lunes

Sin Título II

("El Sembrador", òleo sobre lienzo de Jean-François Millet)




Permite que mi mano
plante entre tu piel
la semilla ardiente y voraz
de un deseo feroz
y se hunda profundamente
entre tu carne
y tus sueños

Deja que se alimente
del ritmo salvaje
de mis versos profanos
que irrumpen en tu oído
cuando el aire de mi voz
allí estalla en forma
de mil lenguas ávidas
que te recorren el cuerpo

Haz que mi semilla crezca
y transfórmala en susurros
de palabras obscenas
gritos de guerra
besos desesperados
hambre insaciable
ansias de lujuria
lujuria indómita
que te incendia las entrañas

Y llegado el día
en que mi semilla
de su flor en ti
vendré a tu cama
al romper la aurora
y me vestiré de segador

Llegaré con el sol
con mil soles abrasantes
y una tempestad de caricias
hundiendo mis manos
en lo recóndito
de tu cuerpo sembrado
para devorar
el fruto exquisito
de tu cuerpo madurado



Nº100: 3 años de blog

("La Creación de Adán y Eva", óleo sobre lienzo de José Villegas)


* Nota: El blog está de mes aniversario. Con este post, abro el cumpleaños número 3 de Símbolos.



¿Para qué sirve un escritor
si no es para destruir la literatura?



El que escribe, hace poemas, cuenta historias o hace de las palabras una profesión, un oficio de obrero o de artesano en el fondo es y debe ser alguien que debe, por sobre todas las cosas, alcanzar y hacer realidad el sueño de la "realidad poética". En el fondo, todo aquel que escribe es un constructor y un destructor del lenguaje. Un pirómano dispuesto a querer incendiar el lenguaje; llenarlo de un fuego nuevo y lograr la transgresión; la recreación del hecho literario total.
Leía en un texto la siguiente frase: "¿para qué sirve un escritor si no es para destruir la literatura?". Eso me voló la cabeza y me hizo entender una cosa: todo es posible. La poesía, la visión poética de la vida, del mundo. Esa, que también muchos quienes escriben se dedican a hacerla posible, es en cierto modo, la lucha inconciente de alcanzarla, conquistarla por todos los medios posibles. Una realidad mucho más allá de las palabras que se pueden poner en un papel, muro o computador. Hoy por hoy, el verdadero lenguaje y la verdadera realidad, esa que habita en el fondo de todas esas palabras escritas, se censuran, cortan, avergüenzan por la estructura racional que nos domina de vez en cuando.
El lenguaje, las palabras que se usan en el diario vivir, en cualquier idioma, nos sitúan en un lugar, nos hace residir, vivir en una realidad. Por tanto, al lenguaje hay que usarlo para que se pueda crear un lugar, un ambiente en que todos puedan vivir, residir, habitar su propio espacio.
Es por ellos que hay que "re-vivir" al lenguaje, no "re-animarlo". Hay que sentirlo distinto, nuevo. Como algo que por primera vez se degusta, siente, respira, hace. Porque el lenguaje es algo que muta, cambia, renueva como las hojas de un árbol después del invierno. Nunca son iguales, pero siempre están.
Es por ello que escribo para llamar a quienes ponen sus palabras en cualquier soporte a lanzarse a la conquista de la realidad que vive en el lenguaje de la poesía, el cuento, la novela y todo aquel estilo literario; y romper esquemas y reglas; crear nuevos lugares, formas, expresiones, ideas y pensamientos. Llamo a ser "guerrillero" de la literatura. Ser alguien que sueña en quienes ponen en la palabra, el sello de una mejor y más grande realidad, está también la raíz de que el mañana puede ser aún mejor.

