jueves

Día (a)normal


Nos íbamos a reunir a las cuatro. Pero no llegaste. ¿Hasta cuándo, Vicente? Me das rabia, porque prometes y no cumples. ¿Qué iba a hacer? Yo no me iba a quedar sin tomarme algo hoy. Te mandé al carajo y me fui a un local a beber solo. "¡Qué patético!", iba pensando, mascullando mi rabia y molestia camino al bar. Entré al local, con un tanto de timidez. Odio estar solo en lugares con mucha gente. Me siento todo un antisocial en el sentido estricto de la palabra. Me acerqué a la barra y de fondo suena unos acordes de Los Fabulosos Cadillac, donde un Vicentico (me acordé de este maricón que me dejó solo) cantaba un clásico: "Matador". Pido un trago, con mucho hielo y bien cargado para anestesiar la rabia y además, inhibir la vergüenza de estar solo, siendo que hay tanta gente.
Pago.
Tomo mi trago y me aperno en una esquina del bar a la cual le falta luz: justo lo que requiero. Nadie nota que yo estoy ahí; pero en mi inconsciente requiero de un poco de atención para dejar de sentir rabia. Puedo ver como todos ríen, se toman algo, algunos se besan o cantan con tono desafinado un "feliz cumpleaños" entrechocando sus vasos. Le doy el primer sorbo al trago y siento como cae por mi garganta ese líquido como una brisa fría. "¡Ah!" exclamo para mis adentros.
No se si de aburrido o de completo estúpido se me ocurrió hacerle una llamada perdida en el teléfono a una amiga. Creo que más tarde me daría cuenta de que fue de idiota. También puedo culpar al segundo vaso que me estaba tomando. Pero creo que fue de idiota. Con un rápido gesto le marqué y le colgué. No estaba de ánimo para hablarle: sólo quería molestar. Y, para sorpresa mía, al minuto, recibí un llamado:

- ¿Alo?
- Miguel, ¿dónde estás?, me preguntaba con la voz un poco quebrada.
- Aquí, en un local, tomándome algo... ¿Qué pasó?
- ¿Puedes esperarme?, me decía con nudos en la garganta.
- Sí, ésta es la dirección..., y le di las indicaciones.
- Espérame afuera, para verte..., me dijo casi llorando.
- Está bien, adiós. Y me despedí.

¿Qué le había pasado? Ni idea. Hacía unos meses que no sabía nada de ella, y por un par de llamados antes de éste, me dijo que estaba bien y que era feliz con su trabajo y su "nueva vida". Yo, en ese intertanto, me batía entre todo el papeleo que tenía en mi oficina y el alto de carpetas por examinar. Estaba sumido en trabajo. Hoy era uno de esos pocos días en que me escapaba de mis responsabilidades y me podía descargar con Vicente (maricón, ni me llamaste...)
Pensaba en un millón de posibilidades para descifrar lo que ella me quiso decir (o lo que querría ocultarme). Podía ser su pareja (si es que tenía alguna), su trabajo (aunque no sabía en qué trabajaba) o su supuesta "nueva vida". La verdad es que, al levantarme de la mesa para pedir el tercer vaso, suena mi celular. Era Soledad.
Salí afuera a divisarla y a lo lejos me movía la mano para saludarme. Al acercarse, la noté algo pálida. La abracé y le pregunté qué era lo que le había pasado. Me dio una respuesta evasiva -más que evasiva, sorprendente-: "No pasa nada, sólo quería hacer algo distinto". Yo, extrañado, la miré y la invité a tomarse algo conmigo. Y nos dirigimos a una mesa con más luz a conversar.

- Bueno, Miguel, ¿cómo has estado?
- Enojadísimo. Y solo.
- ¿Por qué?- me miró extrañada.
- Un amigo me plantó y no me quise quedar con las ganas de descansar un rato del trabajo. Me vine a tomar algo, sólo.
- ¿Sólo? ¡Ja, ja, ja!, se reía con tono sarcástico.
- No te rías - le dije avergonzado por el bochorno.
- No lo haré más. Discúlpame.
- Disculpa aceptada.

Y así avanzó la hora, entre trago y trago, cigarro a cigarro. Conversamos de su vida, de la mía, de lo que estábamos haciendo (ahí me enteré de que ella salía con un tipo que conoció en sus días de universidad y que tenía muchos problemas por lo posesivo que resultó ser).

