Un poco de suerte

Y a mí que se me olvidó
Que no había que deshojarlo

La mala suerte.

viernes

Epitafio



Hoy se fue un hombre al cual admiraba. Al cual quiero tanto como a mis padres. Y se fue sin poder decirle adios.

Se volvió una hoja otoñal. Cayó placidamente en el suelo, inerte. Te fuiste, viejo. Yo te creía un imortal, un bendecido. Dios te hizo alguien brillante, luminoso, altivo, combatiente, leal, generoso, cándido. Un fuego inmesurable que se consumió de repente.

Siempre te ví como un tipo encachado, rebelde, con onda. Un tipo que tenía una pinta hippie y que le encantaba la musica de Victor Jara. Yo siempre quise haberte conocido antes, haberte visto pelear por tus convicciones, tus ideales. Eras un hombre íntegro. Un gran hombre, una gran persona. Un padre para todos, para los de tu estirpe y para los que no lo eran.

Te vi tan pocas veces.

Pero, siempre que te vi, siempre te dije que te quería mucho. Nunca quise que sintieras que no te quería.

Puedo decir que te amaba.

Pero, hay una cosa:
en verdad, creo que deberia quejarme... ¿Pero de qué?

¿De que la vida es injusta?

¿De que Dios es una entidad sarcástica que -como decia mi hermano- es capaz de llevarse a las buenas personas y dejar en este mundo a las malas?

Si, aun no lo entiendo.. Aún no lo creo

Siento que es un chiste de mal gusto,una broma del dia de inocentes.

Pero, como decía en mi flog, sé que no es asi, porque siento frio; porque siento pena
porque todo esto no es un simple chiste de malisimo gusto, sino una realidad. Una realidad que no entiendo.

Creo en Dios, y aun, creyendo en El, a veces no lo entiendo.

No entiendo esto:
no entiendo Su razon para llevarselo asi. Me quisiera quejar, pero no puedo
porque mi corazon cristiano me dice que no... Yo creo que Dios hace las cosas por algo, que por alguna razon misteriosa y que como humano no entiendo, tiene un significado mucho mas profundo.

El tenia algo que decirme antes de morir y no me lo dijo.

Pienso que fue ésto:que se iba y que se iba a ir sin decirme chao.

Sin avisar.

Lo lamento horriblemente por sus hijos, por su esposa, por sus hermanos, por sus padres. Por mí y por mi hermano. Es una perdida enorme. Una luz gigantezca que dio claridad a muchos quienes se atravesaron en su camino.

Nunca negó su palabra ni su oido, ni su voz para cantar. Para decirte con cariño, alguna broma, alguna palabra de aliento, algun consuelo.

Se fue un ángel entre los hombres.

Un bendecido por Dios.
Un guerrillero. Un luchador, un hombre completo.

Te fuiste, Fidel.

¡Y qué correcto tu nombre!

Combativo. Revolucionario. Único. Fiel.

Eso eres para mí.

Eres alguien que ocupará un lugar bien especial en mi interior.



















Adiós, Fidel.

"Que el Señor te bendiga y te proteja;
haga resplandecer Su rostro sobre ti y te conceda Su favor.
Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz"

(Números 6, 24-26)





Adios. Hasta la otra vida.





Descansa en paz...



Dios, dale el descanso que merece...

jueves

Carta abierta a aquella mujer




"Y quizás el amor no es más que eso

una mujer o un hombre que desciende de un
carro
en cualquier estación del Metro

y resplandece unos segundos
y se pierde en la noche sin nombre"


(Óscar Hahn)




(Foto del Metro Lamark, en París)

