martes

Capítulo 1

Para G.


1.

Y así la vio: de pie esperando en medio de la gente. La luz no la hacía ver más ni menos. Era todo lo que él había imaginado.
No había cambiado en lo más mínimo. Excepto por un detalle: una luz faltaba. Traté de escudriñar en medio de su rostro sin que me descubriera. No estaba ahí. Estaba en su voz. Sonaba distinta. Más de trecientos días y ella en una gran parte seguía siendo la misma.
Pero había un timbre distinto, un color mucho más doliente en su voz. Como si la memoria le hubiera cambiado la voz. Sonaba afónica.
Y yo me sentía indigno. Aterrado. Aterido por el tiempo, pero no por eso triste. 
Ahí estaba. Y yo con ella.
Y temblaba por dentro, me reía hacia mis adentros. Volvía a sentir lo que me dio.
Pero su voz sonaba de otro color. Sonaba como la nieve, a invierno del sur: lluvia afuera, abrigo adentro.
Y me hizo dar cuenta de que el tiempo y la memoria, los actos y las omisiones, la vida misma estaba detrás de todo esto. Existe una conjura, pensé. Aquí y ahora. Y es tiempo. Tiempo de dar otro paso, un salto. 
De recuperar, de crecer, de ser quien era, quienes eramos.
Es hora de empezar.


Ejercicio

Caminaba por los adoquines mojados.
La lluvia los hacía brillar. Mi ropa se empapaba a cada paso y sentía el agua tocar mi piel, traspasando mi ropa, rozando hasta sentir mi carne erizarse.
Hacía frío.
Ni eso apagaba la rabia que me ardía en el pecho ni despejaba de mi rostro, la sangre que manaba gracias al botellazo.
La gente que por ahí pasaba, me miraba y huía de mi. Apartaban la vista y en mi cabeza pensaba que reverenciaban a la vergüenza de mi cuerpo. Se leía en sus ojos "qué patético se ve". Escuchaba al pasar sus voces que, penosas, exhalaban murmullos de condolencias. No querían verme.
Les parecía un monumento a la indignidad, un tótem vivo dedicado a la soledad.