- ¿Por qué sigues con un tipo así?
- Tal vez por costumbre... creo yo. Lo decía con cierto grado de culpa.
- Eso no es saludable. Veme a mí: soltero, con una vida que muchos envidian, decía yo con aires de querer agrandarme.
- ¡Ja! ¿Tú, envidiable? Quién lo diría. Lo largó con algo de desprecio.
- No te creas, me defendí.
- Pero, aún así, lo amo. Después de todo lo que sufrí cuando te fuiste, él me devolvió las ganas de sentir algo.

"Puede ser que tenga razón", pensé. La historia de Soledad y yo comienza hace unos años atrás. Salimos por un tiempo y la relación fue bastante intensa. Vivimos juntos un tiempo en un departamento en el centro mientras éramos practicantes de nuestras carreras e incluso pensamos en casarnos. Pero, se me ocurrió la genial idea de irme al extranjero a estudiar para lograr el postrado. Y allí empezó lo peor: peleas, insultos, gritos y demás. Yo la amé. Pero después de que todo eso me sumió en una crisis emocional, corté por lo sano y desde allí no supe de ella. Algunas cartas llegaron a mi casa -la de mis viejos, claro- que me dieron algunas pistas suyas, pero que nunca quise seguirlas. Al final, me fui y volví dos años después con mi cartón bajo el brazo.

- ¿Sabes? -le dije- Es tarde.
- Si, tienes razón. Miro su reloj y me dijo: ¿Nos vamos?
- ¿A dónde? ¿A casa?
- Si, puede ser.
- ¿Quieres venir?- le insinué con un dejo de timidez.
- Si, claro. No me vendría mal seguir la conversación- diciéndolo con tono coqueto.

Asi que, nos fuimos en su auto y nos dirigimos a mi departamento (que a esas alturas, debía ser -mas que un departamento- un chiquero).
Mientras nos dirigíamos a mi casa, ella me conversaba diciendo:

- Hoy pensé que sería un día normal. No esperaba que llamaras.
- Ni yo esperé que contestaras. Ha pasado mucho tiempo.
- Es verdad, pero ya no sufro más -me dijo mirando sin cesar el camino.
- Mi intención no fue esa, pero lamento haber dicho todo en mal momento y lugar.
- Si, lo se... pero me rompiste el corazón.
- Y tarde me di cuenta.

Y el auto continuaba su marcha; después de mi alocución, reinó el silencio. ¿Qué podía decirle? ¿Con qué me podía defender? Yo igual me sentía mal al tiempo de terminar. Pero nunca lo notó. Dejé mucho por ella y siempre esperó que fuera más entregado. Creo que no me arrepiento de nada de lo hecho antes, pero siempre recuerdo -no sin sentir cierta nostalgia- todos esos días en que nos amamos con pasión casi animal, desenfrenada, lujuriosa. Eran sesiones de noches (o tardes) de sexo. El mezclar nuestros cuerpos en una danza de desenfreno, de sentir melodías de gemidos y saciarnos con el sudor de nuestros cuerpos, eran algo que hacían cada vez más patente su recuerdo en mi mente. Pensar que la conocí como una mujer tan bien cuidada de su manera de ser. Verla ser una fiera en la intimidad, dejaba huellas indelebles.
Habíamos llegado.
Pasamos y encendí la luz. Vi que no era un desastre. Fui a la cocina y preparé un par de cafés. Nos servimos cada uno, en silenciosa formalidad, nuestro café. Ella me miró y empezó a preguntar:

- ¿Cuánto hace que vives aquí?
- Hace unos dos años ya. Poco después que volví a Chile.
- ¿Y que tal tu estadía allá?
- Alucinante. No creerías todas las cosas que te contara.

Y empecé a contarle sobre mi vida mientras estaba haciendo carrera en el exterior. Las cosas que hice, lo que compré, mostrándole fotos de por allá. Ella, a cada cosa que le contaba, saltaba con la pregunta que evadía a cada momento: "¿Me extrañaste?". Y yo, haciéndome el idiota, elevaba por dentro mi nivel de mentira y le decía que sí, siendo que hice lo que pude para olvidarla y sacarme de encima ese recuerdo forjado de su piel.
En un momento de silencio, ella se acercó a mí y puso su cabeza en mi hombro. Yo, un poco intranquilo, le pregunté que pasaba. "Nada", me decía. Pero había algo. En su mente -y en la mía- todos los recuerdos bloqueados empezaban a desparramarse por la cabeza. Hasta que de tanto insistir en qué le sucedía, ella, en silencio, sollozaba.