Aquí comienzo mi carta. Igual como te conocí: escribiendo, solo y con un cigarrillo en mano. Es domingo y el cuarto donde estoy se hace infinitamente grande para llenarse de tu efímero recuerdo. No entiendo la razón de escribirte, pero el deseo de hacerlo es demasiado grande.
Pero, ¿qué decirle a alguien que no está? No quisiera ponerme esquizofrénico y empezar a responderme yo mismo las preguntas. ¿Para qué? Sería bonito oír lo que deseo oír, pero, el rebote del sonido me devolvería de una bofetada a la realidad: estoy solo en este cuarto, escribiendo y fumando, deseando oír cosas que necesito. No me imagino haciendo el mismo ejercicio de tu parte. Sería entretenido mirarte hablarle a un espejo, gesticulando y haciendo uso de tu mejor lenguaje para decirme -mas bien, decirte- lo que quieres oír. Suena loco. Lo sé. Pero, dime algo: ¿sería bueno hablarlo? Decirnos todo aquello que nos está pasando a ambos sería una terapia fenomenal. ¿Ves? Me estoy poniendo algo esquizofrénico. Debería alegar demencia y pedir que el caso sea sobreseído y guardado en las profundidades del tribunal destinado a resolver materias del amor.
El amor no se resuelve por el juicio. El juicio se pierde con el amor. Una frase que leí alguna vez, decía que el amor "es la enfermedad mas grave, porque ataca la mente, el corazón y el cuerpo". Y creo que todos los síntomas los tengo ahora. Me estoy enfermando lentamente.
¿Podré decir que estoy loco? No sé. Si lo estoy, mi percepción de la realidad estaría hecha añicos y éste no es el caso. Gracias que aún no te diviso en las nubes o en alguna sombra que se proyecta por las noches. No dejo, eso sí, de sentirme impregnado de tu nombre. ¡Maldigo el instante en que pude besarte y no lo hice! Pero pienso, de haberlo hecho: ¿no me habría vuelto más loco y mi conducta se hubiese descontrolado hasta el punto de haberme dividido en dos personas? ¿No habría empezado a hablar conmigo mismo y darme las respuestas que quiero? Es una posibilidad. Para allá me dirijo.
Eso sería sencillo si, por alguna razón, yo te conociera aún más. Entonces: ¿de que me he enamorado? ¿De un misterio? ¿De algo incorpóreo? ¿De un sentimiento? ¡No! Uno se enamora de una persona, pero de una que conoce -o deja conocerse-. Y éste no es el caso. Estás tan al alcance de la mano, cual fruto del Árbol de las Ciencias del Bien y del Mal y tan distante como la prohibición de tomar tal fruto. ¿No fue el comer la manzana lo que nos hizo personas? ¿No fue eso lo que nos humaniza?
Mi carta es para que sepas que hay más que simples deseos de concretar un vínculo contigo, sino que existe más de algún factor que nos conduce a estar en esta calidad de perdidos. ¿Lo sabes? No lo creo; pero sé que tu corazón se divide entre lo que quieres y lo que sientes. ¿Lo que uno quiere no debe también sentirse? Y, ¿qué soy yo? ¿Sólo algo querible? ¿Soy sólo un sentimiento?
No soy sólo una meta. No me compongo de ideas. Soy algo corporal, algo que es de sangre y hueso. Soy una persona con una parte que puedes tocar y otra que puedes sentir. No soy algo corporal, tangible, empírico. Soy más de lo que tus sentidos pueden tocar o lo que tus sentimientos te dicten sobre mí. Soy cuerpo y alma. Si Platón habla del alma o "lo incorpóreo" y de lo material y tangible unidos en un "envase" llamado Persona, ¿por qué divides de tal manera a tu corazón?
No busco que me des una esperanza ni trato de ahuyentarte de mi lado. Evito destruir el statu quo entre tú y yo, porque no tengo más que un sentimiento y una directriz para lograr tenerte, porque no sé qué sientes; si sufres por esta situación; si me quieres o no.
No busco que por pena me quieras. Tampoco deseo que te alejes para no volver a saber jamás de mí. Solo quiero entender lo inentendible. Me confirma todo lo anterior lo loco que me he puesto. ¿Cómo quiero saber algo que no me es conocido? ¿Cómo piensas que haré algo si no das señales? "Nada es bueno si es a la fuerza". Lo sé. No tienes por qué repetírmelo. Te lo dije ese día en que nos veíamos tan llenos de afecto el uno por el otro. Y cuando tratamos de despedirnos. Ambos deseábamos llevarnos a la boca al otro, pero –creo que ahí fuiste inteligente y fatal- al pedir paciencia, me quedé ahí: con las ganas de beberme la respuesta y sobrepasado por la muralla de la incertidumbre que ello conllevó.
Ahora, vuelvo a prender un cigarrillo. Mientras veo el humo, me acuerdo de cómo te conocí, de cómo llegue de a poco, a envenenarme por las ganas de decirte que te quería y que mi maldita -¡maldita!- timidez me hacía masticar cada vez que te vi. Bastó el calor del aire, el vaso de cerveza o el poder tenerte tan cerca de mí como nunca antes -¿o fueron los tres?- lo que me llevó a decirte todo lo que prefería callar. Pero me abofeteó tu actitud. Tú también tenías el dilema. Y nunca pensé que, en ese momento, tú y yo nos pareciéramos tanto. Pero ahí no más quedó la convergencia.
Sólo espero que, si algún día llegas a leer esta carta, sepas que la palabra que aquí está es una fotografía del interior de mi alma. Y que he mantenido la cordura y llamado a mí siempre compañera timidez a que acompañe ahora mi sueño, en este cuarto que no se alcanza a llenar con tu figura, pero que no da abasto para todo lo que yo, en este momento, siento hacia tu foránea humanidad.





En algún lugar de Santiago, noviembre de
un año que no quisiera más recordar.




(basado en una historia verídica)

lunes

Baños digitales




Baños digitales me doy de ti
y me enjabono con las imágenes de tu piel
me lavo con las palabras que susurras
y me seco con el ardor de tu deseo
inocente, serio, intranquilo, joven y poderoso
incontrolable como el poder del mar
Refrescos manuales me bebo de ti
palabras que escribo me sacian la sed
sueños que tengo me calman la pasion
insidiosa, tenebrosa, impetuosa, arrolladora
destructora de algo fragil.