Ven y ámame ahora

("Deseo", fotografía de Alejandro Boeris)



Ven y ámame ahora
ahora que mis manos
se vuelven espesas y humeantes,
que mis ojos brillan
con el resplandor del deseo

Ven y ámame ahora
que te corono de estrellas
te baño con mis besos
te bebo con mi abrazo
y te ries de gozo

Ven y ámame ahora
que mi cama
llanura proscrita
se abre alegre
a nuestra danza visceral

Ven y ámame ahora
come de mi aire agitado
rasga mis ropas
y haz con ellas una cuerda:
ata mi ansia
y cúbreme de tu deseo

Ven y ámame ahora
ven y deja inundar
tu oido con mis gemidos
tu piel con mis manos
tus pechos con mi boca
tu sexo con el mio

Ven y ámame ahora

Ven, quédate aquí:
aguarda el amanecer
y deja que explote
el rosado del cielo
en un grito
en un suspiro
sobre nuestros
cuerpos saciados

Haz que me pierda

("Abandonarse al Paraíso", Óleo sobre madera de Saúl Esparza)




Haz que me olvide
y que me pierda
entre tus piernas
con un beso monumental
un beso con sabor:
sabor a culpa y deseo

Haz que me olvide
y que desaparezca
con una caricia
con el toque de tu mano
en mi esplada
y que me electrifique
y al aire de mis gemidos

Haz que me olvide
y que me deshaga
como ceniza tabaquera,
como ola contra la roca
con tu lengua
en el camino
entre mi cuello
y mi oido

Haz que me pierda
y me olvide de mí,
hazme gritar desenfrenado,
gemir con la sonrisa
a flor de labios,
respirarte
con cada latido,
gozarte
con cada embiste
y desearte
con cada segundo

Haz que me pierda
y que me pueda
encontrar desfallecido
durmiendo a la sombra
de tus pechos

miércoles

Geografía de Chile

("La fundación de Santiago por Pedro de Valdivia", óleo de Pedro Lira)





Vivo en un país
en que lo secreto
lo que habita
entre las sábanas
es mirado con ojos
que tienen la cruz
y la hoguera por dentro

Vivo en un país
en que una caricia
un orgasmo
y el deseo
se han proscrito
y declarado ilegales

Vivo en un país
que quiere igualdad
pero que la obtiene
de sus diccionarios
leyes y constituciones
gracias a la firma
de un papel

Vivo en un país
que no quiere rechazar
pero que rechaza tajante
mi decisión
y la decisión de todos
sobre los cuerpos

Vivo en un país
liberto de dictaduras
pero que se esclaviza
por manos ajenas
mentes distintas
y razones vetustas

Si quieres saber
de qué lugar hablo
busca un mapa
y pon tu índice
sobre una faja
que no puede salir
de su encierro
por un mar de moral de cruz
en el poniente,
sellado por montes
de viejas prácticas
al oriente
y encajonado
al norte y al sur
por el prejuicio
y los poderes en las sombras,
por el desierto
de su tozudez
y los hielos de la religión

Vivo en un país
donde lo redondo
es el asombro
de la estupidez

lunes

En la ceguedad de la noche

("Últimos rayos de sol antes del anochecer en Rello (Soria)", foto de Luis Pabon)




En la ceguedad de la noche
leo tu cuerpo
con la yema de mis dedos
descifrando de a poco
los mensajes ocultos
tras cada gemido
que el vibrar de tu voz
penetra en mi oido


En la hora más árida
bebo con ansiedad
tu vientre cálido
tus pechos de nieve
y me sopla la brisa
del hielo perpetuo
cuando mis labios encuentran
tus labios eléctricos


Al latir mi corazón
mi sexo llama al tuyo
con una lengua invisible
y se lanza al vacío
hundiéndose
en una frenética caida

Con el aliento
de tu boca muda
amortajada de clamor,
de gritos entrecortados,
me deshago
y soy ceniza al viento

Me abandono
y naufrago
en la arena húmeda
de tu piel perlada
de agua y deseo

En la ceguedad de la noche
una luz cúlmine y orgásmica
me devuelve la vista
y detono
al ritmo de un estallido húmedo
y lleno de color

jueves

Sin Título

("Mujer con Caballo", cuadro de Luis Alberto Almería)


Mi mano te alcanza
y te excava
desciende,
se hunde
y comienza con ansia,
deseo
y lenta tranquilidad
a explorar
tu blusa universal,
infinita,
absoluta,
profunda
como tierra virgen
y se pierde.

