lunes

Domus Aurea

Entre el circulo me poso y me encierro entre sus cuerpos tallados y desnudos. Ahí, en ese domus aurea que me rodea, en el altar de columnas de piernas y torsos pujantes, las fuentes cárnicas pujan, curvan sus espaldas, presionan sus pelvis y se dejan derretir. Tiemblo. Las piernas se sienten de lana; la boca vibra y mis labios se aprietan. Tienen miedo.

Ya no quiero tu pan. Ya no sólo de la leche me quiero nutrir. Denme el bautizo hereje, esa agua que miran con desecho. Aspérjenme con sus manantiales profundos y viscerales. Porque ya no me basta con que estén dentro de mí. No me basta que sus manos me rocen. No, no es suficiente. No satisface que me sientas por dentro, ni los embates, el jadeo, los besos hinchados. No, no es suficiente. Ni que te grite que me calienta que me digan así. No, no es suficiente. No. Necesito humedecer mis labios con el precipitado de sus entrañas, beberlo, disfrutar el sabor acre, las líneas fluídas, la entrega desesperada de las vísceras

La congregación carniforme se disuelve y se pierde en las sombras y quedo allí, calado hasta la médula del raso aúrico y esteril de la micción, empapado, saciado, lleno el apetito del caldo de la ampolla intestinal.