Eres todo y eres nada
eres lo que quiero y eres lo que no tengo
deseo lo que aún no te arrebato
lo que nos hemos prometido
y que como infieles no cumplimos
ladrones que roban a ladrones
vocación de impulsivo he retenido
pues robarte no que me debes
no me hará mejor ni a mí ni a tí
pero en cualquier momento
te robo y me doy baños digitales contigo.

jueves

Día (a)normal


Nos íbamos a reunir a las cuatro. Pero no llegaste. ¿Hasta cuándo, Vicente? Me das rabia, porque prometes y no cumples. ¿Qué iba a hacer? Yo no me iba a quedar sin tomarme algo hoy. Te mandé al carajo y me fui a un local a beber solo. "¡Qué patético!", iba pensando, mascullando mi rabia y molestia camino al bar. Entré al local, con un tanto de timidez. Odio estar solo en lugares con mucha gente. Me siento todo un antisocial en el sentido estricto de la palabra. Me acerqué a la barra y de fondo suena unos acordes de Los Fabulosos Cadillac, donde un Vicentico (me acordé de este maricón que me dejó solo) cantaba un clásico: "Matador". Pido un trago, con mucho hielo y bien cargado para anestesiar la rabia y además, inhibir la vergüenza de estar solo, siendo que hay tanta gente.
Pago.
Tomo mi trago y me aperno en una esquina del bar a la cual le falta luz: justo lo que requiero. Nadie nota que yo estoy ahí; pero en mi inconsciente requiero de un poco de atención para dejar de sentir rabia. Puedo ver como todos ríen, se toman algo, algunos se besan o cantan con tono desafinado un "feliz cumpleaños" entrechocando sus vasos. Le doy el primer sorbo al trago y siento como cae por mi garganta ese líquido como una brisa fría. "¡Ah!" exclamo para mis adentros.
No se si de aburrido o de completo estúpido se me ocurrió hacerle una llamada perdida en el teléfono a una amiga. Creo que más tarde me daría cuenta de que fue de idiota. También puedo culpar al segundo vaso que me estaba tomando. Pero creo que fue de idiota. Con un rápido gesto le marqué y le colgué. No estaba de ánimo para hablarle: sólo quería molestar. Y, para sorpresa mía, al minuto, recibí un llamado:

- ¿Alo?
- Miguel, ¿dónde estás?, me preguntaba con la voz un poco quebrada.
- Aquí, en un local, tomándome algo... ¿Qué pasó?
- ¿Puedes esperarme?, me decía con nudos en la garganta.
- Sí, ésta es la dirección..., y le di las indicaciones.
- Espérame afuera, para verte..., me dijo casi llorando.
- Está bien, adiós. Y me despedí.

¿Qué le había pasado? Ni idea. Hacía unos meses que no sabía nada de ella, y por un par de llamados antes de éste, me dijo que estaba bien y que era feliz con su trabajo y su "nueva vida". Yo, en ese intertanto, me batía entre todo el papeleo que tenía en mi oficina y el alto de carpetas por examinar. Estaba sumido en trabajo. Hoy era uno de esos pocos días en que me escapaba de mis responsabilidades y me podía descargar con Vicente (maricón, ni me llamaste...)
Pensaba en un millón de posibilidades para descifrar lo que ella me quiso decir (o lo que querría ocultarme). Podía ser su pareja (si es que tenía alguna), su trabajo (aunque no sabía en qué trabajaba) o su supuesta "nueva vida". La verdad es que, al levantarme de la mesa para pedir el tercer vaso, suena mi celular. Era Soledad.
Salí afuera a divisarla y a lo lejos me movía la mano para saludarme. Al acercarse, la noté algo pálida. La abracé y le pregunté qué era lo que le había pasado. Me dio una respuesta evasiva -más que evasiva, sorprendente-: "No pasa nada, sólo quería hacer algo distinto". Yo, extrañado, la miré y la invité a tomarse algo conmigo. Y nos dirigimos a una mesa con más luz a conversar.

- Bueno, Miguel, ¿cómo has estado?
- Enojadísimo. Y solo.
- ¿Por qué?- me miró extrañada.
- Un amigo me plantó y no me quise quedar con las ganas de descansar un rato del trabajo. Me vine a tomar algo, sólo.
- ¿Sólo? ¡Ja, ja, ja!, se reía con tono sarcástico.
- No te rías - le dije avergonzado por el bochorno.
- No lo haré más. Discúlpame.
- Disculpa aceptada.

Y así avanzó la hora, entre trago y trago, cigarro a cigarro. Conversamos de su vida, de la mía, de lo que estábamos haciendo (ahí me enteré de que ella salía con un tipo que conoció en sus días de universidad y que tenía muchos problemas por lo posesivo que resultó ser).

- ¿Por qué sigues con un tipo así?
- Tal vez por costumbre... creo yo. Lo decía con cierto grado de culpa.
- Eso no es saludable. Veme a mí: soltero, con una vida que muchos envidian, decía yo con aires de querer agrandarme.
- ¡Ja! ¿Tú, envidiable? Quién lo diría. Lo largó con algo de desprecio.
- No te creas, me defendí.
- Pero, aún así, lo amo. Después de todo lo que sufrí cuando te fuiste, él me devolvió las ganas de sentir algo.

