martes

Testamento (primera parte)

("Una mujer escribiendo una carta", cuadro de Jan Vermeer Van Delft)




Le dejé en el velador un papel.
Ella dormía plácidamente mientras yo besaba su frente y le dejaba mi testamento.
Yo iba a morir esa noche.
No volvería más.

***

En las noticias, aparecía la noticia de mi deceso. Los periodistas no decían mucho. Decían que había muerto durante la madrugada, de un golpe en la cabeza al chocar mi auto mientras conducía mi auto por la carretera. Que en mi mano habían encontrado una foto arrugada y la policía negaba decir a quién pertenecía. Y que, según los bomberos, iba a exceso de velocidad y sin señales de ir ebrio.
Había muerto instantáneamente.
Las noticias añadían mi muerte al engrosado número de muertes por accidentes carreteros en el país. Me volvía un número más.
Pasaba al olvido.
Pero, estaba Rosario.
Rosario no me olvidaba. Me quedaba en su frente, en ese beso tibio que le dejé en la frente al momento de despedirme. Dentro de ella. Permanecía en su memoria el aroma de mi ropa al entrar en su casa, en sus sábanas cuando hicimos el amor, esa noche que le dije que no volvería. Ella no me creyó. No lo hizo, más que nada, porque siempre que se lo decía, volvía.
Y esa noche, tampoco me creyó.

***

Llegaba a su casa a las siete con treinta. La misma ropa, los mismos zapatos. La misma mirada, con otro brillo. En el bolsillo de mi chaqueta guardaba ese papel. Me pesaba como un kilo de plomo. Golpeé la puerta y apareció. Me saludó con un beso en la mejilla y me invitó a pasar.
Su casa estaba tal cual la había dejado hace unos dos años. Me había ido del país a Barcelona a estudiar y tuve que dejarla. No tuve elección. Más bien, pensé en mí. Sacrifiqué a una persona por mi propio bien.
Hasta esa noche, no me arrepentía.
A mi vuelta de España, en un invierno frío y húmedo en Chile, fue la única que fue a recibirme al aeropuerto. Más por el recuerdo, por querer buscar respuestas. Me había ido entre gallos y medianoche sin decirle palabra alguna y escondiéndome de ella para no hacerla sufrir más. Y la había llamado exclusivamente a ella para decirle que retornaba a Santiago y que si tenía algo que preguntarme, lo hiciera cuando llegara.
Y así fue.
Rosario, durante el tiempo de mi ausencia, trató infructuosamente de ubicarme y llegó al punto de querer llegar con el caso hasta mi casa en Barcelona. Habló con mis padres, amigos, hermanos; todo aquel que tenía algún grado de acercamiento conmigo para poder entender el por qué la había dejado sola en Chile y cuál era mi paradero en Barcelona.
Supe por su boca, cuando íbamos en su auto hasta su casa, esa noche que me recogió en el aeropuerto, que había intentado resignarse a no entenderlo jamás y a liberarse de todo ese esfuerzo sin sentido. Juntó todos los recuerdos míos y los puso en una caja. Les roció parafina y prendió un fósforo.
Y se arrepintió.
Fue la noche que la llamé.

- ¿Aló? –dije con propiedad y algo de acento-.
- Si, ¿con quién hablo? –preguntó extrañada de lo tarde de la llamada-.
- Rosario, soy yo. Diego.
- … - se hacía un silencio glacial-.
- Si, Rosario. Te habla Diego –le dije para que creyera de verdad que no era una broma-.
- ¿Te atreves a llamarme después de 2 años, imbécil? –rugió-.
- Rosario, por favor. Sin insultos. Somos personas adultas. Al menos tú –se lo dije sin sentir por dentro una vergüenza horrible-. Llego a Santiago en dos días más. Si quieres respuestas, ve a verme al aeropuerto a eso de las tres de la mañana, hora de Chile. Llego en un vuelo de Iberia –continué-. Si quieres respuestas, ve –le dije, sabiendo que ella había buscado esas respuestas-.
- Está bien. Créeme que no lo hago por ti, Diego –respondió con enojo en la voz-. Lo hago por saber la verdad y cerrar toda esta historia.
- Nos vemos.


