martes

Ejercicio

Caminaba por los adoquines mojados.
La lluvia los hacía brillar. Mi ropa se empapaba a cada paso y sentía el agua tocar mi piel, traspasando mi ropa, rozando hasta sentir mi carne erizarse.
Hacía frío.
Ni eso apagaba la rabia que me ardía en el pecho ni despejaba de mi rostro, la sangre que manaba gracias al botellazo.
La gente que por ahí pasaba, me miraba y huía de mi. Apartaban la vista y en mi cabeza pensaba que reverenciaban a la vergüenza de mi cuerpo. Se leía en sus ojos "qué patético se ve". Escuchaba al pasar sus voces que, penosas, exhalaban murmullos de condolencias. No querían verme.
Les parecía un monumento a la indignidad, un tótem vivo dedicado a la soledad.