"Puede ser que tenga razón", pensé. La historia de Soledad y yo comienza hace unos años atrás. Salimos por un tiempo y la relación fue bastante intensa. Vivimos juntos un tiempo en un departamento en el centro mientras éramos practicantes de nuestras carreras e incluso pensamos en casarnos. Pero, se me ocurrió la genial idea de irme al extranjero a estudiar para lograr el postrado. Y allí empezó lo peor: peleas, insultos, gritos y demás. Yo la amé. Pero después de que todo eso me sumió en una crisis emocional, corté por lo sano y desde allí no supe de ella. Algunas cartas llegaron a mi casa -la de mis viejos, claro- que me dieron algunas pistas suyas, pero que nunca quise seguirlas. Al final, me fui y volví dos años después con mi cartón bajo el brazo.

- ¿Sabes? -le dije- Es tarde.
- Si, tienes razón. Miro su reloj y me dijo: ¿Nos vamos?
- ¿A dónde? ¿A casa?
- Si, puede ser.
- ¿Quieres venir?- le insinué con un dejo de timidez.
- Si, claro. No me vendría mal seguir la conversación- diciéndolo con tono coqueto.

Asi que, nos fuimos en su auto y nos dirigimos a mi departamento (que a esas alturas, debía ser -mas que un departamento- un chiquero).
Mientras nos dirigíamos a mi casa, ella me conversaba diciendo:

- Hoy pensé que sería un día normal. No esperaba que llamaras.
- Ni yo esperé que contestaras. Ha pasado mucho tiempo.
- Es verdad, pero ya no sufro más -me dijo mirando sin cesar el camino.
- Mi intención no fue esa, pero lamento haber dicho todo en mal momento y lugar.
- Si, lo se... pero me rompiste el corazón.
- Y tarde me di cuenta.

Y el auto continuaba su marcha; después de mi alocución, reinó el silencio. ¿Qué podía decirle? ¿Con qué me podía defender? Yo igual me sentía mal al tiempo de terminar. Pero nunca lo notó. Dejé mucho por ella y siempre esperó que fuera más entregado. Creo que no me arrepiento de nada de lo hecho antes, pero siempre recuerdo -no sin sentir cierta nostalgia- todos esos días en que nos amamos con pasión casi animal, desenfrenada, lujuriosa. Eran sesiones de noches (o tardes) de sexo. El mezclar nuestros cuerpos en una danza de desenfreno, de sentir melodías de gemidos y saciarnos con el sudor de nuestros cuerpos, eran algo que hacían cada vez más patente su recuerdo en mi mente. Pensar que la conocí como una mujer tan bien cuidada de su manera de ser. Verla ser una fiera en la intimidad, dejaba huellas indelebles.
Habíamos llegado.
Pasamos y encendí la luz. Vi que no era un desastre. Fui a la cocina y preparé un par de cafés. Nos servimos cada uno, en silenciosa formalidad, nuestro café. Ella me miró y empezó a preguntar:

- ¿Cuánto hace que vives aquí?
- Hace unos dos años ya. Poco después que volví a Chile.
- ¿Y que tal tu estadía allá?
- Alucinante. No creerías todas las cosas que te contara.

Y empecé a contarle sobre mi vida mientras estaba haciendo carrera en el exterior. Las cosas que hice, lo que compré, mostrándole fotos de por allá. Ella, a cada cosa que le contaba, saltaba con la pregunta que evadía a cada momento: "¿Me extrañaste?". Y yo, haciéndome el idiota, elevaba por dentro mi nivel de mentira y le decía que sí, siendo que hice lo que pude para olvidarla y sacarme de encima ese recuerdo forjado de su piel.
En un momento de silencio, ella se acercó a mí y puso su cabeza en mi hombro. Yo, un poco intranquilo, le pregunté que pasaba. "Nada", me decía. Pero había algo. En su mente -y en la mía- todos los recuerdos bloqueados empezaban a desparramarse por la cabeza. Hasta que de tanto insistir en qué le sucedía, ella, en silencio, sollozaba.

- ¿Qué pasó, Soledad?
- Nada, no pasa nada... - Me decía llorando.
- Si no me dices que sucede, no tengo cómo ayudarte.
- No te preocupes.

Asi que, sin resolver el enigma, la abracé y así nos quedamos. Ella, me hacia cariños justo en lugares que -a sabiendas- me producían "algo". Yo, haciéndome el loco, le decía que se detuviera. Y así empezó el juego. Me provocó tanto, que la tomé y sin que me dijera algo, la besé con ganas de adherirme a su cara. No se resistió. Tal vez ella también lo quería, pero quiso que me adelantara.
Entre besos, caricias, tocaciones y manos que se perdían en por la ropa, llegamos a quedar desnudos. Apreciándonos, ella, con pudor me decía:

- No me mires...
- ¿Y para qué me dices eso? No hay nada que yo no haya visto antes - bromeaba.
- ¡Ah, que eres mala onda!
- Pero es cierto... Te conozco demasiado.
- No importa, no me mires- me dijo, con algo de molestia.
- Está bien. Y cerré los ojos.