Se extravía
en el fondo
el todo
el misterio
de una piel aterciopelada,
una piel tensada;
y arranco de tu vientre
un ritmo,
un sonido tribal,
el grito de un pueblo indómito
que marca un compás,
una nota salvaje
que me arrasa
las venas
como un deseo de volcán,
un fuego de forja,
un metal fundido
que marca mis labios,
la carne de mi boca,
mis huesos vibrantes
de un beso
con sabor a selva
y humedad,
impregnado de bailes furiosos,
caderas al viento,
sonrisas perladas
y un sol que quema
desde lo alto

miércoles

Tiemblo por tí

("Movimiento" - cuadro de Valde)




Un temblor subteráneo
un movimiento telúrico
una sensación terráquea
recorre mis venas
inunda mi mirada
aumenta mi aire

Una sacudida violenta
que se mueve por mi espalda
hace estallar mi cabeza
y se derrama por mi piel
golpeando con ritmo furioso
mis nervios alertas
mis músculos tensos
mi ansia desesperada

Ansia de tenerte
de fundir mi piel
que ebulle con cada segundo
que respiro en tu oido
y me sumerjo en tu ser
con braceos desesperados

Y en el cénit
de un rítmico y jadeante
ruido sordo
de nuestros cuerpos
amalgamados
en una aleación
de gemidos
besos
caricias
latidos
viene un rugido secreto
un remezón
un cortocircuito
un estallido

El aire se ha desgarrado
los astros se han detenido
el tiempo se ha congelado
y yo tiemblo por tí

martes

Necesidad

("Los amantes" - cuadro de René Magritte)



Deja desmigajar tu cuerpo
pedazo por pedazo
morderlo de a poco
y consumirlo lentamente

Deja probar el sabor
de tu cuerpo
con mi lengua ávida
y mi paladar dispuesto
para desmenuzarlo
con mis dientes filosos

Deja que tu cuerpo
se deshaga lentamente en mi boca
al ritmo de mis dentelladas
que cortan tus labios
y destrozan tu aire
demoliendo tus gemidos

Deja que tu ser
sea mi alimento
y sustrato de mi cuerpo,
un cuerpo menesteroso
un cuerpo que desfallece
de hambre y sed

Deja que tu cuerpo
se un bocado exquisito
y déjame gustar de ti
con la intensidad
del sediento
y del moribundo

miércoles

Acto de Fe

("Leap into the Void" {"Salto al Vacío"}- Fotografía de Yves Klein)





Si volviera
sobre mis pasos
una voz me diría:
volverás a caminar
para encontrar la derrota

Si volviera
a andar sobre las huellas
que dejé al pisar
un susurro escribiría:
la historia del infortunio
te perseguirá siempre

Si volviera
sobre ellos
sólo volvería a ver
las historias
que no debería olvidar,
las amargas lágrimas
secas sobre mi rostro,
las arrugas de mi sonrisa,
el pozo oscuro
de mis pupilas sorprendidas

Y si volviera
a nacer
desearia ardientemente
volver a cometer
una y otra vez
los errores
los fracasos
las alegrias
las penas
los planes fallidos
y las cosas inesperadas

Con arrojo
estaría dispuesto
a estar de pie en lo alto
sostenido de mis minutos vividos
mis horas desdichadas
mis días grises
mis meses y años perdidos
para contar mis cuentos
que se han vaciado
y disuelto en colores
extendidos en un lienzo
que ha sido
mancillado
roto
quebrado
y parchado

Ya no estaría arrepentido
de haber hecho
de haber dicho
de haber sentido
de haber pensado
de haber omitido
de haber obrado
lo que debia
cuando no debí
y viceversa

Y el mundo;
a él no temeré

Ni a la muerte
al escarnio
del cuerpo y el alma
a la burla
al desprecio
a la discriminación
al abuso
o a la vergüenza

Seré libre

lunes

Los amantes

("Los amantes", óleo sobre lienzo de Mark Chagall)




Aquella frase me rebota en la cabeza una y otra vez.

