martes

El depredador


Cada noche, él recorría los bares del frío y desinteresado barrio. Caminando por las calles brillantes por la lluvia y solas por ese frío que calaba hondo, iba al acecho de una nueva víctima a poseer; del trofeo que la cuenta personal siguiera elevándose.
Siempre que lo vi en el bar del Alejandro –mi amigo- seguía un ritual que para todos los parroquianos que se reunían a beber, conversar fumar y pasar el rato, era imperceptible: llegaba a las diez y cuarenta y cinco, vestido con un impecable abrigo, pantalón en combinación con la camisa y un característico sombrero de ala corta que siempre me gustó. Lo envidio.
Pedía siempre lo mismo: whiskey con dos hielos y toque de tónica; encendía un cigarrillo oriental que siempre tenían aromas distintos. Yo siempre recordé el aroma de la vainilla, café turco y cardamomo. El Jano me recordaba que él, más de una hora no se quedaba aquí; pero que siempre que llegaba, consumía bastante – según Alejandro, no para él- y que se lo peleaban los meseros por las propinas que dejaba este cristiano. Me preguntaba qué era lo que tenía este tipo. Más extraño –decía el Jano- era que se iba acompañado y que la tipa nunca regresaba. El tipo era el típico “winner”, entrador, con pinta.
Creo que eran como cuarenta o cincuenta las tipas que se habían ido con él, según Jano. Un tipo más allá en la barra decía que era cierto que la tipa que se iba con él, nunca volvía. El Jano se cagaba de la risa siempre que decían eso. “Mientras siga viniendo el gil y pague como lo hace, ¡que se lleve a todas!”.
Entonces, llegó.
Entró al bar, en silencio, solemne. Se veía elegante, distinguido, galante. Atravesó el umbral y se fue a una mesa. Uno de los meseros corrió a atenderle y tomó su orden con lo de siempre.
Vaso en mano y cigarrillo entre los labios, inició su carga.
Seguí con la mirada todo su actuar, y llegamos al mismo punto: una mujer de no más de unos veintitantos años, sola y vestida juvenil pero elegantemente. Era delgada, cabello castaño y liso. Sólo eso veía desde la barra. Estaba de espaldas a mí, pero, casualmente, él la tenía de frente.
Ella era la próxima.
El y yo por dentro lo sabíamos. Yo sólo quería ver en acción su actuación; así que lo dejé actuar.
El tipo llamó a un mesero y le dijo algo que luego íbamos a entender. El mesero asintió y se fue a la mesa de la mujer con un papel. Ella lo recibió y miró al hombre que se lo envió. Sonrió. Pero, a medida que desenvolvía el papel, él, en sus ojos sonreía y sus labios empezaban a dibujar esa felicidad.
La primera parte estaba completa.
La mujer no lo creía. Dejó el papel en la mesa y trataba de salir del asombro de lo que contenía el papel: un brillante pequeño pero de unos cuantos quilates. Tenía el papel un mensaje incluido que decía: “¿Gustaría de acompañarme con un trago?”. La mujer no pudo contrarrestar tal desplante de galantería. Respiró profundo y se decidió a ir a sentarse a su lado.
Conversaban ellos muy animosamente. Cuando él decía algo, ella sólo atinaba a reír o mirarlo detenidamente. Se podría decir que estaba idiotizada con el desconocido ese.
Trataba de adivinar que hablaban.
No había caso. Estaba muy lejos.
¿Por qué empiezo a sentir envidia? A ver… yo no podría haber tenido tal desplante –salvo si estuviera ebrio-. Me cuesta mucho entablar conversación, no por no tener en qué sustentarla, sino en mi maldita timidez. Y de hablar, hablo más de la cuenta y siempre termino aburriendo a mi interlocutora.
Pero, pensándolo bien, eso es lo de menos. Mi problema es otro. Lo sé. Yo sé que puedo mantener una conversación coherente, divertida y bien estructurada. La cosa es que nunca logro lo que ese tipo puede: llevar la conversación al juego de conquista.
Casi siempre –por no decir siempre- me dejaban en ese clásico “yo te llamo”. ¡Pelotas! ¿Por qué abusan? ¿Por quién me toman? ¿Por idiota? Ya estoy bastante curtido con todos los “no” que he recibido o con esos dolorosos “mejor quedemos hasta aquí”.
Tantas excusas.
Por eso envidio a ese tipo.
Porque nadie se le niega a decirle que no.
miro el reloj. creo que han pasado unos quince minutos. la tipa estaba ida. El desconocido la debía ya haber noqueado con toda esa batería de cursilerías y frases clichè que, en mí, hubiera sonado como una blasfemia. Ya él la acariciaba, tomaba sus manos y no le hacía asco (perdón por la expresión) a besarla con deseos de que fuera más que eso -según se veía-.
Jano se acercó y me dijo:

- Viejo, eso no es nada...
- ¿Nada?
- ¿Creís que te estoy agarrando pa'l fideo? Escucha: hace unas semanas -si mal no recuerdo- una de las minitas que estuvo con él, puso los calzones en la mesa... ¡Fue la pura cagada, guevón! Ni te imaginas la cara que puso la gente... ¡Si hasta sacó aplausos!
- ¡No te creo, guevón mentiroso!
- Te lo juro, viejo... Por mi taíta que en paz descanse...