Ella se acercó a mí y me empezó a besar, despacio por mi rostro, mi boca, orejas y mi cuello. Cada vez que se acercaba y sus labios me tocaban, un espasmo me retorcía de placer y aguantaba el deseo de poseerla súbitamente. Ella lo sabía y continuaba haciéndolo. Luego se fue a perder por mi abdomen y llegó cerca de mi sexo, que manifestaba explícitamente el deseo de poseerla. Y de allí no subió hasta que vio que no resistiría tal actuar. Por fin ella se rindió a que tomara cartas en el asunto y procedí a hacer lo mío. La besé con desenfreno y mi lengua no dejaba de recorrer su cuello: era su debilidad. Me encadené a sus pechos y ella no cesó de gemir y de respirar más y más agitado. Me propuse hacer lo mismo que ella hizo conmigo y no dudé en bajar hacia la zona de su sexo, lentamente, viendo como su rostro se desencajaba con cada movimiento que realizaba. Estaba entregada.
Lo que siguió fue el clímax del juego previo. Su sexo y el mío, bailando al son de un ritmo desesperado, violento, desenfrenado. Los gemidos y las respiraciones entrecortadas de ambos se hicieron cada vez más potentes. Pero ella, en un momento, me dijo:

- No puedo...
- ¿Qué? - La miré con una cara de interrogación.
- La verdad es que... no puedo continuar...
- ¡¿Por qué?! - la encaré.
- Porque me siento sucia, una infiel. Por algo estoy con él. Para no estar contigo.

Me dolió. Me dejó atontado. Yo no pude hacer más que salirme y buscar a tientas mis cigarrillos. Prendiendo uno le dije:

- Entonces, ¿por qué lo hiciste?
- Lo nuestro nunca fue algo simple. Tú fuiste el primero... Y tenía razón.
- También puedo decir lo mismo. Algo nos tira.
- Por eso, para mí, todo queda aquí. Y empezó a sollozar.

La abracé y no nos soltamos hasta que salió el sol. Entre las siete y las ocho, desperté y no estaba, pero encontré en mi cómoda una nota: "Miguel: no me busques, no me llames. Olvídame para que pueda olvidarte...". Se había ido. Yo desnudo y todo, salí al balcón a recibir al sol. Miré y sólo hallé gente pasar y sin más preocupación que hacer lo que tenía que hacer. Yo, sin embargo, pensaba que ayer iba a ser un día normal. Y ya ven, no lo fue...

lunes

Ruta

(Detalle del cuadro "La maja desnuda" de Francisco de Goya)


Dibujo con mis dedos una ruta
que va desde la cima de tu nariz
cayendo por tus ojos profundos
bebiendo de tu boca risueña
lamiendo por tu cuello entregado
saltando por la desolación de tu espalda.

Subo hasta la nieve de tus pechos
y nombro todo lo que veo en su cumbre
lo hago de mi propiedad
y desciendo al ardiente desierto de tu vientre
hundiéndome en tu ombligo
para esconderme de tu sexo
y del calor del deseo que me llena.

Para no caer me amarro de tus caderas
y ruedo por dentro de tus piernas
recordando lo sensible de tu piel
y creciendo para llegar de vuelta
pero tropiezo y caigo entre tus pies
y despierto abrazado a tu regazo
besado por el aroma de tu piel
y ungido por el secreto de tu ser.

domingo

Y te esperé hasta las seis

(Grabado en madera de Lynita Shimizu)

Voy caminando sólo por la vereda. Son las cinco y cuarto y siento que el corazón se me agita. Hace mucho que no la veía y hoy iba a ser algo que esperé hace mucho tiempo. Me recordaba a mí mismo las veces que intenté encontrarme con ella, y que terminaron en sendos fracasos. Hoy sentía que sería especial. Cinco y veinticinco, y llego al lugar de reunión: un café de un barrio donde se combina la modernidad con el aire decimonónico, el lugar más chic del arte contemporáneo con el típico almacén de la esquina, atendido por el “tío” o la “señora” que te hace el descuento o te da la “yapa”. Se acerca el mesero, y me dice qué deseo. “Un café, por favor” digo. Se retira y tomo de mi bolsillo un cigarro, un tanto a mal traer, doblado y arrugado, que prendo con el encendedor de un señor de la mesa de al lado. Y me puse a esperar. Se suponía que llegaba a las cinco con cuarenta y cinco, y como llegué mas temprano, comencé a mirar a la gente que allí se reunía y no sé porqué sentí curiosidad por oír las conversaciones que allí se daban. Cerca de los grandes ventanales había una pareja, muy joven, de no más de treinta años que conversaba y que se notaba que tenían una conversación un tanto fúnebre. En el rostro de él se veía la tristeza y en el de ella, una seria, pero un tanto dubitativa mirada. Como no podía oírlos desde donde estaba, me imaginé que ésta era la conversación:

-Te tengo algo que contar.
-¿Qué pasó? Te noto extraña.
-La verdad es que he tomado una decisión.
-¿De qué se trata?
-Es que... ya no puedo continuar.
-¿Continuar? ¿A qué te refieres?
-Mira, lo que te estoy diciendo es que... se acabó el amor.