Aquellas palabras dejan su huella profunda en mis recuerdos. Es la cicatríz de la memoria; la cicatríz de los años; la marca de tu recuerdo. Esa maldita marca que sellaste con ese beso furtivo, entre el humo y la cerveza que se enturbiaba en mi mano.
Ese beso aún me quema los labios y me dejó sin otra sensibilidad más que la de tu boca. Y esas palabras que dijiste sin sentir eso que llaman pudor, vergüenza o escrúpulos al estar tendidos en la cama, desnudos y sudorosos; con los cabellos y el cerebro revueltos; empalagados de placer carnal, animal, pasional, me persiguen como mi sombra.
Fue el oráculo más certero y conciente que he consultado.
Fue la verdad de un tiempo y la fatalidad de otro.
Desde aquellas terribles y veraces palabras, mi mundo y el tuyo se cruzaron con miradas furtivas, gemidos acallados, reuniones secretas con sexo desmedido e incendiario, temblores orgásmicos y cigarrillos apilados en un cenicero que no daba abasto.
Aún recuerdo cómo me lo dijiste. Aún las recuerdo zumbando en el aire enrarecido y humedo de mi habitación. Por un momento me imaginé muerte y resucitado. Tu boca en mi oido ayudó a que quedaran soldadas en mi cerebro.
Al sentir mis oidos vibrar con el ritmo pausado del sonido de tus palabras, me fuí y nos fuimos internando cada vez más en ese juego, esa arma de doble filo que se llama infidelidad.
En ese momento, la culpa o la sensación de estar haciendo algo prohibido no importaba nada. Sólo era importante aquello que decías; aquellas palabras enormes y avasalladoras que no tenían aristas o imperfecciones. Era la verdad cruda y sincera. Y sobre estas palabras se sostuvo nuestra historia hasta que fuimos descubiertos, expuestos ante el crudo juicio de los que nos rodeaban.
No me arrepiento.
No me arrepiento de haberte deseado todas esas veces; de haber tenido sexo contigo o de haber vivido una mentira.
No.
No lo haré.
No lo haré aún cuando en la soledad de mi cama, que se hace enorme sin tu cuerpo de hetaíra y curvas de guitarra, de la cual yo sacaba las mejores y más armoniosas notas, tus palabras me persigan como pesadillas de niño. Me persiguen, gigantes y luminosas, por el techo de mi pieza. Y con su voz más terrible y sonora me gritan al unísono: "Desde que nos besamos, supe que estábamos destinados a ser amantes...".
Amantes.
"Amantes". Esa palabra me resuena una y otra vez, como mantra maldito y gozoso. Todo a la vez.
Amantes. Lo que fuimos y que ahora, sin tí, no tiene sentido ni razón de ser.
Ya no existes y yo, que existo, no puedo ni podré jamás volver a ser tu amante o el de alguien más.
He dejado de ser, como la noche sucede al día. Aún así, volveré. Y volveré a sucumbir.
Sucumbir ante el deseo, el beso, el sexo furtivo y secreto, el humo, la cerveza, el cigarrillo, tus palabras, el destino.
Volveré a sucumbir ante la verdad que bajo un sol de octubre; un sol quemante y sólido, plantaste en mis oidos y mi boca.

jueves

Sutilezas

("El entierro del Conde de Orgaz", cuadro de El Greco)



La muerte
no es un paso.

La muerte
no es un inicio.

La muerte
no es un fin.

La muerte
es sólo morir.

Morir
es dejar de existir.
no ser,
no existir.

Nada.

Matar
no es más
que un crimen.

Matar
es quitar la vida.

Matar
te hace morir.

Matar
es morir,
morir a manos de alguien.

De alguien
que desea tu muerte.

Esa muerte
que sólo es.

Que te vuelve
inexistente
te hace no ser.

Te vuelve nada

sábado

Claroscuro

("Ojos cerrados", oleo sobre lienzo de Eduardo Alvarado)





