domingo

2055

Marzo 27, 2055






[...] Seguí el camino que los cables tirados sobre el piso hasta la habitación. No había una puta luz en el lugar. Sólo las chispas que saltaban, coloreaban el aire con un celeste metalico y pálido que hacía del cuarto una escena sacada de mala película de terror. Las sombras se hacían largas y cortas al explotar la electricidad que venía del cuarto contiguo a la sala. Entré con cuidado, evitando tropezar e irme de punta y terminar inconciente en el piso. Y cuando estuve dentro, no pude evitar sentir la arcada subir por mi garganta: un tipo colgado, sucio y con señales de haberse meado y cagado al mismo tiempo. Parecía de plástico. Su lengua colgaba igual que él y tenían el mismo color púrpura violáceo que he visto en los ahogados. Era un asco su presencia y su cama: restos de comida, manchas indeterminables (no podría decir si era un conjunto de manchas de mierda, basura, semen y salsa de tomates -si no, sangre-) encima. Miraba hacia la cama. Miraba a la silueta sobre la cama; esa que destellaba desde dentro, como si estuviera hecha de fuego frio. La miraba con los ojos vacíos, con la boca llena de lengua y saliva seca. La miraba con el deseo detenido en la retina, con cierto patetismo. La miraba como si lo hubiera hecho feliz y miserable al mismo tiempo; todo en uno.

Tenía la sonrisa delgada y congelada, plástica, carente de lava incandecente, de sangre palpitante. Una sonrisa de foto. Perpetua, hecha para durar hasta que te hastiabas o te enloquecía al pensar "¿por qué mierda sonríe?". Me perturbaba. Tenía ojos de ahorcado, como los del hijo de puta colgado en la otra esquina de la pieza. Su ropa estaba hecha jirones, como si la hubiesen pasado por un rallador gigante. Le chorreaba aceite y líquido de frenos la frente pelada, como si una tribu hubiera querido su cuero cabelludo. Le caía por la sien y salía tambien de su pecho abierto con brutalidad. Y su sonrisa... Esa sonrisa de mierda. Sonrisita de quinceañera, caliente, como si hubiera aprendido a ser feliz -si es que las gynoides podían serlo-. Me ponía nervioso su sonrisa.

Su cuerpo estaba reventado de adentro hacia afuera a la altura del pecho. Estaba destrozada. Flotaba su piel sintética y algunos pedazos de metal y plástico sobre las sucias sábanas; sobre una sopa aceitosa, viscosa, turbia. Algo tenía pegado a los labios. Una marca fina, blanca, seca. Me acerqué y tomé con un palillo una muestra. Quizás en el laboratorio me dirían qué es. Mi primer pensamiento fue "es semen". No me sorprendería que el colgado hubiera acabado millones de veces en el receptáculo -que no se si llamarlo boca, porque no hay nada vivo; ni una lengua salivante, que serpentee enroscada o dientes que te mordisqueen un poco o calor o humedad- que hay entre su nariz y su barbilla. Esta gynoide, ese modelo, estaba hecha para eso: ser llenada.

El colgado era su dueño. Se notaba. En las paredes habían Polaroids (y yo me pregunto ¿quién puede ser tan arcaico para usar Polaroids hoy?) de él y su "juguete" follando. Algunas con las fechas en que se tomaron, otras sólo con una sóla palabra y las más, vacías pero ordenadas en secuencias extrañísimas: role-playing, bondage, usos de elementos (penes de goma, frutas, trozos de madera por nombrar algunos), close-ups de cómo la enculaba o ponía su pene en ese agujero -que sólo ahora llamaré boca- mientras ella estiraba algo como una lengua o hinchaba la carne plástica de lo que eran sus labios. El ahorcado la esclavizaba. En las fotos, en todas hacía alarde del poder de tener "alma" para humillar (¿se puede "humillar" a una máquina, a una gynoide hecha para satisfacerte hasta en tu deseo más perverso?) a su pedazo de plástico, metal y transistores desalmado de tetas y culo ajustables, a gusto del consumidor.

El cuarto apestaba. Apestaba a muerto (el colgado hedía a orina y a mierda; a sexo ácido y reseco). Olía a basura y comida descompuesta. Era un vertedero perverso; una cámara sucia de sexo y cajas de comida tiradas con restos ya liquidificados por los hongos, la humedad y el polvo. Olía a una mezcla de basura, sexo y cenicero. Olía a ese aroma tan particular que tiene el semen al acumularse y secarse. Me recordó mis primeras pajas, las adolescentes. Esas escondido en la noche cuando esperas la oscuridad para tirarte el pene hasta que brote leche y miel ácida. Olía a la habitación de un adolescente eterno. Un Peter Pan lascivo y perverso.

Escrito en el baño, en la cerámica sucia, con letras enormes, derretidas de un labial rojo sangre se leía:



Fem-bot

si no fuera porque tienes las tetas plásticas
la piel sintética
esa sonrisa de látex
y ese chillido de pendeja nerviosa programado
te tendría gimiendo
me tendrías lamiéndote el envase


mete los dedos al enchufe
con las manos mojadas
y no te electrocutes
[...]

3 comentarios:

Tristancio dijo...

No es un texto amable, no señor, muy por el contrario, nada de consideraciones con el lector.

Nada que decir (o todo que decir) de las imágenes y descripciones, si parece estar viendo y oliendo todo (con muecas de asco y los ojos arrugados).

Parece un fragmento de algo más grande ¿Me equivoco?

Un abrazo.-

eNSOf dijo...

escalofriantemente PERVERSO... son letras que perturban la tranquilidad de esta mañana.
Como Siempre logras provocar distintas sensaciones.
Un abrazo

Matías Daille dijo...

Esta mañana pude sentir como el olor y la imagen irrumpieron en mi mente.

Un relato que me provoco algo q nunca habia sentido ni imaginado, la sensacion de tener una lengua inchada y podrida en mi boca.

Realmente me gusto mucho... muchas gracias