- ¿Qué pasó, Soledad?
- Nada, no pasa nada... - Me decía llorando.
- Si no me dices que sucede, no tengo cómo ayudarte.
- No te preocupes.

Asi que, sin resolver el enigma, la abracé y así nos quedamos. Ella, me hacia cariños justo en lugares que -a sabiendas- me producían "algo". Yo, haciéndome el loco, le decía que se detuviera. Y así empezó el juego. Me provocó tanto, que la tomé y sin que me dijera algo, la besé con ganas de adherirme a su cara. No se resistió. Tal vez ella también lo quería, pero quiso que me adelantara.
Entre besos, caricias, tocaciones y manos que se perdían en por la ropa, llegamos a quedar desnudos. Apreciándonos, ella, con pudor me decía:

- No me mires...
- ¿Y para qué me dices eso? No hay nada que yo no haya visto antes - bromeaba.
- ¡Ah, que eres mala onda!
- Pero es cierto... Te conozco demasiado.
- No importa, no me mires- me dijo, con algo de molestia.
- Está bien. Y cerré los ojos.

Ella se acercó a mí y me empezó a besar, despacio por mi rostro, mi boca, orejas y mi cuello. Cada vez que se acercaba y sus labios me tocaban, un espasmo me retorcía de placer y aguantaba el deseo de poseerla súbitamente. Ella lo sabía y continuaba haciéndolo. Luego se fue a perder por mi abdomen y llegó cerca de mi sexo, que manifestaba explícitamente el deseo de poseerla. Y de allí no subió hasta que vio que no resistiría tal actuar. Por fin ella se rindió a que tomara cartas en el asunto y procedí a hacer lo mío. La besé con desenfreno y mi lengua no dejaba de recorrer su cuello: era su debilidad. Me encadené a sus pechos y ella no cesó de gemir y de respirar más y más agitado. Me propuse hacer lo mismo que ella hizo conmigo y no dudé en bajar hacia la zona de su sexo, lentamente, viendo como su rostro se desencajaba con cada movimiento que realizaba. Estaba entregada.
Lo que siguió fue el clímax del juego previo. Su sexo y el mío, bailando al son de un ritmo desesperado, violento, desenfrenado. Los gemidos y las respiraciones entrecortadas de ambos se hicieron cada vez más potentes. Pero ella, en un momento, me dijo:

- No puedo...
- ¿Qué? - La miré con una cara de interrogación.
- La verdad es que... no puedo continuar...
- ¡¿Por qué?! - la encaré.
- Porque me siento sucia, una infiel. Por algo estoy con él. Para no estar contigo.

Me dolió. Me dejó atontado. Yo no pude hacer más que salirme y buscar a tientas mis cigarrillos. Prendiendo uno le dije:

- Entonces, ¿por qué lo hiciste?
- Lo nuestro nunca fue algo simple. Tú fuiste el primero... Y tenía razón.
- También puedo decir lo mismo. Algo nos tira.
- Por eso, para mí, todo queda aquí. Y empezó a sollozar.

La abracé y no nos soltamos hasta que salió el sol. Entre las siete y las ocho, desperté y no estaba, pero encontré en mi cómoda una nota: "Miguel: no me busques, no me llames. Olvídame para que pueda olvidarte...". Se había ido. Yo desnudo y todo, salí al balcón a recibir al sol. Miré y sólo hallé gente pasar y sin más preocupación que hacer lo que tenía que hacer. Yo, sin embargo, pensaba que ayer iba a ser un día normal. Y ya ven, no lo fue...

2 comentarios:

desde bergen dijo...

Odio a Miguel, no tiene sentimientos...

Hada de Luz dijo...

Siempre en un bar... será que tus relatos los escribes ahi?...
Lo que dice chinita es verdad... no tiene sentimientos, pensando siempre en él, sólo buscando una oportunidad.