La luz mortecina de la vela es lo último que queda. En las penumbras, bebo en silencio el último concho de vino de la botella que había comprado. Su aroma me llena la nariz y se me sube a la cabeza, calientan mi cuerpo y mis ideas.
Miraba con cierto asombro el juego de luz y sombra que se daba en el comedor. La cena ya se había enfriado y mascullaba mi mala fortuna bebiendo pausadamente el Cabernet que compré.
Ya estaba algo ebrio: de vino y de molestia.
La vela se consume con avidez y sigo aqui, sumido en el claroscuro de esta habitación, haciéndome parte de esas oscuridades que van llenando este espacio que se hace cada vez más enorme y uniforme a medida que la luz mengua.
Y, de pronto, la vela cesa de iluminar.
Quedo detenido en el negativo de la luz y me hago parte del espacio oscuro y constante. Y el vino, también desaparece. La última gota rueda entre mis labios y mi barbilla, como la lengua de alguien lamiéndome hasta la manzana de Adán. Me seco y palpo circularmente.
Ahora, todo me parece tan fantasmagórico, callado, homogéneo, cavernoso y sombrío. Siento que he entrado en mí mismo; en el rincón más profundo de mi alma.
Y para apaciguar esa sensación de penumbra sólida y tangente, enciendo un cigarrillo y vuelvo al exterior de mi ser por un segundo para darme cuenta de que aún sigo aquí, en este comedor, con toda esta comida fría y la botella vacía.
El vacio empieza a perderse.
Comienza el reinado del humo y el sonido de la quema pausada y ardiente del papel del cigarrillo que crea una tenue intermitencia entre esa sólida negrura y la cena a medio comer.
Las horas pasan.
La ausencia de luz se hace cada vez presente como un ente, un ser lleno de materia y dispuesto a hacer suyo todo lo que le rodea.
De pronto, un haz de luz quiebra la lobreguez de la habitación. Una ráfaga se deja caer desde la calle.
Un sonido. Un motor.
Levanto mi cuerpo para acercarlo a la ventana cerrada y hago muy lentamente a un lado la cortina, como si tuviera miedo del exterior, del mundo. Como si sufriera de agorafobia.
Intento adecuar mis ojos a la luz que va entrando en ellos. Y cuando lo logro, descubro una farsa: ella besa a quien le acompaña, con una mezcla de furtividad y deseo que sólo los amantes suelen derrochar en ellos.
Es un beso culposo. Un beso que quema la piel y que la llena de una suerte de sensaciones entremezcladas y vitales.
Me bastó solo verlos unos segundos para comprender que ante la luz más brillante, la ceguera llenó mis sentidos para conducirme al secreto más triste: se puede ver mejor con la mirada puesta en las pequeñas luces invadidas por las sombras que ante la luminosidad constante.
Dejé de ser ciego en la oscuridad y la luz.
La pupila ya se ha sanado y entrenado.
Ya lo he visto todo.

lunes

Lamentación

("Lamento", cuadro de Fernando Unda)



Ay de mí
corazón desolado
que se esmera
en recogerse del suelo

Ay de mí
alma partida
que no deja
de zurcirse el agujero


Ve mi pena
ojos de manantial
roto como odre viejo
reventado por el agua

Palma de mi mano:
tantea el abismo rasgado
de mi pecho vacio
de sangre herrumbrosa


Sostén mi humanidad,
piernas rotas
y pies desgarrados
por vidrios y frio

Ay de mí
y de la pena
que mastico hoy
con vinagre amargo

Ay de mí
desventura ingrata
maldición helada
que me despedaza

Ay de mí
sueño esquivo
vida inclemente
muerte acechante

Encuéntrame aquí
donde mi sombra cae
y mi cuerpo yace
cubierto de cenizas

Teje mi mortaja
cierra mis ojos
acúname en madera
y devuélveme al polvo

Y al final
llora conmigo
recuérdalo todo
y repite conmigo
ay de mí

sábado

Vida

("El nacimiento de los deseos líquidos", cuadro de Salvador Dalí)



La vida está hecha
para quien la quiera vivir
hasta la última gota

La vida es para estar
tirado en la calle
borracho de dolor y felicidad
balbuceando en calles desoladas

haciendo sonar el zafarrancho
en los conventos e iglesias
que
la vida está más allá
de la tinta

y el papel
del papel couché
las imágenes catódicas
los lienzos y los tablones


La vida está donde se vive
con el aliento entrecortado
de un
sexo sudoroso y ameno

está en la ráfaga de lluvia
que cae sobre

poblaciones
calles
alumbrados
techos
y tierra


La vida está hecha
para quienes la traducen
de todo


lo oido
escrito
visto
olfateado
lamido
tragado
mordido
gritado
mascullado


en los gestos
de
amores y desamores


La vida es mucho más


que existir

lunes

Promesas

("El Juramento de los Horacios", cuadro de Jacques Louis David)



Puedo prometerte
por la
sangre púrpura
de mis venas
carmesí
y aún así
no sería suficiente