En ese momento, llegó el café. “Aquí tiene”, me dijo el mesero. Le di las gracias, y bebí el primer sorbo. Me había devuelto a mi realidad. Ya eran casi las cinco y cuarenta me entretenía imaginando las conversaciones de la gente que allí estaba.
En el otro extremo del café, había un señor, de unos cuarenta y tantos con una joven de no más de 21 años. Ella se notaba algo incómoda, pero coqueta; y él, en su papel de hombre maduro, desplegaba sus dotes de galán. Hice el mismo ejercicio que realicé con la pareja que estaba cerca de los grandes ventanales:

-¿Te gusta el lugar?
-No sé... es que... igual es lindo.
-Bueno, te tengo un regalo
-¿Qué es? Dime, ¿ya?
-Bueno, pero, cierra los ojos.
-Ya...

En eso, él de su bolsillo, saca una caja, de color azul profundo y la abre. Ella la miró y sus ojos brillaron como cristales. Lo primero que hizo fue, dar un pequeño gritito de júbilo, acercar la caja a su cuerpo y tomar al sujeto y darle un beso, con una pasión que a todos quienes estábamos allí nos sorprendió un poco. Cinco y cincuenta y ya me impacientaba. No por el hecho de que existía una presunción de atraso, sino de que me iba a suceder lo mismo de las otras ocasiones. Llamé a su celular, pero no contestaba. Así, mi café se había vuelto tibio y mi cigarro se había acabado. De mi maletín saqué una cajetilla que guardaba y la abrí para obtener un cigarrillo. Volví a molestar al señor de la mesa del lado, para pedirle fuego para encenderlo. El, un señor de unos cincuenta y fracción, mientras me daba fuego, me dijo:

-Lo noto nervioso, señor.
-Si, es que... no debería decirle.
-Vamos, dígame.
-Bueno... tengo... más bien, estoy esperando a alguien.
-¿Su esposa?
-No, no. Para nada. Una vieja amiga.
-Para ser una amiga de tanto tiempo, no debería estar así.
-Es que... no creo que me entienda.
-Ya tengo muchos años encima. Pruébeme.
-Está bien. Hace mucho que nos habíamos puesto de acuerdo para vernos, pero parece que va a ser igual que todas las anteriores.
-¿No me diga que lo ha dejado plantado más de una vez?
-Lamentablemente, sí.
-Bueno, pero no se preocupe más. ¿Ve a esa mujer que está cerca de la barra?

De hecho, había una mujer, que estaba en la barra, desde más tiempo que yo en el café. Era delgada, de piel tostada y ojos cafés. Todo eso acompañado de un traje muy elegante y con un sombrero de ala, color negro. Se notaba ansiosa y preocupada cuando yo llegué. No reparé en ese detalle hasta que el viejo me lo dijo. Mientras la miraba, el viejo se había levantado de la mesa e ido del café sin que me diese cuenta, dejando el pago de su consumo, una propina y un papel que decía “Para el joven de la mesa del lado”. Cinco y cincuenta y cinco. Tomé el papel, lo abrí y lo leí. Lo que decía era: “Amigo: a veces esperamos tanto, que la felicidad que tanto anhelamos, nos espera sin que nosotros nos demos cuenta. Si no, fíjese en la mujer de la barra. Ella, al igual que usted espera a su felicidad, pero, no se da cuenta que su felicidad está esperándola a ella....” Llamé al mesero, y le dije que me trajera la cuenta. En ese tiempo, tome un trozo de papel y escribí algo. Al llegar el mesero, pagué la cuenta y le dije se podía entregarle el mensaje a la mujer de la barra. Y me fui. Y la esperé hasta las seis.
El mesero hizo lo que le pedí y hasta las manos de ella llegó el mensaje. Mientras lo leía, yo caminaba en dirección a mi casa. El papel decía más o menos así: “Nunca dejamos de estar solos. A pesar de esperar, y esperar por quien puede brindarnos ese anhelo de alegría y afecto que nunca llega, hay otros, que sin que uno lo sepa, nos brindan eso que esperamos, pero que hay que tener los ojos muy abiertos para verlos. Ese es el encanto de encontrar a quien nos quiere...” Adjunté con el mensaje mi nombre y un número de teléfono donde podría llamarme. Y me fui. Iba pensando, en silencio, con la cabeza gacha. ¿Realmente había hecho bien? ¿Qué pensará: que soy un atrevido, o un loco delirante? Para ser franco, esta aventura me hace dudar mucho. Pero miraba a todos lados y veía cómo la gente pasa desapercibiendo lo que realmente le hace feliz, lo que realmente está esperando. Pasé a comprar un diario y luego dirigí mis pasos a una casa que me esperaba sola, amable y en silencio. Ya eran las siete y media.
Llegando, fui al contestador y me encontré con dos mensajes. Uno era de quien yo había estado esperando. Decía que la disculpara por no llegar, que si quería nos viéramos en ese mismo lugar y una serie de cosas. Luego, pasé al otro mensaje y era la mujer que estaba en la barra. Su mensaje decía: “Nadie más que alguien que sufre conoce lo difícil que es sufrir por algo que no llega. Pero hoy abrí mis ojos y me atreví a ver para encontrar a ese alguien que me quiera. Te esperaré en el café donde estábamos la próxima semana a las seis”.
Pasó la semana y llegó el día. Y con toda la emoción y el nerviosismo, te esperé hasta la seis.
Y llegaste.