¡¿Qué está pasando?! Yo creí que el arrebato por el tipo era un poco más simple, mas romanticón. Todas enloquecían. Según lo que el Jano me dijo, podría concluir que todas trataban de que él fuese suyas. A cualquier precio.
Y la historia terminó.
La tipa se iba con él.
se iban abrazados y riendo, como si la vida fuera un gran chiste. Yo no encuentro cúal sea el chiste. Para mí, la vida no es un chiste. Es más complejo... Más bien, es una rutina. Para alguien como uno, estar tomándome algo en este bar, era el único -de pocos- pasatiempos en que trataba de perder el tiempo. No porque quisiera, sino porque no tenía mucho que hacer. Mi vida es sencilla.
Abundó el comentario.
Por allí se escuchaba:
- Éste la sabe hacer.
- Quién como él.

Al lado, la opinión se veía igual:
- Donde pone el ojo, pone la bala.
- ¡Clarito! Si el muy se llevó a la mejorcita...

El pueblo se había pronunciado. El tipo era un ídolo. Y yo también lo creo así, pero en secreto. Me escondo de mi adoración en toda la mierda que puedo decir sobre él. Deeseaba ser como él, tener su forma de conquistar, su aura de misterio.
Todo lo que yo no era, lo era él.
Pasaron unos días y sucedió lo que el Jano me había dicho: él volvió y ella no. A todos los que habíamos estado ese día nos preocupaba que el método y que la costumbre fallara.
Esa noche fue distinta. Se sentía en el aire.
Estaba con otro ánimo. Se veía abatido. Más bien, se le veía como destruido. Al principio, todos pensamos que era efecto de la poca luz o del trago. Pero no era así. Nadie lo podía creer. El depredador del bar de Alejandro tenía el alma partida, se le veía el semblante oscuro y con la mirada desolada. Se podía leer la mente de todos. Todos pensaban por dentro que había perdido el toque.
Le pedí al Jano un whiskey doble. Me lo sirvió y me lo mandé de una, sin respirar. "Para agarrar valor" me dije. Me paré y me fuí a su mesa para preguntarle cómo carajo se podía meter dentro de la cabeza -y la cama- de una mujer sin morir en el intento.
me detuve de pie frente a su mesa. Traté de articular una frase, pero me sentí timido . "¡Timidez y la mierda!", pensé. Él me miró y me dijo:

- ¿Qué pasa?
- Eh... este... yo... yo quería preguntarle algo.
- No te quedes ahí. Siéntate.
- Ok.
- ¿Qué me quieres preguntar?
- Bueno... yo... solo... este... quería saber por qué la cara.
- Eh, por nada... Me ganaron...
- ¿A ver? ¿Escuché bien? Dice que le ganaron. ¿Le ganaron? ¿Quién?
- Me ganó esto -se apuntó al corazón-. Me enamoré.
- ¡Me está jodiendo!- Por dentro sabía que no era así.
- No estoy para agarrarte para el gueveo...
- Ok. Perdón. Pero, ¿cómo? ¿De quién?
- la tipa que estuvo conmigo la última vez me engatuzó... -Tomó aire y suspiró- Era puta.
- ¿¡Qué!? Eeeh... ¿De verdad? Pe... pe... pero, ¿cómo?
- Me cobró -dijo con voz de avergonzado y tratando de esconder la mirada en el sombrero de ala corta-. Yo pensé que sería como las otras veces pero... me salió el tiro por la culata.

Dijo lo último y yo me despedí. Trató de invitarme a seguir conversando pero le dije no. Me paré y me fuí a la barra. Llamé al jano y le pedí otro whiskey. Por dentro estaba cagado de la risa. ¡Lo timó una puta! No lo podía creer: él, que buscaba lo fácil, lo que cuesta tanto esfuerzo para el resto, resultó que tuvo que pagarlo. No físicamente, no espiritualmente. En efectivo. Constante y sonante. Algo que nunca haría él.
Me bebí el trago, pagué y me fuí.
Me fuí con una sonrisa en los labios.
Por ves única, la vida me devolvió la mano y la podía considerar como un chiste. Quienes no buscamos el amor pasajero repartidos por el mundo, debían sentirse vengados y orgullosos.
Una puta les demostró que el amor cobra.
Y caro. Al contado.




Santiago, 14 de octubre de 2005

4 comentarios:

Paola dijo...

Estaba bueno ya... tenías abandonado tu blog...
Pucha, q bueno es equivocarse... en este caso, claramente!
Me encantó el texto... traspaso mi barrera... super bien, en serio
Escribes excelente
Saludos

JuanO dijo...

jajaja...

el amor toma muchas formas, ahora le toco a una puta!!!.

jajaja.

espero los apuntes de intro de la educación, para el estudio y para mi persona.

larga vida y prosperidad.

yo.

Hada de Luz dijo...

El amor es así, cuando menos lo esperas llega, en el momento menos adecuado.
A quién no le ha pasado de enamorarse de la persona errónea?... yo creo que a la mayoría. Sin excepción de personas.

Buenos los escritos... hazlo más seguido.

Adios!

desde bergen dijo...

insisto.

Porque soy sincera conmigo y contigo.

Pero mi opinión que mas da, no es objetiva, no es profesional, es solo mia, es la que le gustó el cuento donde abriste el corazón, asi que no pesques.

besos