viernes

Insomnio


No me deja dormir tranquilo.
Me muevo una y otra vez en la cama.
Me agito. Trato de cerrar los ojos y de respirar profundo, pero no me puedo quedar dormido.
La luz de la luna llena entra por una rendija de mi ventana. Las formas que se van formando con el juego de luces y sombras es un juego que hago para quedarme dormido. Pero, ni así es posible. “Mejor me levanto” pensé.
Me levanto a tientas. No quiero encender la luz. Hace mucho calor en la habitación. En mis pantalones trato de hurgar para buscar mis cigarrillos y el encendedor. Me hice de ellos y fui al balcón. Enciendo uno y pude ver mi rostro cansado y con los ojos hinchados. Hinchados de lágrimas atragantadas. De dolores que en su momento no expulsé de mi sistema.
En la cabeza me estaban dando vueltas muchas preguntas, que a lo mejor, nunca me iba a poder contestar o que no me serían dadas nunca. Sabía que ella rondaba por la habitación. En las paredes estaba su silueta, su aroma impregnado en mis sábanas. Ella estaba en toda la casa.
Y eso es lo que no me deja dormir. El dolor es mucho. Me había dejado. Me había engañado. ¡Maldita!
Aspiro molesto mi cigarro. Ahora sé que hasta que el alba llegara, el sueño no me iba a caer en el cuerpo. Tengo que dormir. Mis sueños son el único lugar de donde podría sacarla. El sueño. Todo fue un sueño. Todo fue muy vívido para ser falso. Y quedé como todo corazón desilusionado. Esparcido por el piso. Deshecho.
¿Se puede odiar lo que se amó? Por lo menos, esa pregunta, estaba demás. Lo único real que mi corazón siente es eso: odio. Puro, destilado, claro. Como una hiel que me recorre las venas.
Y, de pronto, con los ojos ciegos de lágrimas, mi puño se fue a estrellar con el muro. Quería sentir otro tipo de dolor. No advertí el dolor. No me importó. La sangre que mana de mi mano es clara señal de que no estoy dormido. Estoy despierto. Y ella no está.
No me quiero hacer amigo de las pastillas. El Diazepan, la Fluoxetina y todas esas pastillas antidepresivas hace mucho que no me vienen. Aletargan. Lo vuelven a uno como idiota. Es una salida fácil. Además, con todo lo que en este momento siento, de imprudente, me intoxicaría. Y los caminos eran dos: el hospital psiquiátrico o el cementerio.
Si hay algo a lo que le temo más que a no poder olvidarla, es a morir. No soy lo bastante estúpido para matarme. O lo suficientemente osado para atreverme.
Mi cigarro acaba consumiéndose en mi mano y me doy cuenta de ello sólo al notar un punto rojo entre mis dedos y la colilla cayendo al vacío. Creo que llevo un buen tiempo y miro el reloj de mi cómoda para darme cuenta de que el tiempo no es mi amigo ahora. La adrenalina que corría por mi cuerpo se acaba y el dolor de la mano es, ahora, una puntada que se extiende por mi antebrazo. Mis dedos laten. Mis ojos aún no se sienten cansados y mi ansiedad quiere otro cigarrillo.
Salgo del balcón y me voy al baño a buscar algo de gasa estéril y alcohol para limpiarme la herida. A la luz me fijo que era más sangre que herida. Pero, aún así, la mano se me ve amorfa, hinchada, ensangrentada. Es como si tuviera un globo en vez de mano. Limpio mi herida, y la vendo mientras enciendo un cigarro. Sobre el lavatorio lo dejo y termino de hacer la curación.
Fumando, me voy camino a mi habitación. A ver si descanso. Me tiendo sobre mi cama, sin taparme, sin sueño, sin ganas de nada. Fumando, con el cenicero sobre mi pecho. Pensando en nada más que en dormir. Y no soñar. No soñar con algo que no era; con sentimientos de humo; con casas sobre la arena. Sobretodo, no soñar contigo.

Enciendo el televisor. Demos gracias que compré el pack más grande de canales de cable.

Parral, enero 2007

3 comentarios:

cabellosdefuego dijo...

sí, puede odiarse lo que se amó.
me gusta tu cuento, hay tanto movimiento cuando supuestamente no pasa nada -tanta interioridad expuesta en el mundo quieto.
la última frase está muy buena. muy buena.

Desiré dijo...

"Si hay algo a lo que le temo más que a no poder olvidarla, es a morir."

En mi caso es el volverme loca, y que los demas se den cuenta y me encierren.

M. dijo...

Hay momentos en que no temo a la muerte, más bien la llamo. Nunca llega. Tampoco tengo la osadía de traerla. Pero sí agradecería, en esos mismos momentos, dormir por siglos sin sueños.
Buenos cuentos, ha pasado Ud. a mis links, Sr. Paz.
Saludos!