jueves

Anónima

("Desnudo amarillo", cuadro de Paz Alvial)


(continuación)


Llego al mercado y me voy a mi picá’ de siempre. Esto no lo hago todos los días, ni cada vez que me viene la caña. Esto es sólo por querer darme lujos.

- ¡Pero qué sorpresa!
- Parece que lo dices por decirlo, negro.
- No güachito. Pa’ ná.
- Te voy a creer.
- Bueno, eres tú no más el que caga con el extra…
- ¿Con qué amenazando, negro?
- Ya cabrito, déjate de huevear y siéntate… ¡María, un mariscal pa’l niñito!

Me lo sirven y ahí quedo. Frente al plato. Cagado de hambre. Se ve más rico que la cresta. Le aplico su limón, y su sopeada con pan amasado. Esto está chupete. Me dura la pasá’ entre cuchareada, metida de pan y su copa de blanco. Delicioso.
Ahora sí, me siento recuperado.
Le pago al Moncho y me voy de vuelo. Me marcho al Forestal a leer. Ya fumarme algo.
El día acompaña. ¿Y quién sabe si la liebre salta de nuevo?
El mundo por aquí –por donde voy- es algo raro. Es otro Santiago. Los árboles como que están de más. Siento que le hacen una verde cicatríz al centro. Pero es una cicatríz que se lleva con cierto gusto.
Me tiro al pasto cerca del MAC, allí cerquita del Lastarria.
Me gustaría comprarme una casita en ese lugar: antigua, espaciosa, de madera, con piezas altas y con una arquitectura de esas épocas tan rancias como esta.
Me tiro de espaldas.
Fumo.
Aspiro profundo y cierro los ojos.
Todo viene a mi mente. Menos su puto nombre.
¿Me habré borrado? No, ni cagando. No le hago al jale; y si bebo, no hasta borrarme.
Es raro.
Ahora, acostado en el pasto, el librito de Hahn que me dio Carlangas me viene de perillas. Es tan simple su lectura.
Ahora, todo tiene que ser en dificil: el hablar de arte, literatura, cine, la vida, la política. ¡Todo!
Y el que habla en dificil es el inteligente. ¡Las pelotas!
Fumo tranquilo. Despacio.
La sensación es agradable.
Leo a Hahn.

"Y el amor no es más que eso / un hombre o una mujer / que pierde en un vagón del Metro…".

¿La amo?
Ah, no me estaré poniendo hueón con tanto carrete, marihuana y estudio.
Además, la conocí (¿realmente la conozco?) anoche.
En una noche, no se hace más de lo que se hizo en mi departamento. Ni con toda la predisposición del mundo.
Si, es definitivo: me estoy poniendo hueón.
Debería dejar de fumar hueás.
Ni yo me estoy creyendo lo que digo.
¿Tengo monedas?
Sí, creo que si.
Ya, a tomar la micro de vuelta. La penqueada que me va a llegar cuando llegue el Quin y no me vea va a ser de leyenda.
¡Ah, relájate, hombre! Ese otro debe estar durmiendo. Son casi las dos y ese es igual a un hermano.

-¿Por cuánto hasta Providencia?
- Completo no más, cabrito.
- ¿Me lleva por 200 hasta Salvador?
- ¡Ya, súbete hueóncito!

De una me subo a la micro y me tuve que mamar la cara de amargado del micrero. Tiene que estar pensando en que soy un verdadero fresco de raja y que, para la próxima, no me sube ni cagando.
Yo, ni ahí.
El walkman sonando en las orejas, me encierra en una burbuja.
Soy yo no más.
¿Constanza? ¿Javiera? ¿Raquel?
¡Cómo carajo se llama!
Puto celular.
Hace rato habría sabido quién es o cómo se llama. No me sale. Y tampoco me deja su recuerdo: esa noche, ese encuentro, esos besos…
¡Mierda! ¡Me gusta la tipa!
No atiné a ver que el amor me había dado de frente, como un puñete en toda m cara. Yo, que no creo en eso de "vivieron felices para siempre". Las estadísticas lo dicen: más divorcios y menos gente casada. Más aún: gente casada y vieja.
Todo esto me está contaminando.
No me lo voy a permitir.
No estoy para eso.
¿O si?
Tengo que admitir que todo fue increible. Pero, ¿cómo es posible que un polvo me haga pensar en semejante estupidez? ¿Es posible? Pregunta hueona: los hombres vivimos pensando en sexo. Por algo podemos entrar a entusiasmarnos tanto con un buen polvo.
No se puede ir esta mujer así como así.
No puede haberse perdido el número. Si no está, cagué. Debo verla.
¡Apúrate, micro de mierda!
Me tengo que bajar.
Pulso el botón.
Una, dos, tres veces.