Puedo prometerte
por
el infinito y lo perecedero
y aún así
no sería suficiente

Sólo puedo
prometer
mis
manos para acariciar
mis
brazos para retener
mis
piernas y pies para andar
mis
ojos para mirar
mis oidos para escuchar y oir
mi piel para abrigar
y mi
boca para decir y callar


Sólo eso te prometo
porque
no tengo nada más
con qué

caucionar
garantizar
afianzar
asegurar
acreditar



que tus heridas

no serán

miradas
vistas

u observadas



Sólo exijo
que guardes el rubor
si algún día
he de contemplarlas
y he de descubir en ellas

la plenitud de tu ser

jueves

No apagues la luz

(Desnudos, óleo sobre lienzo de Jesús Molina)




Hoy no apagues la luz
quiero verte bien

Quiero fotografiarte
con la mirada
el espacio entre tus pechos
la curvatura de tus caderas
y el infinito espacio de tu sexo

Ven y acercate
deja acariciarte el mentón
con un cubo de hielo
y recorrer con él
tu vientre para inundarlo
y beber de él hasta ahogarme

Cierra los ojos
y deja que mi lengua
acaricie cada rincón de tu cuello
y mis dientes mordisqueen
tus orejas y tus pechos
pechos henchidos de fuego
conectados al cielo
por tus pezones en flor

Ahora tú
mi dama y mi meretriz
mi santa y mi puta
déjame beber de tu sexo
alimentarme de tu gemir
saciarme completamente de tí

Gozemos y vivamos
en un compás de mantra
este encuentro
de tu sexo y el mío
como la lenta muerte
y la eternidad de la gracia
infinita
inconcebible
e intensamente

Y que el alba nos descubra

Que no importe nada
que la luz siga encendida

Porque no quiero
que hoy apagues la luz

Quiero verte bien

miércoles

Aviso

Por razones que superan a cualquier voluntad y la mia misma, Símbolos se toma vacaciones. Y por lo mismo, para que nadie extrañe que deje de escribir, Diálogos toma su puesto y empieza a volver al ruedo. Asi que, por lo mismo, este sitio se relaja, deja de publicar y se traslada a Diálogos. La poesía, los cuentos, la prosa y todo eso, se dan un merecido descanso. Y yo, también.

martes

Letanía

("Súplica voraz", óleo sobre lienzo de Carmen Salamanca Gallego)






He de hincar mis rodillas
y de abrir mi alma
cerrar los ojos a todo
y sentir la pausa tranquila
del latir de mis fibras
para entregarme al infinito
e insondable misterio
del que soy parte.


He de invocar sin voz
con las manos extendidas
como volantines sin control
que se pierden en lo alto
a aquel poder incierto
arcano e intrigante
que me rebasa.



¡Héme aquí!
Postrado, humillado y sumiso
Me he abandonado a todo
¡Que se haga en mí carne
lo que he de hallar!



He de sumergirme
más y más en mi océano
pero sé que allí no te encontraré.



He de elevarme
por encima de mi mismo
pero sé que ahí no estás.


He de dejar que me alcances
debo dejar que me halles.


Porque lo que busco
lo que anhelo
lo que invoco
no está completo.


Tengo sólo una parte.


Y quien la posee
es aquella que invoca
y abre su alma
postrada ante el misterio
indescifrable del amor.

miércoles

Retorno al Recuerdo


("El regreso de la soledad", cuadro de F. Franco)




Este texto, es parte del proyecto de novela corta que espero terminar en este año.
Este, es sólo un adelanto.