Y colgué.
Cuando me preguntó por qué me había ido sin decirle adiós, le dije sin un ápice de sentimiento: “Quería que supieras que sentirías cuando me fuera de verdad…”.
Con un pestañeo me volví a encontrar de nuevo con ese aroma a su vida. A ese lugar que tantas penas y alegrías nos trajo. Estaba en su casa. De nuevo. Y se volvería el punto sin retorno de mi despedida.
Me iba.
Mis recuerdos me llevaron a verla esa noche. Y mi necesidad de redimir mis actos en su contra. Junto con querer despedirme. Y estaba en su casa, pidiendo que me creyera que me iba para siempre. Pero insistía en que no me creía. Y no lo hizo.
Llegaba a su casa, porque le había telefoneado para decirle si podíamos cenar esa noche. “No hay problema”, me dijo. “¿A qué hora llego?” pregunté. “Antes de las ocho. Así me ayudas a cocinar” me dijo como en broma. “O.K. Llevaré una botella de vino. Nos vemos”. Y me despedí.
Durante esa noche, mientras preparábamos la cena, conversábamos de la vida; de nuestras vidas; de lo bien que le iba a uno y de cómo rearmábamos nuestras vidas. Durante el año que estuve en Santiago, la visité, salvo excepciones, todos los fines de semana. Llegamos incluso a pasar una Navidad juntos: la del año en que llegué de retorno de España.
Esa noche me preguntó que quería para Navidad. Yo sólo atiné a decirle, medio ebrio, que lo único que quería era que me creyera que cuando me fuera, me iba a ir de verdad. “¡No seas idiota, Diego! Si has vuelto, es para quedarte, ¿no crees?” me espetó. Y me abrazó muy fuerte. “Feliz Navidad, Diego. Mi regalo es amarte siempre”, me dijo al oído.
Y me besó.
Del episodio pasó un cierto número de meses cuando, le dije que yo no quería nada con nadie. Que prefería tenerla cerca como una amiga y que teniéndome cerca como pareja, lo único que conseguiría sería que otra vez me fuera por mucho tiempo sin decirle nada a nadie.
Me odió.
Pasaron unos dos meses después de ese infeliz hecho cuando yo pedí mis disculpas. Le dije que lo había dicho en un día muy malo para mí y que no merecía que le tratara tan mal. Le repetí que sin tener que comprometernos a nada, podíamos seguir estando juntos. El sexo y la intimidad con ella no me importaban. Me importaba más estar con ella y tenerla cerca cuando lo necesitara.
Cedió.
La cena fue muy agradable: vino tinto, pasta, ensaladas verdes y un helado. Comíamos y conversábamos animadamente de asuntos del pasado: de amigos que no habíamos visto; nuestros padres; paseos a escondidas a la playa para amarnos sin ser molestados; bromas y códigos que usamos para hablar, alguna vez, un lenguaje de enamorados.
Durante el café, ella, mientras me servía el agua, me lanzó “la pregunta”:

- ¿Tú me amas aún, Diego? –me dijo sin mirarme-.
- ¿Qué? ¿Si acaso yo aún te amo? –atiné a responder, aturdido con la pregunta-.
- Si, Diego –replicó con cierta dulzura y timidez, pero con firmeza en la voz-. ¿Me amas?
- La verdad es que… Bueno… Este… Yo… -decía tratando de hilar una respuesta-.
- No lo pienses más, Diego –me dijo con voz triste-. Tu duda lo dice todo.
- ¿Crees que es fácil para mí tener que darle vuelta a la página? –respondí como defendiéndome-.
- Si –dijo firme-. Irte a Barcelona sin decirme que te ibas, es la prueba –me dijo enrostrándome mi error-.
- No lo creas tanto así. Si estoy aquí es, precisamente, porque aún no la doy vuelta –le dije mirándola a sus ojos-.
- ¿Acaso te gusta sufrir, Diego, ah? ¿Te gusta hacerme sentir mal, estúpido? ¡Es un calvario tener que tenerte aquí sin tener que recordar lo que vivimos, lo que te amé! ¡Lo que aún te amo! –dijo con los ojos en lágrimas-.
- No. No me gusta sufrir como crees, Rosario. No me gusta hacerte sentir mal –le decía levantándome de la mesa-. Lo último que quiero es hacerte sufrir –le respondía tomándola del rostro-. Hoy, si estoy aquí, es para darle la vuelta a esa página. Y darte libertad. A ti y a mí –dije abrazándola-. Yo también te amo. Y porque te amo, me debo ir –dije.

Y la besé

***

5 comentarios:

cabellosdefuego dijo...

este lo terminaste a noche?
tiene la oscuridad atrapada en las fibras, porque yotambién odié a diego. qué imbécil.
eso significa que tu narración ha funcionado.

Desiré dijo...

No puedo dejarte comentario sin hacer alguna acotacion que se asimile a mi vida, me ha pasado eso de que me llamen despues de mucho tiempo, y al leer la reaccion de Rosario senti lo mismo, el mismo desconcierto, la intriga. Todo.
Y eso.
Y ojalá pensara todo lo que piensa Mafalda.

Patty Potter dijo...

pobre Rosario...

diego se merece la cancion ♪ y desde aqui te digo mar...♪ u know the rest

Saludos
y una bella historia q me encantaria leer alguna continuacion...

.* Itaa dijo...

No me agradó tu Diego.. que quieres que te diga, desde la llamada... lo odié por completo...

Se nos viene el viaje!, ya ya con fecha y todo, me alegró harto..., de esperar que sea un lindo día, unas vueltas por valpo..., buenas conversaciones, sin duda está todo para que sea un buen momento.

Saludos padre!, un gran beso.

Ale dijo...

gran relato.
me gustó como escribes, y si tu cuento se parece un poc a mipost a veces todos perdemors lo que más queremos por un error.
Lobueno para mi es que no fue para siempre y finalmente no lo he perdido.
Diego se tenia que llamar el tarado!
Saludos y siempre es bienvenido en mi blog