- ¡Para la hue’á po’, micrero!
- ¡Espérate, mierda!
- ¡Puta, hueón, para!
- ¡Ya! ¡Bájate luego!
- ¡Micrero conchadesumadre!
Ya. Ahora a picarla. Corro.
Tengo que llegar. Debe estar. Tiene que estar. No te lo estoy pidiendo, es una orden.

- Hola, compadre.
- ¡Quin, hueón, no tengo tiempo!
- ¿Pa’ dónde va’i tan rápido? ¿Te estás cagando?
- ¿Te podís callar un rato?
- Ya, ok. Relájate.

Tomo el ascensor. Ocho, nueve, diez.
Llegué.
Me cansé. El estado físico no acompaña.

Abro la puerta.
Busco el celular. Por mi pieza, el living, la cocina.
No, no está.
¿Cómo no?
Si tiene que estar por ahí.
Y claro que sí.
Está en el velador. Corro.
Lo tomo. Marco.
Suena.
- ¿Aló? ¿Esperanza, estás?

martes

Anónima

("Mujer dormida", litografía coloreada a mano con lápiz acuarela de Eva Levefer)




Cinco de la mañana.
La pieza se siente oscura, borrosa, desordenada y húmeda. La noche aún cae en la ciudad. Estoy en mi cama, desnudo, mirando el techo y fumando un pucho. ¿Qué pienso? No sé. A veces no quisiera pensar en algo y de una vez hacer las cosas.Como hoy, hace una hora. Una morena de la cual no recuerdo el nombre, está suelta durmiendo sobre mi cama, completamente desnuda. El pelo todo desordenado y su rostro durmiente, hacen de ella una imagen bastante apacible. Pero, no me acuerdo del nombre. Pero sí de cómo nos habíamos encamado.
Me levanto de la cama y voy a la ventana. Décimo piso.
La altura hace que todo se vea tan insignificante. Si me cayese, tan sólo sería una mancha en el pavimento: me volvería nada.
Tengo sed, y me da lata moverme de la ventana. Se siente el viento frío rodeándome tan suave que me da escalofríos. Y el pucho en la mano hacen que la imagen sea más completa.
Cierro los ojos y respiro hondo.
Pienso en la mañana a punto de aparecer por detrás de esas montañas azules y violetas y en cómo se llama esa morena.
Voy a la cocina y tanteo en la oscuridad el interruptor. No lo encuentro. Pero sé dónde está el refri. Ahí, me espera una lata helada de cerveza. No la abro. Me la llevo al living. Quiero oir algo de música, en volumen bajo, con la luz apagada. Quiero relajarme.
Me echo desparramado sobre el sillón, pongo el CD y abro la cerveza. Doy el primer sorbo y lo dejo pasar lentito por la garganta: quiero sentir el frío. Refrescante. De fondo, algo de R&B suave y la luz oscura, me dejan piola, como en estado de… no sé, me relaja.
Y mientras me pierdo en el ambiente, siento una mano deslizarse por mi cabeza. Es el típico “cariñito” en la cabeza. Me dejo querer; tranquilizándome, la dejo hacer. A esas alturas, si ella hubiese querido matarme, yo no me habría percatado. A eso no le habría hecho el quite. Habría muerto tranquilo.
Su otra mano ronda por mi pecho y mi estómago. La sangre me empieza a ebullir, pero no me quería mover. Me la imagino con sus ojos entrecerrados, con una sonrisa entre pícara y maliciosa. Empiezo a agitarme un poco. Quiero poseerla; quiero su cuerpo tibio sobre el mío. Abro los ojos y no está. Veo su silueta desplazarse hasta la pieza. Como un imbécil la sigo. El instinto ahora me maneja y me vuelve esclavo de ese cuerpo desconocido.
La encuentro desnuda, acostada de espalda y con los brazos extendidos hacia los lados. Sus ojos cerrados, sus senos puntiagudos y su entrepierna llana son todo un espectáculo.
Me acerco.
La beso desde la frente hasta el final de sus piernas torneadas y suaves. Mis manos la tocan con desesperación, recorriéndola como un ciego leyendo braille. Ella gime, suda, se retuerce. Goza.
La penetro.
Un grito ahogado.
Sudor, movimiento, besos que suenan y saben a frenesí. La vida se nos va y a nosotros –entrelazados en una danza de sexo- nos importa una soberana raja.
Pasan unos minutos y ninguna quiere separarse del otro. Insistimos en no perder el aliento; el gozo y el placer se empiezan a agigantar. Se llena la habitación de sus gemidos y de los míos; de nuestras caderas chocando en un ruido sordo. Se nos resbala la vida en el cuerpo. Y, en un momento, nos rendimos en una explosión de nuestros cuerpos fundidos.
Después de eso, nos rendimos al sueño.

