lunes

Juegos de Otoño

("Autumn Evening. Domotcanovo" cuadro de Valentín Serov)




Pateo las piedras mientras voy de camino a casa, por el parque. Es otoño y el frío empieza a recordarme que el olor a las hojas humedecidas por el rocío ya llaman al invierno que avanza ráudo desde la esquina más cercana.
Avanzo metros y miro sus ojos. Los ojos de los transeúntes.
Veo como el frío se les va metiendo en el cuerpo y esconden su calor entre sus músculos y la ropa.
También miro las hojas caer.
Las veo bambolear en sus ramas frágiles, secas y a merced de la gravedad. Sus días van en cuenta regresiva.
Ya los prados empiezan a darles el último cobijo antes de que Aseo y Ornato las confine a una fosa común, en desagradables bolsas oscruas que afean su belleza post-mortem.
La alfombra café, naranja, amarilla y roja se extiende por metros y metros. Y no resisto correr por ella y pensar que son como las palomas de la plaza que vuelan en desorden, desbandadas y confundidas.
Río como un niño.
Las pateo y se elevan por sobre mis piernas.
Recojo montones y hago lluvia con ellas. Satisfago a mi niño interno cuando agito mi cuerpo en el suelo, contra esa alfombra vegetal.
Mis mejillas se arrebolan y transpiro. Me río sin razón y mato a la nubosidad gris y amenazante.
Ya no me importa si los que corren, pasean en bicicleta o sólo se besan por allí me catalogan de loco.
Soy feliz.
He vuelto a casa. Y juego en el alfombrado café.
Soy un niño de siete y mis padres me miran alegres de corazón.
¡Cómo extraño hoy que me vieran así de contento!

martes

El Baile

("Los Bailarines", cuadro de Olga Sinclair)





Con el compás del primer tono de la canción, ya no existe nadie.
Al sonar las primeras notas de esa música, no hay pista, luces, gente, espacio o tiempo: sólo somos tú y yo.
Ligero te arrimo a cuerpo, calzándote mis manos a tus caderas. Tus brazos, desenvueltos como bufanda sobre mi cuello, me sostienen.
El primer movimiento, es el más sutil. Marca con un halo de luz de neón el vacío en el cual danzan nuestros cuerpos.
Los sonidos de la música se trasladan al corazón de cada uno y se enredan en nuestros latidos; sus vaivenes son sus compases y su sonido es su combustible.
Tu cabello se alarga y flota en esa infinita pista. Te haces una con el infinito.
Yo me voy sumerigiendo en tí a cada paso.
El baile continúa.
Ya nuestros movimientos han dibujado el universo y tu sonrisa les da su propio movimiento, música y compás.
Nos fundimos: yo en tí y tú en la pista-universo.
Giramos, nos enredamos, reimos.
Bailamos al ritmo de la creación.
La creación es nuestro propio baile.
Y en el gran final, te inclino para estallar en besos.