lunes

Sin Título II

("El Sembrador", òleo sobre lienzo de Jean-François Millet)




Permite que mi mano
plante entre tu piel
la semilla ardiente y voraz
de un deseo feroz
y se hunda profundamente
entre tu carne
y tus sueños

Deja que se alimente
del ritmo salvaje
de mis versos profanos
que irrumpen en tu oído
cuando el aire de mi voz
allí estalla en forma
de mil lenguas ávidas
que te recorren el cuerpo

Haz que mi semilla crezca
y transfórmala en susurros
de palabras obscenas
gritos de guerra
besos desesperados
hambre insaciable
ansias de lujuria
lujuria indómita
que te incendia las entrañas

Y llegado el día
en que mi semilla
de su flor en ti
vendré a tu cama
al romper la aurora
y me vestiré de segador

Llegaré con el sol
con mil soles abrasantes
y una tempestad de caricias
hundiendo mis manos
en lo recóndito
de tu cuerpo sembrado
para devorar
el fruto exquisito
de tu cuerpo madurado



Nº100: 3 años de blog

("La Creación de Adán y Eva", óleo sobre lienzo de José Villegas)


* Nota: El blog está de mes aniversario. Con este post, abro el cumpleaños número 3 de Símbolos.



¿Para qué sirve un escritor
si no es para destruir la literatura?



El que escribe, hace poemas, cuenta historias o hace de las palabras una profesión, un oficio de obrero o de artesano en el fondo es y debe ser alguien que debe, por sobre todas las cosas, alcanzar y hacer realidad el sueño de la "realidad poética". En el fondo, todo aquel que escribe es un constructor y un destructor del lenguaje. Un pirómano dispuesto a querer incendiar el lenguaje; llenarlo de un fuego nuevo y lograr la transgresión; la recreación del hecho literario total.
Leía en un texto la siguiente frase: "¿para qué sirve un escritor si no es para destruir la literatura?". Eso me voló la cabeza y me hizo entender una cosa: todo es posible. La poesía, la visión poética de la vida, del mundo. Esa, que también muchos quienes escriben se dedican a hacerla posible, es en cierto modo, la lucha inconciente de alcanzarla, conquistarla por todos los medios posibles. Una realidad mucho más allá de las palabras que se pueden poner en un papel, muro o computador. Hoy por hoy, el verdadero lenguaje y la verdadera realidad, esa que habita en el fondo de todas esas palabras escritas, se censuran, cortan, avergüenzan por la estructura racional que nos domina de vez en cuando.
El lenguaje, las palabras que se usan en el diario vivir, en cualquier idioma, nos sitúan en un lugar, nos hace residir, vivir en una realidad. Por tanto, al lenguaje hay que usarlo para que se pueda crear un lugar, un ambiente en que todos puedan vivir, residir, habitar su propio espacio.
Es por ellos que hay que "re-vivir" al lenguaje, no "re-animarlo". Hay que sentirlo distinto, nuevo. Como algo que por primera vez se degusta, siente, respira, hace. Porque el lenguaje es algo que muta, cambia, renueva como las hojas de un árbol después del invierno. Nunca son iguales, pero siempre están.
Es por ello que escribo para llamar a quienes ponen sus palabras en cualquier soporte a lanzarse a la conquista de la realidad que vive en el lenguaje de la poesía, el cuento, la novela y todo aquel estilo literario; y romper esquemas y reglas; crear nuevos lugares, formas, expresiones, ideas y pensamientos. Llamo a ser "guerrillero" de la literatura. Ser alguien que sueña en quienes ponen en la palabra, el sello de una mejor y más grande realidad, está también la raíz de que el mañana puede ser aún mejor.