Diez de la mañana.
El sol me da en la cara y siento la cama fría.
No está. Se fue.
La caña me invade y voy al refrigerador por algo para tomar. La cerveza mañanera siempre recompone el cuerpo. Y siento hambre. Por eso, me empiezo a vestir para ir al mercado a comer un mariscal.
Enfilo hacia el ascensor y presiono el botón para que llegue. En eso, se acerca mi vecina: una cuarentona separada que, desde que vivo aquí, lo único que ha tratado de hacer es meterse conmigo. La separación fue bien traumática aunque –según cuentan las malas lenguas del edificio- ella sacó la mejor parte.
La tipa me mira con cara de tener hambre. Los ojitos le brillan y atina a decir un silencioso “hola”. Y lo miro no más. No quiero cachos. Me basta con tener que pelear con la U, la casa y todo lo que concierne a mi propia vida. Me meto en el ascensor que llega y ella se sube detrás de mí.
Silencio. Incomodidad.
¿Por qué mierda no esperé otro o me hice el hueón? En el fondo, igual pienso que le hace falta un cariñito a la señora esta.
En el octavo piso, hago contacto visual. Alerta: la tipa sonríe y hace un gesto con sus labios como gozando con lo que está viendo. Me imagino la película que se debe estar pasando: el ascensor para; los dos atascados y no nos pueden sacar hasta muchas horas más. Resultado: sexo desenfrenado y altamente lujurioso.
No le daré tal gusto. Ruego porque no suceda.
Primer piso. Estoy a salvo. Creo.
Porque antes de que se abra el ascensor, la tipa me da un agarrón a mansalva en el culo. Lo sentí eterno. Atino a mirar para atrás sin articular palabra alguna y la veo con una sonrisa en sus labios. Era su momento de victoria.
Yo sigo mi camino y me voy al mercado. Paso regular y con los lentes oscuros. Walkman en las orejas escuchando a Luca Prodán diciendo: “Mejor no hablar, de ciertas cosas...”. Luca tiene –más bien, tenía- razón: mejor no haber hablado ni hablar con nadie lo que pasó en el ascensor, sobre mis problemas de mi vida y toda la mierda que repente te llena y te hace querer lanzarte de un edificio.
Voy por Ahumada viendo pasar a la gente. Y eso es lo que la gente –generalmente- hace por la vida: pasar. Muchos sólo viven de lo que hacen; de lo que el resto dice; de lo que los políticos o autoridades les imponen o simplemente de lo que la tele te ordena –subliminalmente- a comprar. Es cosa de ver la tremenda pantalla que hay en la esquina de Moneda. Una gran boca silenciosa que vomita la irracional compulsión por consumir.
Yo, no comulgo con eso.
Mientras camino, trato de acordarme del nombre de la morena. ¿Cómo chucha se llama? Creo que recuerdo todo lo que pasó anoche: el bar, la conversación, la ida al departamento. ¡Todo! Y, ¿por qué no su nombre?
Entonces, se me prende la mente. ¡Ya sé cómo acordarme!: el celular.
¿Dónde estará?
Me tanteo; busco en mis bolsillos; en mi bolsón.
¡Mierda, lo dejé en la casa!
Así, con raja me voy a acordar.
¡Ah, filo! Después veo.