martes

Letanía

("Súplica voraz", óleo sobre lienzo de Carmen Salamanca Gallego)






He de hincar mis rodillas
y de abrir mi alma
cerrar los ojos a todo
y sentir la pausa tranquila
del latir de mis fibras
para entregarme al infinito
e insondable misterio
del que soy parte.


He de invocar sin voz
con las manos extendidas
como volantines sin control
que se pierden en lo alto
a aquel poder incierto
arcano e intrigante
que me rebasa.



¡Héme aquí!
Postrado, humillado y sumiso
Me he abandonado a todo
¡Que se haga en mí carne
lo que he de hallar!



He de sumergirme
más y más en mi océano
pero sé que allí no te encontraré.



He de elevarme
por encima de mi mismo
pero sé que ahí no estás.


He de dejar que me alcances
debo dejar que me halles.


Porque lo que busco
lo que anhelo
lo que invoco
no está completo.


Tengo sólo una parte.


Y quien la posee
es aquella que invoca
y abre su alma
postrada ante el misterio
indescifrable del amor.

miércoles

Retorno al Recuerdo


("El regreso de la soledad", cuadro de F. Franco)




Este texto, es parte del proyecto de novela corta que espero terminar en este año.
Este, es sólo un adelanto.



RETORNO AL RECUERDO
I

Mastico la frustración de tener que regresar a este pueblo. La tarde cae por el oeste y el bus entra silencioso por la avenida principal rumbo a la terminal. Se que no habrá nadie esperándome en el andén. Es invierno y la gente en este pueblo se guarda en sus casas con la caída del sol y las heladas que caen de noche. De solo acordarme de lo frío que es el invierno aquí trato de encontrar ansiosamente los guantes que llevo en los bolsillos de mi abrigo.
Hace quince años que no había puesto un pie en esta ciudad. La última vez que estuve aquí fue cuando mi madre murió de un cáncer pulmonar que se debió a que era una fumadora empedernida. Exagero: mi madre era fumadora, pero no al punto de fumar más de una cajetilla diaria. Si fumaba mucho. Y con ella fumé hasta su último día, en el cual, antes de morir, pidió al cura, un corto de licor fuerte y un cigarrillo.
Con voz profunda y ronca, pues el cáncer le estuvo comiendo la garganta también, mi madre me dijo antes de que muriera, clavando sus ojos en los míos: “Hijo. Hijo querido… no trates de volver por donde pasaste alguna vez. Vete. Vete lejos y deja que mis huesos vayan a parar a su último descanso, que harto me merezco…”. Fue la última vez que oí su voz.
Aún recuerdo su mano morena y huesuda tomando la mía y haciéndome cariños con su dedo pulgar. Y, por sobretodo, que ella no llevaba la argolla de matrimonio. Mi madre se la había quitado hace ya unos quince, antes de ella muriera, el día de la última audiencia en los tribunales. Y no se por qué, recordé a mi viejo y pensé en su paradero. Le perdí la vista después del juicio que hubo por la separación y no me sentí con el ánimo de buscarlo. Había dejado de ser mi padre, al menos en los papeles. Y tampoco lo vi mucho cuando mi madre enfermó gravemente. Recuerdo si, haberlo visto en el cementerio. Era una sombra oscura en uno de los rincones más lejanos de aquel camposanto. Se veía carcomido por el tiempo, viejo y delgadísimo. Su cabeza había perdido el color oscuro para ser poblada de canas.
Mi madre en el ataúd parecía que hubiera recobrado todo el color y el cuerpo que perdió tras los dos años de lucha contra su enfermedad. Hasta su sonrisa no se la había llevado la muerte. Recuerdo que ya no lloraba, pero mis hermanos y sus hijos derramaron todas las que yo no pude expulsar. Y que alguien a mi oído me dijo: “Alonso, tu papá quiere ver a tu mamá antes de que la sepulten…”. Pensé en no dejarlo pero, mi parte sensible pudo más; y ante la mirada de fuego escondida entre los sollozos de mis hermanos, mi padre vio a la mujer que fue su esposa alguna vez envuelta en su mortaja. La miró unos segundos; cerró sus ojos; puso su mano derecha sobre el vidrio del ataúd y depositó sobre él, su anillo. Luego de eso, rompió a llorar.
No supe, hasta años después en casa de mi hermano mayor, que mi padre había pedido verla antes cuando estaba recién descubierta su enfermedad y cuando se hizo el velorio en la casa que había sido mi hogar durante mi niñez y mi adolescencia, mis hermanos se negaron rotundamente a darle el espacio para ello. Después de todo lo sucedido hace ya tantos años, las heridas provocadas durante la separación aún seguían sin suturar. En un principio, me pareció estúpida su reacción. Pero después comprendí lo que un día mi vieja me dijo: “Hijo, en esta vida, todo, absolutamente todo se devuelve…”.
La vida se había encargado sola de devolver el daño provocado.
Ahora el mundo, mi mundo, era totalmente distinto. Salvo por este pedazo de tierra habitado por el cual estoy pasando. El tiempo se ha encargado de que permanezca exactamente igual a como lo dejé. La alameda por la cual transita el bus a su parada final, sigue teniendo el mismo espesor, aroma y soledad. Solo un par de perros vagos y uno que otro borracho valiente contra el frío se pasea por el suelo de maicillo.
Son exactamente las ocho de la noche. Y bajo del bus con el vaticinio frustrado: una mujer espera por mí en el frío banco del rodoviario.