RETORNO AL RECUERDO
I

Mastico la frustración de tener que regresar a este pueblo. La tarde cae por el oeste y el bus entra silencioso por la avenida principal rumbo a la terminal. Se que no habrá nadie esperándome en el andén. Es invierno y la gente en este pueblo se guarda en sus casas con la caída del sol y las heladas que caen de noche. De solo acordarme de lo frío que es el invierno aquí trato de encontrar ansiosamente los guantes que llevo en los bolsillos de mi abrigo.
Hace quince años que no había puesto un pie en esta ciudad. La última vez que estuve aquí fue cuando mi madre murió de un cáncer pulmonar que se debió a que era una fumadora empedernida. Exagero: mi madre era fumadora, pero no al punto de fumar más de una cajetilla diaria. Si fumaba mucho. Y con ella fumé hasta su último día, en el cual, antes de morir, pidió al cura, un corto de licor fuerte y un cigarrillo.
Con voz profunda y ronca, pues el cáncer le estuvo comiendo la garganta también, mi madre me dijo antes de que muriera, clavando sus ojos en los míos: “Hijo. Hijo querido… no trates de volver por donde pasaste alguna vez. Vete. Vete lejos y deja que mis huesos vayan a parar a su último descanso, que harto me merezco…”. Fue la última vez que oí su voz.
Aún recuerdo su mano morena y huesuda tomando la mía y haciéndome cariños con su dedo pulgar. Y, por sobretodo, que ella no llevaba la argolla de matrimonio. Mi madre se la había quitado hace ya unos quince, antes de ella muriera, el día de la última audiencia en los tribunales. Y no se por qué, recordé a mi viejo y pensé en su paradero. Le perdí la vista después del juicio que hubo por la separación y no me sentí con el ánimo de buscarlo. Había dejado de ser mi padre, al menos en los papeles. Y tampoco lo vi mucho cuando mi madre enfermó gravemente. Recuerdo si, haberlo visto en el cementerio. Era una sombra oscura en uno de los rincones más lejanos de aquel camposanto. Se veía carcomido por el tiempo, viejo y delgadísimo. Su cabeza había perdido el color oscuro para ser poblada de canas.
Mi madre en el ataúd parecía que hubiera recobrado todo el color y el cuerpo que perdió tras los dos años de lucha contra su enfermedad. Hasta su sonrisa no se la había llevado la muerte. Recuerdo que ya no lloraba, pero mis hermanos y sus hijos derramaron todas las que yo no pude expulsar. Y que alguien a mi oído me dijo: “Alonso, tu papá quiere ver a tu mamá antes de que la sepulten…”. Pensé en no dejarlo pero, mi parte sensible pudo más; y ante la mirada de fuego escondida entre los sollozos de mis hermanos, mi padre vio a la mujer que fue su esposa alguna vez envuelta en su mortaja. La miró unos segundos; cerró sus ojos; puso su mano derecha sobre el vidrio del ataúd y depositó sobre él, su anillo. Luego de eso, rompió a llorar.
No supe, hasta años después en casa de mi hermano mayor, que mi padre había pedido verla antes cuando estaba recién descubierta su enfermedad y cuando se hizo el velorio en la casa que había sido mi hogar durante mi niñez y mi adolescencia, mis hermanos se negaron rotundamente a darle el espacio para ello. Después de todo lo sucedido hace ya tantos años, las heridas provocadas durante la separación aún seguían sin suturar. En un principio, me pareció estúpida su reacción. Pero después comprendí lo que un día mi vieja me dijo: “Hijo, en esta vida, todo, absolutamente todo se devuelve…”.
La vida se había encargado sola de devolver el daño provocado.
Ahora el mundo, mi mundo, era totalmente distinto. Salvo por este pedazo de tierra habitado por el cual estoy pasando. El tiempo se ha encargado de que permanezca exactamente igual a como lo dejé. La alameda por la cual transita el bus a su parada final, sigue teniendo el mismo espesor, aroma y soledad. Solo un par de perros vagos y uno que otro borracho valiente contra el frío se pasea por el suelo de maicillo.
Son exactamente las ocho de la noche. Y bajo del bus con el vaticinio frustrado: una mujer espera por mí en el frío banco del rodoviario.

sábado

Marea

("Mar bravo", óleo de María Ángeles Cerdeño)






Al calor de las sábanas
dentro de tu boca brillante,
fuera del mundo que me vive,
hacemos juntos un daño ambiental

Creamos nuevas formas de sentir.

Deseamos el gozo y el éxtasis.

Estallamos en fuegos violentos y furiosos,
devorándonos parte a parte,
recorriendo con mi lengua
lugares y pliegues de tu cuerpo
que vibra con cada descarga

Tus ojos cerrados experimentan
las sensaciones de la marea
que avanza rauda por tu playa.

Esa misma marea que recibe a mi cuerpo
desfalleciente en tu orilla
inconsciente de tanto luchar
ganado por el deseo de tenerte,
de sujetar tu piel brillante
cubierto de perlas y de temblores.