martes

El depredador


Cada noche, él recorría los bares del frío y desinteresado barrio. Caminando por las calles brillantes por la lluvia y solas por ese frío que calaba hondo, iba al acecho de una nueva víctima a poseer; del trofeo que la cuenta personal siguiera elevándose.
Siempre que lo vi en el bar del Alejandro –mi amigo- seguía un ritual que para todos los parroquianos que se reunían a beber, conversar fumar y pasar el rato, era imperceptible: llegaba a las diez y cuarenta y cinco, vestido con un impecable abrigo, pantalón en combinación con la camisa y un característico sombrero de ala corta que siempre me gustó. Lo envidio.
Pedía siempre lo mismo: whiskey con dos hielos y toque de tónica; encendía un cigarrillo oriental que siempre tenían aromas distintos. Yo siempre recordé el aroma de la vainilla, café turco y cardamomo. El Jano me recordaba que él, más de una hora no se quedaba aquí; pero que siempre que llegaba, consumía bastante – según Alejandro, no para él- y que se lo peleaban los meseros por las propinas que dejaba este cristiano. Me preguntaba qué era lo que tenía este tipo. Más extraño –decía el Jano- era que se iba acompañado y que la tipa nunca regresaba. El tipo era el típico “winner”, entrador, con pinta.
Creo que eran como cuarenta o cincuenta las tipas que se habían ido con él, según Jano. Un tipo más allá en la barra decía que era cierto que la tipa que se iba con él, nunca volvía. El Jano se cagaba de la risa siempre que decían eso. “Mientras siga viniendo el gil y pague como lo hace, ¡que se lleve a todas!”.
Entonces, llegó.
Entró al bar, en silencio, solemne. Se veía elegante, distinguido, galante. Atravesó el umbral y se fue a una mesa. Uno de los meseros corrió a atenderle y tomó su orden con lo de siempre.
Vaso en mano y cigarrillo entre los labios, inició su carga.
Seguí con la mirada todo su actuar, y llegamos al mismo punto: una mujer de no más de unos veintitantos años, sola y vestida juvenil pero elegantemente. Era delgada, cabello castaño y liso. Sólo eso veía desde la barra. Estaba de espaldas a mí, pero, casualmente, él la tenía de frente.
Ella era la próxima.
El y yo por dentro lo sabíamos. Yo sólo quería ver en acción su actuación; así que lo dejé actuar.
El tipo llamó a un mesero y le dijo algo que luego íbamos a entender. El mesero asintió y se fue a la mesa de la mujer con un papel. Ella lo recibió y miró al hombre que se lo envió. Sonrió. Pero, a medida que desenvolvía el papel, él, en sus ojos sonreía y sus labios empezaban a dibujar esa felicidad.
La primera parte estaba completa.
La mujer no lo creía. Dejó el papel en la mesa y trataba de salir del asombro de lo que contenía el papel: un brillante pequeño pero de unos cuantos quilates. Tenía el papel un mensaje incluido que decía: “¿Gustaría de acompañarme con un trago?”. La mujer no pudo contrarrestar tal desplante de galantería. Respiró profundo y se decidió a ir a sentarse a su lado.
Conversaban ellos muy animosamente. Cuando él decía algo, ella sólo atinaba a reír o mirarlo detenidamente. Se podría decir que estaba idiotizada con el desconocido ese.
Trataba de adivinar que hablaban.
No había caso. Estaba muy lejos.
¿Por qué empiezo a sentir envidia? A ver… yo no podría haber tenido tal desplante –salvo si estuviera ebrio-. Me cuesta mucho entablar conversación, no por no tener en qué sustentarla, sino en mi maldita timidez. Y de hablar, hablo más de la cuenta y siempre termino aburriendo a mi interlocutora.
Pero, pensándolo bien, eso es lo de menos. Mi problema es otro. Lo sé. Yo sé que puedo mantener una conversación coherente, divertida y bien estructurada. La cosa es que nunca logro lo que ese tipo puede: llevar la conversación al juego de conquista.
Casi siempre –por no decir siempre- me dejaban en ese clásico “yo te llamo”. ¡Pelotas! ¿Por qué abusan? ¿Por quién me toman? ¿Por idiota? Ya estoy bastante curtido con todos los “no” que he recibido o con esos dolorosos “mejor quedemos hasta aquí”.
Tantas excusas.
Por eso envidio a ese tipo.
Porque nadie se le niega a decirle que no.
miro el reloj. creo que han pasado unos quince minutos. la tipa estaba ida. El desconocido la debía ya haber noqueado con toda esa batería de cursilerías y frases clichè que, en mí, hubiera sonado como una blasfemia. Ya él la acariciaba, tomaba sus manos y no le hacía asco (perdón por la expresión) a besarla con deseos de que fuera más que eso -según se veía-.
Jano se acercó y me dijo:

- Viejo, eso no es nada...
- ¿Nada?
- ¿Creís que te estoy agarrando pa'l fideo? Escucha: hace unas semanas -si mal no recuerdo- una de las minitas que estuvo con él, puso los calzones en la mesa... ¡Fue la pura cagada, guevón! Ni te imaginas la cara que puso la gente... ¡Si hasta sacó aplausos!
- ¡No te creo, guevón mentiroso!
- Te lo juro, viejo... Por mi taíta que en paz descanse...

¡¿Qué está pasando?! Yo creí que el arrebato por el tipo era un poco más simple, mas romanticón. Todas enloquecían. Según lo que el Jano me dijo, podría concluir que todas trataban de que él fuese suyas. A cualquier precio.
Y la historia terminó.
La tipa se iba con él.
se iban abrazados y riendo, como si la vida fuera un gran chiste. Yo no encuentro cúal sea el chiste. Para mí, la vida no es un chiste. Es más complejo... Más bien, es una rutina. Para alguien como uno, estar tomándome algo en este bar, era el único -de pocos- pasatiempos en que trataba de perder el tiempo. No porque quisiera, sino porque no tenía mucho que hacer. Mi vida es sencilla.
Abundó el comentario.
Por allí se escuchaba:
- Éste la sabe hacer.
- Quién como él.

Al lado, la opinión se veía igual:
- Donde pone el ojo, pone la bala.
- ¡Clarito! Si el muy se llevó a la mejorcita...

El pueblo se había pronunciado. El tipo era un ídolo. Y yo también lo creo así, pero en secreto. Me escondo de mi adoración en toda la mierda que puedo decir sobre él. Deeseaba ser como él, tener su forma de conquistar, su aura de misterio.
Todo lo que yo no era, lo era él.
Pasaron unos días y sucedió lo que el Jano me había dicho: él volvió y ella no. A todos los que habíamos estado ese día nos preocupaba que el método y que la costumbre fallara.
Esa noche fue distinta. Se sentía en el aire.
Estaba con otro ánimo. Se veía abatido. Más bien, se le veía como destruido. Al principio, todos pensamos que era efecto de la poca luz o del trago. Pero no era así. Nadie lo podía creer. El depredador del bar de Alejandro tenía el alma partida, se le veía el semblante oscuro y con la mirada desolada. Se podía leer la mente de todos. Todos pensaban por dentro que había perdido el toque.
Le pedí al Jano un whiskey doble. Me lo sirvió y me lo mandé de una, sin respirar. "Para agarrar valor" me dije. Me paré y me fuí a su mesa para preguntarle cómo carajo se podía meter dentro de la cabeza -y la cama- de una mujer sin morir en el intento.
me detuve de pie frente a su mesa. Traté de articular una frase, pero me sentí timido . "¡Timidez y la mierda!", pensé. Él me miró y me dijo:

- ¿Qué pasa?
- Eh... este... yo... yo quería preguntarle algo.
- No te quedes ahí. Siéntate.
- Ok.
- ¿Qué me quieres preguntar?
- Bueno... yo... solo... este... quería saber por qué la cara.
- Eh, por nada... Me ganaron...
- ¿A ver? ¿Escuché bien? Dice que le ganaron. ¿Le ganaron? ¿Quién?
- Me ganó esto -se apuntó al corazón-. Me enamoré.
- ¡Me está jodiendo!- Por dentro sabía que no era así.
- No estoy para agarrarte para el gueveo...
- Ok. Perdón. Pero, ¿cómo? ¿De quién?
- la tipa que estuvo conmigo la última vez me engatuzó... -Tomó aire y suspiró- Era puta.
- ¿¡Qué!? Eeeh... ¿De verdad? Pe... pe... pero, ¿cómo?
- Me cobró -dijo con voz de avergonzado y tratando de esconder la mirada en el sombrero de ala corta-. Yo pensé que sería como las otras veces pero... me salió el tiro por la culata.

Dijo lo último y yo me despedí. Trató de invitarme a seguir conversando pero le dije no. Me paré y me fuí a la barra. Llamé al jano y le pedí otro whiskey. Por dentro estaba cagado de la risa. ¡Lo timó una puta! No lo podía creer: él, que buscaba lo fácil, lo que cuesta tanto esfuerzo para el resto, resultó que tuvo que pagarlo. No físicamente, no espiritualmente. En efectivo. Constante y sonante. Algo que nunca haría él.
Me bebí el trago, pagué y me fuí.
Me fuí con una sonrisa en los labios.
Por ves única, la vida me devolvió la mano y la podía considerar como un chiste. Quienes no buscamos el amor pasajero repartidos por el mundo, debían sentirse vengados y orgullosos.
Una puta les demostró que el amor cobra.
Y caro. Al contado.




Santiago, 14 de octubre de 2005