Que con cada oleaje de la marea
va llevando a que rompa la ola
y se descargue sobre nuestros cuerpos.

La dama del salón



("Couture", reproducción-poster de Ashley David)





De entre todas, eras única.
Lo demás sólo era un mísero adorno. El centro de la gala eras tú.
Te paseabas con gracia por el salón, donde el frac y los vestidos de fiesta darían muestras de una chapa de banalidad y de pusilanimidad.
Y tú, apenas si tocabas eso.
Estabas tan fuera de ello y tan profundamente arraigada al caracter formal y señorial del ambiente, que era dificil convencerse de que tu vestido no te haría una imagen corporativa de esa rancia alcurnia allí reunida, bajo unas lámparas de lágrimas de vidrio y salones llenos de cócteles y comidas que jamás alguien como yo probaría.
Te amé al verte.
Y te quise como la mujer y madre de mis descendientes.
Y por el salón te busqué para regalarte lo poco que yo podría ofrecerte y que no era capaz de compararse con lo que cualquiera de los asistentes te podría ofrecer.
A la primera oportunidad, me acerqué y quise decirte mi secreto: que te amaba.
Pero, mala suerte la mía: derramé la bandeja del fino champagne en tu vestido.
Y tus ojos en furia y mi secreto atragantado mataron mi anhelo de decírtelo.

lunes

Juegos de Otoño

("Autumn Evening. Domotcanovo" cuadro de Valentín Serov)




Pateo las piedras mientras voy de camino a casa, por el parque. Es otoño y el frío empieza a recordarme que el olor a las hojas humedecidas por el rocío ya llaman al invierno que avanza ráudo desde la esquina más cercana.
Avanzo metros y miro sus ojos. Los ojos de los transeúntes.
Veo como el frío se les va metiendo en el cuerpo y esconden su calor entre sus músculos y la ropa.
También miro las hojas caer.
Las veo bambolear en sus ramas frágiles, secas y a merced de la gravedad. Sus días van en cuenta regresiva.
Ya los prados empiezan a darles el último cobijo antes de que Aseo y Ornato las confine a una fosa común, en desagradables bolsas oscruas que afean su belleza post-mortem.
La alfombra café, naranja, amarilla y roja se extiende por metros y metros. Y no resisto correr por ella y pensar que son como las palomas de la plaza que vuelan en desorden, desbandadas y confundidas.
Río como un niño.
Las pateo y se elevan por sobre mis piernas.
Recojo montones y hago lluvia con ellas. Satisfago a mi niño interno cuando agito mi cuerpo en el suelo, contra esa alfombra vegetal.
Mis mejillas se arrebolan y transpiro. Me río sin razón y mato a la nubosidad gris y amenazante.
Ya no me importa si los que corren, pasean en bicicleta o sólo se besan por allí me catalogan de loco.
Soy feliz.
He vuelto a casa. Y juego en el alfombrado café.
Soy un niño de siete y mis padres me miran alegres de corazón.
¡Cómo extraño hoy que me vieran así de contento!

martes

El Baile

("Los Bailarines", cuadro de Olga Sinclair)





Con el compás del primer tono de la canción, ya no existe nadie.
Al sonar las primeras notas de esa música, no hay pista, luces, gente, espacio o tiempo: sólo somos tú y yo.
Ligero te arrimo a cuerpo, calzándote mis manos a tus caderas. Tus brazos, desenvueltos como bufanda sobre mi cuello, me sostienen.
El primer movimiento, es el más sutil. Marca con un halo de luz de neón el vacío en el cual danzan nuestros cuerpos.
Los sonidos de la música se trasladan al corazón de cada uno y se enredan en nuestros latidos; sus vaivenes son sus compases y su sonido es su combustible.
Tu cabello se alarga y flota en esa infinita pista. Te haces una con el infinito.
Yo me voy sumerigiendo en tí a cada paso.
El baile continúa.
Ya nuestros movimientos han dibujado el universo y tu sonrisa les da su propio movimiento, música y compás.
Nos fundimos: yo en tí y tú en la pista-universo.
Giramos, nos enredamos, reimos.
Bailamos al ritmo de la creación.
La creación es nuestro propio baile.
Y en el gran final, te inclino para estallar en besos.